LA DICTADURA NO PUEDE OCULTAR LA VERDAD

Hoy se cumplen

14
días

desde que nuestras instalaciones fueron tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann fue detenido.

con las instalaciones tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann detenido.

Los Centauros aún viven, en Chontales

Guillermo Rothschuh [email protected]

A Carlos Manuel Villanueva Suárez
In memoriam

Las fiestas agostinas en Juigalpa son en Nicaragua lo que las corridas de toros en Pamplona son para España. No sólo se parecen en cuanto a su trascendencia y significado, tienen raíces comunes. Los toros de lidia que se juegan en las barreras de Chontales son primos hermanos de los toros bravíos jugados en las mejores plazas españolas: Málaga, Bilbao, Córdoba, Sevilla, Zaragoza o Valencia. Son los famosos toros chapiollos traídos por el capitán Pedrarias Dávila, según consta en Cédula Real expedida en Burgos de España el 20 de diciembre de 1527. Chontales ha sido desde entonces una de las principales regiones ganaderas del país. Las otras dos, Chinandega y Granada, hace mucho tiempo dejaron de serlo. En ese entonces las llanerías de Chontales se extendían desde las riberas del Río San Juan hasta las crestas y llanerías del curso medio del Río Grande de Matagalpa. Dos zarpazos posteriores reducirían el espacio vital de esta zona dedicada de tiempo exclusivo a la explotación ganadera. Los departamentos de Boaco y Río San Juan, antes de ser lo que hoy son, fueron desprendidos del antiguo Chontales. Boaco en 1935 y Río San Juan en 1940. Por eso es que el profesor Carlos A. Bravo, nacido en San Miguelito y el doctor Jaime Incer Barquero, nacido en Boaco, se ufanan de ser chontaleños. En verdad ambos vinieron al mundo antes de que las fronteras norte y sur de Chontales fueran cercenadas. Don Carlos nació en 1882 y Jaime en 1934.

En las haciendas chontaleñas se montan toros desde siempre. El doctor Carlos Cuadra Pasos, quien mantuvo anclada su mirada y firmes sus pies en las llanerías chontaleñas, escribió largo y tendido sobre esta tradición de toros y montados. Metido en estas tierras desde que era un mozalbete, complacido dejará testimonio de sus andanzas por estos campos de ganados y ganaderos. Certificará cómo las costas orientales del Lago de Nicaragua, las costas chontaleñas, se irán progresivamente poblando de vacas y de toros. Dejará sentado que “la raza era española, que es de condición bravía y que fácilmente se alza contra el hombre”. Eran los tiempos en que se sabía dónde comenzaban las haciendas pero nunca, jamás, en dónde terminaban. Esos sitios o feudos de miles y miles de manzanas que hicieron propicia la ganadería extensiva. Haciendas pobladas de ganados huidores sin marcas o fierros sobre sus ancas. El ganado era entonces perseguido y cazado como venado. Los granadinos recorrían a caballo centenares de leguas para hacerse cargo de este fácil negocio. Después se asentarán para siempre en estas tierras. Estas duras faenas posibilitaron el nacimiento de los mejores campistos del país. Jinetes intrépidos, diestros en el manejo del lazo; hombres pegados como “mazates” a sus bestias, en jornadas memorables de diez o doce horas, cabalgando sobre “suampos” y montañas, dieron origen y pie a la leyenda de los famosos centauros chontaleños, esos seres de carne y hueso, a los que se sentirá tentado de inmortalizar en sus versos, el poeta Pablo Antonio Cuadra.

