Luis Sánchez [email protected]
De una oficina gubernamental me llegó por medio del fax la petición de escribir sobre el origen de la expresión, “le pusieron los cuernos”, que se usa para burlarse del hombre a quien su mujer le fue o es infiel.
Al respecto no hay una fuente documental absolutamente confiable, o al menos yo no la he podido encontrar. Y la versión más aceptable que tengo es la de que esa simpática o hiriente —según el caso— expresión, se originó en tiempos remotos en los países nórdicos europeos.
En esa época los gobernadores de las comarcas tenían derecho a escoger a cualquier mujer para tener relaciones sexuales con ella. Y cuando el gobernador lo hacía, en la puerta de la casa donde él yacía con la mujer se colocaba una cornamenta de alce, venado, toro o lo que fuera, en señal de que él estaba allí, y de lo que hacía.
Cuando la relación era con una mujer casada, el marido quitaba la cornamenta de la puerta y la mostraba a los vecinos, feliz y orgulloso, pues se consideraba un honor que el gobernador estuviese en su hogar. De allí habría nacido la frase famosa que se usa hasta ahora para embromar a los hombres cuyas mujeres les son infieles.
Ahora bien, desde la antigüedad pre -cristiana los cuernos simbolizaron la virilidad, por lo que algunos investigadores creen que el origen de “cornudo” hay que buscarlo también en las leyendas sobre seres mitológicos que lucían cuernos y se destacaban por sus inclinaciones y prácticas sexuales; como los Sátiros (espíritus de los bosques que perseguían a las Ninfas, para poseerlas); o el Unicornio, que era un caballo del tamaño de un cabrito que tenía un cuerno en la frente y para poder cazarlo había que llevar al bosque una joven bella y virgen, entre cuyas piernas el fabuloso animal se quedaba extasiado y dormido.
También existe la hipótesis de que la relación entre la infidelidad de la mujer y los cuernos en el hombre se origina en la leyenda de Saturno o Cronos, que fue engañado por su esposa Cibeles o Gea. Saturno devoraba a sus hijos para que no crecieran y lo destronaran, pero cuando nació Júpiter, Cibeles lo escondió, envolvió una piedra en las mantillas y se la dio al divino marido para que se la comiera. Luego envió al bebé a donde la cabra Almatea, para que ésta lo amamantara.
Un día, jugando Júpiter niño con Almatea le quebró uno de los cuernos. Y tiempo después, cuando se convirtió en el dios supremo, recompensó a la cabra que lo amamantó con la Cornucopia, el cuerno de la abundancia lleno de toda clase de bienes que nunca habrían de extinguirse.
Por otro lado, en el medioevo temprano muchas creencias y ritos paganos fueron cristianizados y a algunas deidades antiguas se les asoció con los demonios —igual que los hebreos hicieron con los dioses de los filisteos, cananeos, amorreos, etc.— y se les representaba con cuernos en la frente. Algunos eran los Íncubos, pequeños demonios que tentaban e invitaban al placer sexual a las mujeres casadas y fieles, y las poseían cuando dormían; y los Súcubos, que tenían forma femenina y seducían a los varones.
En todo caso, la relación entre cuernos y virilidad y actividad sexual se encuentra prácticamente en todas las culturas e idiomas. En inglés, por ejemplo, la palabra “horny” (derivada de “horn”, cuerno) significa “caliente” o “excitado/a” en el sentido sexual.