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desde que nuestras instalaciones fueron tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann fue detenido.

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Las tres paradojas sobre la educación en Nicaragua

Josette Alvarado de Exprú[email protected]

Recientemente participé en el acto oficial que, con motivo del Día del Maestro organizó el MECD en el Teatro Rubén Darío. Este año dicha institución reconoció la labor de 47 maestros de toda Nicaragua quienes, con su tesón y vocación de entrega hacen patria todos los días.

Aparte de las sonrisas de satisfacción de esos 47 apóstoles de la educación y de la sencillez del acto presidido por el señor Presidente de la República y del Ministro, doctor Silvio de Franco, quienes participamos del mismo disfrutamos de un espléndido discurso del segundo en el que, en forma muy didáctica y puntual esbozó las tres paradojas que vivimos a diario los nicaragüenses.

Como usualmente los discursos oficiales pasan desapercibidos, especialmente por la prensa y raramente son dignos de comentarios de los fríos funcionarios o de sus a veces aburridos invitados —lo que no sucedió esta vez— considero que es importante que todos conozcan lo que allí se esbozó.

Los nicaragüenses vivimos —según el Ministro— inmersos en tres paradojas. La primera, que la escuela o los centros de enseñanza deben ser transmisores y reproductores de cultura, del ingenio, alegría, la apertura, en resumen, de ese calor humano tan nuestro, y sin embargo también deben ser contraculturales. Tenemos que, desde el inicio del proceso de enseñanza de nuestros hijos ser contraculturales, es decir ir en contra de ciertos rasgos culturales que nos hacen mucho daño.

La segunda paradoja es que la escuela debe hacer más de lo que no hace la familia. En la escuela el maestro debe ser papá, mamá, consejero, apoyo, por un lado, pero al mismo tiempo la escuela debe servir a la comunidad. El maestro —por muy remota que sea su locación— debe impulsar comunidades de aprendizaje y progreso en lugares en donde es el único foco de civilización. Tarea sobrehumana en la Nicaragua de hoy. La tercera paradoja es que tenemos que hacer más dentro de nuestras limitaciones, más de lo que sabemos y podemos hacer dentro de nuestro contexto, siendo más ingeniosos, buscando más formas creativas. A la par de ello debemos romper las limitaciones y abrir posibilidades. Dos movimientos en contraposición pero que son también un mismo impulso hacia delante. Visiones que deben ser simultáneas y no excluyentes.

Usualmente se habla de que Nicaragua es un país de inmensas paradojas, pero a decir verdad pocas veces tomamos conciencia de cuáles son éstas. Creo que en esta oportunidad con tino y fisga se han señalado tres que bien merecen reflexión. Merecen que nos detengamos un poco en ellas porque aquéllos que somos convencidos de que la solución de nuestros males radica en el poder de una educación / enseñanza verdaderamente formadora, integral, coherente y crítica desde el jardín de infancia, vemos en la comprensión de estas tres paradojas por todos, absolutamente todos los sectores, un inicio de cómo embarcarnos en ese viaje que, aunque tome varias generaciones, bien pudiese ser el inicio de la misma transformación como país y como individuos —aunque para cuando eso ocurra— a lo mejor estaremos disfrutando del reposo eterno.

Tomar conciencia de los problemas es el primer paso para su solución como se dice popularmente. Y casi me atrevería a pensar que sí sabemos cuáles son nuestros problemas pero no los hemos desmenuzado con conciencia ni sometido a una crítica constructiva. Y peor no nos hemos resuelto colectivamente a deshacernos de ellos.

La primera paradoja nos habla de ser contraculturales, es decir ir contra los supuestos “valores” que nos causan mucho daño. De Franco menciona la irresponsabilidad, el culto al poder, el profundo fatalismo de que todo depende de Papa Estado, del sentido verticalista y machista, del servilismo que promueven la mediocridad a su estado máximo. Nos los señala pero cada uno de nosotros, como individuos, debiera definir cómo podemos eliminarlos de nuestro menú de actuaciones. La segunda paradoja involucra no sólo a la escuela, sino a la familia como tal. Le dejamos a la escuela la educación de nuestros hijos porque es tedioso, fastidioso estar pendientes de un chavalo malcriado, porque es tequioso no ser permisivo con nuestro hijo adolescente. Pero por otro lado, el pobre educador que asume los roles que debieran tener los padres debe también ser el faro de luz de su comunidad. ¿Es de ellos sólo esta tremenda responsabilidad? La tercera paradoja, haciendo un símil con el vaso de agua a medio llenar, nos sitúa en que por muy difícil que sea bregar en medio de tantas limitaciones, tenemos el inmenso desafío no sólo de lidiar con éstas sino también de superarlas. No vale la pena hacer un “check list” de éstas, pero como nicaragüense creo que es muy válido poner esto en perspectiva y ver el “vaso” pensando en que hay que sobrepasarlo y así hacerlo de una vez por todas.

La autora es catedrática de la Universidad Thomas More.

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