Eduardo Enrí[email protected]
En segundo grado de primaria me enseñaron que antes del descubrimiento de América los aborígenes vivían “de la caza, la pesca y la recolección de frutos”. Más de 500 años después, hay gente que sigue viviendo así y está peleando por seguir viviendo así.
Eso no estaría mal si nos quedamos en el plano poético, pero si ponemos los pies sobre la tierra nos damos cuenta que en estos tiempos más bien garantiza un nivel de vida paupérrimo.
Y a eso es a lo que parece que se quieren —y nos quieren— condenar la gente que se opone a la venta de la empresa hidroeléctrica (Hidrogesa) en Apanás.
El argumento de estos señores es que con la venta de esa empresa se venderá también el lago de Apanás, y que los nuevos dueños no le permitirían a la Comunidad Indígena pescar en esas aguas, lo que según ellos los condenaría a la muerte por hambre. Además, dicen, esta venta secaría no sé cuántos ríos.
Asustados y conmovidos, nuestros parlamentarios se sacudieron la modorra que les provoca sus interminables y estériles debates para aprobar diligentemente una ley que suspendiera la privatización de la empresa, mientras no se aprobara una Ley General del Uso del Agua para regular este tipo de cosas.
Éste es un claro ejemplo de lo que resulta cuando las cosas se hacen por intereses mezquinos y con visión miope.
Primero examinemos el cuento de los ríos. En este país cada día los ríos están más secos y estoy seguro que varios de ellos desaparecen cada año, en parte por el despale. Pero hasta ahora se les ocurrió hacer una ley.
¿Pero será verdad que los van a secar? ¡Por Dios! Si el negocio de los que compren Hidrogesa será generar energía con la fuerza del agua, ¿cómo van a secar los ríos si lo que más necesitan es agua? Ellos van a ser los primeros interesados en cuidarla.
¿Será verdad que a los indígenas no los dejarán pescar? Si esa es la preocupación, lo que debió quedar claramente establecido en una ley es dónde terminan los derechos de Hidrogesa y dónde comienzan los de los indígenas.
¿Pero será verdad que queremos seguir viviendo de la caza, la pesca y la recolección de frutos? Parece irónico pero fue precisamente durante la gira que hizo el presidente Enrique Bolaños por Jinotega, inaugurando proyectos de electrificación rural, que se topó con los “indígenas” que no quieren que se venda Hidrogesa.
¿Y con qué creen que se va a generar la energía para esos pueblos que hasta ahora conocen la luz eléctrica? Actualmente el 90 por ciento de la energía en Nicaragua se genera con petróleo. Un producto que no tenemos, y que cada semana es más caro y a la vez más escaso.
Con actitudes como las de los “indígenas”, de esos proyectos de electrificación pronto sólo quedarán los postes erguidos como fantasmas en las ya no tan brumosas noches jinoteganas.
Pero parece que a nadie le importan las ventajas que para un país representa la generación barata y renovable de energía eléctrica, que a la postre lleva el progreso a esas “comunidades indígenas” que hasta ahora han seguido viviendo en la época precolombina.
Al detener la venta de Hidrogesa los “indígenas” se están garantizando seguir viviendo “de la caza, la pesca y la recolección de frutos”, aunque a la velocidad que avanza el despale y a la que se secan los ríos, en un ratito también va a desaparecer esa idílica imagen.