Eddy Kü[email protected]
Sébaco, Matagalpa y Jinotega deben celebrar este año los trescientos años de las leyendas de las cruces que plantara un santo misionero en sus caminos y cerros, en 1703, hace exactamente 300 años.
No hay precedentes más antiguos en la antigua Tologalpa (Matagalpa, Jinotega y resto de Las Segovias) que las cruces que plantó el santo misionero franciscano Fray Antonio Margil de Jesús, quien según palabras de Pablo Antonio Cuadra, es: “Uno de los hombres más grandes que han pasado por Nicaragua”, y que según Edgard Zúñiga y Carlos Mántica Fray Margil tenía el don de la ubicuidad, es decir, que partía a pie de Managua y en pocos minutos estaba en Matagalpa.
Una de las cruces es la que está en la cima del Cerro de la Cruz, al oeste de la ciudad de Jinotega. La otra es la que está en el también Cerro de la Cruz, en el kilómetro 116 de la carretera de Managua a Matagalpa.
Eso debió ser en mayo de 1703, por esta época del año, antes de las primeras lluvias de mayo, cuando ya se aprestaba a regresar a León, la ciudad capital de entonces y sede del obispo de Nicaragua y Costa Rica.
Fray Marfil nació en Valencia, España, en 1657 (veinte años atrás, otro monje, el renegado dominico Thomas Gage, recorrió Nicaragua de norte a sur). A los 16 años de edad tomó los hábitos de San Francisco. Para 1686 estaba en su misión evangélica en Guatemala. En 1703 vino a cristianizar a los indios de Sébaco, Matagalpa y Jinotega.
Antes de irse mandó a colocar una cruz en la frontera de los partidos de Sébaco y Matagalpa, donde los indios de la Comunidad Indígena de Sébaco mantienen como tradición sus palabras:“Aquel pasante que colocara una piedra en la base de la cruz volverá en gracia a Sebaco y Matagalpa”.
Siempre ha existido esa tradición en estos tres pueblos, y curiosamente, esas palabras me las recitó de memoria el secretario de la Comunidad Indígena de Sébaco en 1997. Hay muchas referencias a favores especiales que se han concedido a quienes pusieron la piedra en la base de esa cruz.
A Fray Margil también se le atribuye que al entrar en cada pueblo con la cruz en alto cantaba El Alabado que dice así: “Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar, y María concebida sin pecado original”. Canto que todavía se conserva en tiempo de La Purísima, una fiesta de mucho arraigo popular en Nicaragua.
Es bueno recoger y celebrar todas estas tradiciones para enriquecer la historia, literatura, fe, folclor, lo cual distingue a Nicaragua de otros países.
El autor es historiador.