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desde que nuestras instalaciones fueron tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann fue detenido.

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La decadencia moral

Roberta Belli [email protected]

Se vive tiempos inquietantes, no sólo en el ámbito social y económico sino en el moral y familiar. En todo el alrededor se ven amenazadas las fundaciones de la ley natural, rodea la corrupción, el arribismo, el egocentrismo y el afán por lo material sin importar a qué precio o a través de cuáles vías hay que pasar para obtenerlo. Predomina el desinterés por el prójimo, el desacato a la autoridad, el libertinaje sexual y ahora se ve amenazada la propia familia, más concretamente, el respeto por el vínculo tan importante que componen el hombre y la mujer en el matrimonio y la propia definición de hombre y mujer.

El pasado 17 de junio el primer ministro de Canadá anunció su apoyo a los matrimonios entre homosexuales, y declaró que su Gobierno no apelaría la decisión de los tribunales del país de legalizar dicha unión. Con esta decisión Canadá se unió a Holanda y Bélgica, los únicos países del mundo que reconocen el matrimonio como la unión de dos personas sin importar el sexo. En Minneápolis, Estados Unidos, el 4 de agosto se llevó a cabo la votación histórica de aprobar la elección del primer obispo homosexual de la Iglesia Anglicana. Aunque dicha Iglesia está separada de la Iglesia Católica, supone regirse bajo muchos de los mismos principios, especialmente cuando se habla de un tema tan antiguo y sagrado como es el del orden sacerdotal. Todo esto demuestra que algo anda muy mal en la sociedad y en el mundo.

El tema de la homosexualidad está muy a la moda hoy en día. Su mención levanta banderas rojas por todas partes en la sociedad y en la Iglesia. Los activistas que la defienden pelean desde la izquierda por los mismos derechos que los que ejerce el resto de la sociedad heterosexual: beneficios laborales para su pareja en casa, reconocimiento civil para matrimonios “gay”, el derecho de engendrar hijos con las nuevas técnicas reproductivas, igual derecho a la adopción, estatutos antidiscriminatorios, entre otros. El otro extremo, derechista, quiere deshacerse de estos individuos y no se opone a los grupos que golpean y abiertamente rechazan a los “gay”, como lo que pasó en octubre de 1998 cuando un grupo linchó al joven de 21 años Matthew Shepard, golpeándolo y dejándolo amarrado en una malla fuera de la ciudad. El resto de la sociedad está en medio, un poco confundida sobre qué posición tomar o qué pensar.

La posición de la Iglesia es sencilla. No hay que discriminar al que tiene tendencias homosexuales ya que toda persona tiene derecho a ser respetada, pero actuar sobre la base de estas inclinaciones, o sea, llevar a cabo actos genitales homosexuales es siempre considerado moralmente malo. No hay excepción a la regla, no hay apertura para leer entre líneas o hacer ciertas consideraciones. Lo que es inmoral lo es, y no se le puede categorizar de otra manera. El hecho que la sociedad pretenda hacer aceptable lo incomprensible, lo que humanamente ni siquiera es posible, como la unión de un hombre con otro, o de una mujer con otra, con el fin de engendrar y procrear, con el fin de unirse para compartir una vida complementaria, eso simplemente no cabe y no puede ser permitido para una pareja del mismo sexo. Así como no se le permite a un padre tener relaciones con sus hijas, o inclusive, casarse con una de ellas, o a la madre hacer lo mismo con sus hijos, de igual manera no se puede aceptar un matrimonio del mismo sexo ni que se nombre obispo a un hombre que públicamente presenta una desviación sexual que viola la ley natural, la ley moral y la doctrina de la Iglesia. Este hombre no puede ser ejemplo de virilidad dado a que vive en su propio ser la confusión de sentirse atraído a otros hombres. Como sacerdote, viola todos los principios de ser sacerdote. Así como el agua no puede ser aceite, de igual forma un obispo no puede ser homosexual. Este tema no es debatible.

En lo que a moral se refiere, hay que trazar una línea clara, obvia, imborrable e indivisible. No hay que ser tibio. Hay que ser o blanco o negro y defender con buenos fundamentos lo que se sabe es lo correcto como seres humanos creados con una serie de inclinaciones naturales, regidos por una ley natural que supone atraer a lo bueno, a lo justo, a lo normal. Los principios morales de la sociedad no deben ceder para acomodar las inmoralidades que conlleva el libertinaje que se vive en estos tiempos.

La autora es licenciada en Relaciones Internacionales.

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