Marcela Sánchezwashingtonpost.com
La semana pasada, Roger F. Noriega se convirtió en el primer líder de la política exterior hacia América Latina del Departamento de Estado en ser confirmado por el Senado en siete años. El primer nominado por el presidente Bush al puesto, el más alto cargo diplomático para la región, fue bloqueado en gran medida debido al mismo tema que retrasó la confirmación de Noriega por meses: Cuba.
Ubicada a 150 kilómetros de las costas de la Florida, la isla comunista de 11 millones de habitantes alberga a sólo el 2 por ciento de la población en Latinoamérica y el Caribe. Pero cuando se trata del enfoque de Washington hacia Latinoamérica históricamente Cuba adquiere una dimensión monumental. Incluso más de 40 años después de Bahía de Cochinos y la crisis de los misiles, antiguos y actuales funcionarios estadounidenses dedicados a la región dicen que Cuba puede surgir con toda su fuerza en cualquier momento, desde cualquier rincón, ocupar horas interminables y terminar perjudicando a quien lo toque.
Y así Noriega, apenas establecido en su nueva oficina, quedó embelesado inmediatamente por ese casi hechizo que Cuba ejerce sobre la política hacia América Latina. Ya quisieran algunos que hubiera un ritual esotérico que liberara a la política exterior estadounidense, pero a falta de ello, Latinoamérica realmente podría beneficiarse de un secretario asistente de estado adecuadamente equipado para romper el conjuro cubano.
Esto no es un llamado a poner a Cuba de lado, ni una crítica a Noriega. En cambio, es una petición para permitir al nuevo secretario asistente de Estado para el Hemisferio Occidental que se concentre en el otro 98 por ciento que ahora vive en lo que, como él perfectamente lo sabe, es una región aquejada de problemas, que confronta persistentes presiones políticas, económicas y sociales.
Para la administración Bush, el paso primero y crucial sería seleccionar un enviado o consejero especial dedicado a la política hacia Cuba. Dicha acción no requeriría una batalla en el Congreso y les indicaría a los cubanos y los cubano- americanos que la política hacia el gobierno de Fidel Castro de esta administración no carece de dirección e ímpetu como muchos lo temen ahora.
Con la política de Cuba en manos de otra persona, Noriega tendría la libertad de dedicar más tiempo a la reconstrucción política y económica de Argentina, a las cuatro décadas de conflicto interno de Colombia, o a la amenazada democracia de Venezuela, para nombrar sólo unos pocos de los asuntos actualmente urgentes en la región.
Pero como quedó evidenciado la semana pasada, el hechizo cubano puede rápidamente embelesar a Washington. El hermano de Bush, el gobernador de la Florida, Jeb Bush, agregó su voz a las de aquellos cubano-americanos que tildan la política estadounidense hacia los refugiados cubanos de incoherente, si no inhumana. Pocos días antes, funcionarios estadounidenses habían acordado poner de vuelta en manos de Castro a los 12 cubanos que escaparon de la isla, apenas meses después de que el régimen cubano condenó a muerte a otros que habían escapado.
Ese caso subraya la necesidad de una atención de alto nivel enfocada en Cuba, pero no es Noriega el que debe proporcionarla. De hecho, Noriega no estaba confirmado cuando los 12 fueron repatriados. Presionarlo hora para estar seguros de que eso no vuelva a suceder sería injusto.
GESTO HACIA CUBANO- AMERICANOS
Al nombrar a alguien cercano al presidente Bush para que se dedique plenamente a la política hacia Cuba y a responder a las preocupaciones de los votantes cubano-americanos, la Casa Blanca estaría tratando a Cuba en forma distinta que al resto de la región. Los diplomáticos tal vez se resistan a dicha distinción, pero no así consejeros políticos que claramente reconocen la influencia única de Cuba en este país, que convierte el tema cubano en un asunto tanto – o más – de política doméstica como de política exterior.
Después de todo, concuerdan muchos conservadores, Bush le debe su Presidencia en gran medida al apoyo de cubano- americanos en el sur de la Florida. Y si se trata de asegurar su apoyo para la reelección, Bush necesita ser más proactivo con el tema que más les interesa.
Como era de esperarse, un vocero del Departamento de Estado rechazó esta semana la idea de un enviado especial como una afrenta al “excelente” equipo actualmente encargado de Cuba, tanto acá como en La Habana. Preocupados con proteger su zona de influencia corren el riesgo de olvidar que diplomáticos estadounidenses agradecieron tener a Richard A. Nuccio, como el consejero especial del presidente Clinton entre mayo de 1995 y abril de 1996. Nuccio recordó en una entrevista esta semana que él se convirtió “en el blanco de la presión política” mientras los diplomáticos estadounidenses pudieron hacer su labor “tras bambalinas”.
Bush, considerado ya por muchos en el sur de la Florida como indistinguible del presidente Clinton en su política hacia Cuba, no tendría nada que perder en seguir otro ejemplo de su predecesor. Bush, de hecho, está en una mejor posición que Clinton para obtener ventaja de dicha acción.
Bush llegó a su cargo prometiendo que reduciría el número de enviados especiales. Pero también prometió que sería más duro contra el gobierno de Castro y concentraría más atención en Latinoamérica. Romper una promesa para ayudar a cumplir otras dos no sería realmente tan mala idea.