De esta tradición ancestral emergen las figuras legendarias de Pilar Mora, Vicente Hurtado Morales, Nacor Amador, Abel Lanzas, Concepción y Margarito Villagra, Luis Gadea, Julián González, Margarito Hurtado Villagra, Serapio Aragón, Francisco Olivas, Policarpo Amador, Juan José Suazo, Cundo Castro, Diego Bonilla, Pedro Muillón, Cirilo Obando, Chico Padilla, Edgard y Chanito Montiel, José Dimas y Rubén Obando, entre otros. Tradición de toros y montados. En la memoria imperecedera de los chontaleños, las haciendas y los toros forman parte de esta historia fascinante. Cada año nuestros padres y abuelos se encargan de recordarnos el nombre de los toros más famosos corridos en las fiestas patronales de Chontales. Viejos campistos y nuevos montados mantendrán viva la tradición. Se encargarán de decirnos que el Cumbo Negro, El Viajero, El Trampolín y El Calereño, son cosa aparte. Toros que después de ser montados más de dos o tres veces difícilmente consintieron sobre sus lomos a ningún jinete por muy avezado que fuese. Policarpo Amador, ese cuapeño ilustre que en mi cotejo taurino tengo como a uno de los montadores, con una hoja particular impecable, lucía sobre su frente la marca de guerra que le dejó estampada para siempre, El Viajero, ese toro embrujado, medio bayo, manso hasta no decir, venido de la hacienda de Hato Grande. Fue el último año en que la fiesta se celebró en Palo Solo. Como a las 4:30 de la tarde, su compañero de correrías, Solón Martínez, le dijo, Carpo, montá ese toro. Pero no le aguantó ni la arrancada. Carpo culpó hasta el resto de sus días a José Dimas por esta mala pasada. Le llamó al toro por la izquierda y le desbarató la frente. Cuestión de hombres, el año siguiente cuando se inauguraron las corridas de toro en la Plaza de Pueblo Nuevo, Policarpo Amador vino expresamente a Juigalpa a pedir la revancha. ¡Y se la dieron! El hombre puso sus condiciones: sólo él y el toro deberían quedar en la barrera. Amigó, a regañadientes, ¡pero así fue! Carpo se encaramó sobre el astado y lo peló. ¡Venganza! ¡Dulce venganza! Concho Villagra, orgulloso como nadie, lo fue a traer a la orilla de la puerta del coso, lo montó en su caballo, lo paseó a lo largo del palco, desde donde centenares de personas aplaudieron y premiaron su hombría: dejaron caer plata por montones sobre su sombrero. El compadre Serapio Aragón desde su retiro voluntario, se queja de que estas manifestaciones y este tipo de reconocimientos se hayan perdido.

A mí todavía me alcanzó tiempo para ver torear a Catarrán y lazar a Concho Villagra. A mí nadie me lo cuenta. Pude ver montar a Policarpo, a Edgard y Chanito Montiel. Tuve ocasión de apreciar de cerca cómo dejaba ir el lazo mi compadre Serapio Aragón. Un hombre fachendo, muy fachendo de su yegua La Chicona. Una yegua que el compadre Serapio lucía con el mismo orgullo con que años antes hizo desfilar ante nosotros Concho Villagra a su brioso Bejuquillo. Por eso pregunté a Concho antes de fallecer si le hacía falta el caballo. Su respuesta me dolió. “Verlo me hace falta. Aunque debo decirte que todavía me veo guapo montado”. El compadre Serapio que un día lo relevó como caudillo indiscutible en el manejo de los toros, me dijo sin asomo de envidia: “Es verdad, compadre, es verdad”. Cuando todavía indagué retando su fama, si admiraba algún campisto, me respondió que él continuará recordando embelesado, hasta la consumación de los siglos, esa forma franca, esa manera altanera, abierta y expansiva, con que los Villagra, Concho y Margarito, dejaban ir el caballo sobre el toro. Vea compadre, eso sólo lo hacen los hombres. El toro pegado a las varas, con la cabeza de frente viendo al caballo y los Villagra lo desafiaban echándoselo encima. ¡Ver para creer, compadre! Pero es que Serapio Aragón es como Concho, ambos carecen de envidia. Cuando le pedí a Concho que me dijera quien era el más grande de todos, me dijo con aplomo: Catarrán, Rothschuh, ¡no hay ni habrá otro como Catarrán!

El autor es Decano de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la UCA.

×