Eduardo [email protected]
No se alarmen católicos ni evangélicos que no es de religión que trata este artículo. Es de violencia. De las matanzas cotidianas que ocurren en los callejones a oscuras de nuestras ciudades. Del peligro de morir porque a alguien se le ocurrió matarlo a uno a la vuelta de la esquina, pasado de tragos o impulsado por un odio mortal. De cómo nuestras calles son cada vez más inseguras para manejar, para caminar, de cómo vamos levantando muros cada vez más altos y rejas cada vez más gruesas, por miedo, por el maldito miedo.
La violencia urbana, de pandilleros y asaltantes comunes, es un fantasma que recorre Managua, Tegucigalpa, San Salvador, el Distrito Federal de México o cualquier urbe del Brasil. El espectro tiene personalidad propia en cada lugar, aunque orígenes y saldos parecidos. Por ejemplo, 373 niños y jóvenes fueron asesinados en los primeros seis meses en Ciudad Guatemala. En Medellín, la ciudad donde ocurre más violencia en Colombia, celebraron recientemente que hubo 1,053 homicidios menos que en el primer semestre del año pasado. Y en Managua, en las páginas de sucesos de los diarios uno se entera de cómo se practica “tiro al blanco” con los colegiales.
He visitado Tegucigalpa y he visto a los policías cargando M-16 en las esquinas de los barrios, vestidos de campaña en un país donde ya hay grupos paramilitares dedicados “a proteger los bosques”. En nuestras ciudades, donde un condominio amurallado se alza enfrente de una parcela de maíz, como ocurre en Managua al sur del Colegio Centroamérica, hemos tenido que aprender a convivir con el miedo.
Hace poco veía la película Ciudad de Dios (Cidade de Deus, en el sonoro portugués), —dirigida por Fernando Meirelles—, cinta que es la sangrienta historia de los suburbios de una ciudad brasileña donde la vida no vale nada, como no la vale a ciertas horas y en ciertos barrios de Managua, donde si alguien es sorprendido por una guerra de pandillas “a pedradas” o por malhechores agazapados en la oscuridad, puede despedirse de este mundo. La película fue transmitida en Nicaragua gracias a las gestiones de la Fundación Luciérnaga, en el marco de una muestra iberoamericana de cine. Es Ciudad de Dios un mundo de horror donde los niños caminan armados de revólveres, subametralladoras o escopetas, un planeta de pesadilla que presenta a los jóvenes adolescentes en un estado natural de guerra de todos contra todos —si la hubiese visto Thomas Hobbes diría que la realidad una vez más le ha dado la razón—; donde rige la ley del plomo, en un mundo peor de violento al que muestra La Virgen de los Sicarios, la película colombiana que narra la saga de jóvenes que no se inmutan al matar a una persona pero se estremecen y dudan a la hora de rematar a un perro malherido en un cauce oscuro.
Actualmente Brasil tiene uno de los índices de asesinatos más altos del mundo: 26 de cada 100,000 personas mueren asesinadas cada año. En la ciudad de Río los policías patrullan las barrios pobres con las M-16 listas a disparar. No es una realidad exclusiva del Brasil, pues en cualquier ciudad de América Latina encontraremos los edificios de apartamentos con “vigilancia inteligente”, junto a un cordón de miseria en el traspatio y un creciente ambiente de inseguridad pública.
¿Ya tenemos nuestra propia Ciudad de Dios en Nicaragua? A veces en nuestras calles, en esos asentamientos olvidados se impone la ley del revólver y es obvio cómo la industria de la seguridad privada aumenta en la medida que la Policía Nacional se debilita, en un torbellino de bochornosos y frecuentes casos de corrupción y de descomposición social. Un día un policía mata y es absuelto por un jurado; al otro día, un jefe menor es democionado por violar a una adolescente; días después, dos policías huyen en una patrulla luego de intentar asaltar a un taxista; y por si fuera poco, quien se supone debería combatir el narcotráfico, deambula por las calles de Bluefields vendiendo cocaína en un taxi; mientras en Managua, una niña espera ayuda para reconstruir su pierna izquierda, porque en una balacera un policía se la desbarató de un tiro.
Si a esto se suma el vacío de liderazgo mostrado por el jefe de la Policía Nacional en la reciente crisis policial, el panorama termina de ser sombrío al tiempo que las amenazas son cada día más graves. En El Salvador, hace días, en el llamado Plan Mano Dura, contra las maras, la Policía detuvo en ese país a 328 pandilleros. A diferencia de las maras de El Salvador, me explicaba hace semanas el jefe de seguridad pública de la Policía, Ramón Avellán, en Managua las pandillas no han perdido aún su vínculo familiar, no sirven de sicarios del crimen organizado, ni tienen una jerarquía de poder que incluya sucursales en el territorio nacional y bautizos que impliquen matar a alguien para ingresar a la pandilla. En Estelí, una ciudad donde el problema de las pandillas ha obligado a algunos vecinos a armarse para vigilar las esquinas del barrio, la Policía presentaría un plan de reinserción social de los pandilleros, con participación de sus familias, la comunidad y de las autoridades. Pero no volví a escuchar más del tema.
“Con redadas no resolvemos nada”, me decía el comisionado Avellán, quien ve una oportunidad en el vínculo familiar que todavía conservan la mayoría de pandilleros en Nicaragua, para aprovecharlo como puente para la reinserción social del joven.
Si bien señalar las debilidades de la Policía es oportuno, presentar soluciones también lo es, pero mientras tanto, los niños continúan sin tener donde jugar, y sin oportunidad de empleo los jóvenes, de modo que la gravedad del asunto se cocina a fuego lento. ¿Tendremos que descubrir nuestra propia Ciudad de Dios —en el Jorge Dimitrov y Reparto Schick ya casi existe— para enterarnos de que es un problema de prioridad nacional? ¿O nos quedaremos de brazos cruzados y aprenderemos a convivir con el miedo para siempre?
El autor es Magíster en Estudios Latinoamericanos.