José Adán Silva [email protected]
“El romántico viajero” se veía más mundano que “el padre celestial”, pero resultó ser más humano y solidario. Lo comprobé la vez en que “el romántico viajero” se desplazó alegre y ágil, con sus zapatos de anchas suelas y sus gafas oscuras, por las calles de Managua, silbando una cancioncita alegre.
El alegre amigo se detuvo en una esquina a dar pase a un camión distribuidor de pollos, que tenía problemas para girar desde una esquina contraria. Atrás, con su lema “el padre celestial” en letras doradas, un taxista apresurado y de mal genio, tocó el claxon insistentemente, a manera de presión para que le dieran la vía.
El conductor del “romántico viajero” no sólo se demoró más de la cuenta y adrede, en permitir cortésmente el pase a otros vehículos con problemas, sino que arrancó muy lento, mientras que por el espejo retrovisor casi pude ver la espuma en la boca del rabioso vecino que, aunque iba vacío al mediodía, presionaba por salir de una calle.
Cuando finalmente logró salir a la calle de doble vía, se fue como loco aventajando a cuanto vehículo pudo, siempre con el claxon en la mano.
Minutos más tarde, notamos que la circulación estaba lenta, y en poco tiempo descubrimos el motivo: el tipo desesperado se estrelló en la parte trasera de una camioneta que no le dio lugar en la pista.
Pasamos lentamente en el sitio del accidente, y aun nos dio tiempo para escuchar los alegatos del taxista rabioso: ¡Ese broder es el culpable! Aunque no lo crea, él era sólo una víctima y los demás, incluyendo a la señora temerosa que se lanza a cruzar la calle, aburrida de esperar un poco de cortesía, son los culpables.
¿De donde sale tanto desprecio por el peatón o por el vecino del otro carril? Hoy en día en las calles de Managua a los conductores, sean taxistas o particulares, les importa poco si el ciudadano de a pie cruza con vida la calle.
A veces me preguntó qué diablos pasa en esta sociedad de desigualdades, donde el minúsculo gesto de dar el pase a alguien en apuros, generalmente no despierta la mínima compasión, y eso, señores, significa que esta sociedad anda muy mal.
Y que no me hablen los moralistas de que el egoísmo y la crueldad es propiedad exclusiva de buseros y taxistas pobres, que si bien en muchas ocasiones cometen infracciones a las leyes de tránsito, no son los únicos, ni los más frecuentes.
He visto cómo las grandes máquinas de decenas de miles de dólares hacen lo mismo que el viejo taxista del carrito Lada o el obeso busero del armatoste amarillo: irrespetar los derechos de los peatones o de los vecinos de vía.
Pero hay que ser justos y decir que no todos son iguales, que aún hay espacios, aunque cada vez más chicos, para los conductores de buen corazón, como el “romántico viajero”, el taxi de aires mundanos y pasos ágiles que aún se detiene en la esquina para permitir, con cortesía y paciencia, que un prójimo en problemas logre llegar a su destino sano y salvo.
