- Un sobreviviente del estallido de la primera bomba atómica en Hiroshima, comparte sus recuerdos, 58 años después del hecho
Tana Oshima de PradaEFE
TOKIO.- Hace 58 años, siendo aún niño, Toru Yorita recibió las radiaciones de la bomba atómica en Hiroshima, ciudad en la que se quedó para estudiar Medicina y tratar a las víctimas del primer ataque nuclear, un suceso que sobrecogió al mundo entero.
“Tenía 12 años cuando cayó la bomba en Hiroshima. Estaba a 900 metros del hipocentro. Es un milagro que haya sobrevivido”, dice Yorita, que ha visto morir al 90 por ciento de sus amigos y compañeros de colegio como consecuencia de las radiaciones.
Este superviviente de la bomba narra su experiencia en su página web, para hacerla llegar al mayor número de personas y transmitir un mensaje de paz con la esperanza de alcanzar un futuro sin armas nucleares.
“El día de mi destino, el 6 de agosto, llegué al colegio más pronto de lo normal. De pronto me encontré mal del estómago y me quedé en una de las aulas. Allí estaba también, haciendo sus deberes, mi compañero Nakajima”, narra el doctor Yorita.
En aquella mañana del 6 de agosto de 1945, minutos antes del lanzamiento de la bomba, Yorita no podía imaginar que muchos años después, licenciado ya en Medicina, se despediría de Nakajima cuando éste yaciera en su lecho de muerte fulminado por una leucemia.
Poco después, Yorita comenzó a oír los bombardeos de un B-29 sin saber que eran un ominoso presagio de lo que vendría después.
“Mientras más fuerte se volvía el ruido de los bombardeos, más alumnos salían al patio asustados. Pensé en reunirme con ellos y salí al pasillo. Fue en ese momento. Una intensa ráfaga de luz corrió delante de mis ojos. Y simultáneamente se hizo la oscuridad”, prosigue.
El joven Yorita sintió un olor como a yeso. Le ardían la frente y los hombros y sentía presión sobre la cadera. Salió fuera y, entre la oscuridad, sólo logró distinguir un árbol cuyas ramas se balanceaban como “lánguidos brazos fantasmagóricos”, explica.
“Había un silencio siniestro. Alcé la vista al cielo y el sol me pareció como una gran luna llena. Recordé la imagen de una película de ciencia ficción que había visto recientemente: la Tierra colisionaba con un astro y se desintegraba para siempre. Incluso pensé que algo extraordinario había ocurrido en el universo”, recuerda.
El muchacho caminó entre los escombros del colegio y se encontró con un panorama desolador: numerosos alumnos y alumnas, malheridos tras haber sido bombardeados, lloraban, gritaban y caminaban sin rumbo.
“Tenían la ropa desgarrada, las caras ennegrecidas e hinchadas, los ojos hundidos, y sobre sus dos manos colgaban tiras de piel desgajada. Aquél era un paisaje que no podía pertenecer a este mundo”.
Los incendios generados por las altas temperaturas tras la explosión nuclear obligaron al joven a abandonar el lugar.
Cuando caminaba en busca de un río se encontró con una patrulla de primeros auxilios que ungía con una pomada aceitosa las quemaduras de la gente, pero Yorita sintió unas feroces náuseas que le forzaron a alejarse de la unidad de enfermería.
“Entonces pensaba que los vómitos se debían a mi indigestión, pero más tarde supe que habían sido provocados por las radiaciones. Mi cuerpo intentaba expulsar las radiaciones que había recibido. Tuve la extraña sensación de que aquélla fue otra de las anclas que me mantuvieron sujeto a la vida”, continúa Yorita, que dedicó buena parte de su carrera como médico a tratar a las víctimas de la bomba.
Aunque estudió Medicina Interna, sus recuerdos y su experiencia –él mismo sufrió pérdida de cabello y keloides– le llevaron más tarde a profundizar en Medicina Radiactiva y pasó a ser miembro del Centro de Salud para las Víctimas de la Bomba Atómica en la misma ciudad.
231,920 PERSONAS MUERIERON
Como Yorita, miles de supervivientes recordaron ese miércoles 6 de agosto a las 231,920 víctimas mortales de las bombas atómicas, incluidas las de Nagasaki, bombardeada tres días más tarde, y advierten al mundo de los peligros de las armas nucleares.
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