- “Vi a muchos de mis compañeros morir en el frente de batalla, pero valió la pena, son héroes para mí”, afirma Keynar Sequeira
Roberto Pérez Solís [email protected]
Al ver en el área de desabordaje del Aeropuerto Internacional a Keynar Sequeira, de 24 años, vestido de camiseta y pantalón negro, botas estilo vaquero, anteojos para sol y pelo al rape, pareciera que se tratara de un nicaragüense más, de esos que aprovechan sus vacaciones para visitar a su familia luego de intensas jornadas de trabajo en Estados Unidos.
Pero este joven originario del municipio de Acoyapa, Chontales, hijo del ex diputado Nardo Sequeira y Carmen García, fue uno de los pocos nicaragüenses que tuvieron acción durante la guerra que Estados Unidos emprendió para derrocar al régimen terrorista de Saddam Hussein, en Irak.
PARA SUPERARSE
Luego de varios años de vivir en Estados Unidos decidió enlistarse en la Marina de Guerra de ese país, como una opción de superación, en tanto que le garantizaba mayores opciones de estudio. Y así fue, sus estudios en electromecánica iban avanzando al mismo tiempo que su vida familiar con la joven venezolana Karen Sequeira.
Todo marchaba bien hasta que a inicios del mes de enero le llegó la noticia que tendría que ir a combatir en Oriente Medio. Sequeira no dudó en aceptar, lo que para él ha sido, la decisión más importante de su vida. Esto porque dejaba a su esposa con cinco meses de embarazo y morir en combate significaba no ver crecer a su primogénito.
MIEDO A MORIR
“Tuve tres misiones en Kuwait, estuve poniendo seguridad en una base de la Marina y la Armada, después de ahí nos fuimos a otra base al borde de Irak, donde trabajé abasteciendo de gasolina a los tanques y aviones que iban al frente de la línea de fuego”, asegura Sequeira con serenidad.
Sequeira, quien ostenta el rango de sargento, asegura que también realizó trabajo de inteligencia, como verificar cómo estaba plantado el enemigo para luego atacar, lo que lo ponía siempre en la cuerda floja, es decir la posibilidad de morir era permanente.
“Vi a muchos de mis compañeros morir en el frente de batalla, pero hicieron algo bueno (derrocar a Saddam Hussein) valió la pena, son héroes para mí. Tuve siempre temor pero no me iba a poner así, porque eso del miedo te puede ocasionar la muerte y tienes que ser fuerte”, señala.
“Un día normal era siempre ir al frente con tanques y camiones, eso era todos los días, a veces dormías sólo tres horas o cuatro horas y algunas veces no dormíamos porque te podía salir el enemigo”, relata mientras se acomoda un poco sus anteojos y a través de ellos se puede observar su mirada fija, como trasladándose hasta el campo de lucha.
“MI HIJO ME TIENE VIVO”
Las condiciones climáticas también fueron un gran obstáculo que tuvo que vencer. Altas temperaturas y los intensos huracanes de polvo también hacían de las suyas en el desierto. Pero todo esto no lo amilanó. La idea de conocer a su hijo, que hoy lleva su mismo nombre, fue el único motivo de inspiración que a su juicio lo tienen hoy contando esta historia.
“Lo que pensaba (cuando estaba combatiendo) era en mi familia, en mi hijo que todavía estaba en el vientre de mi mujer que me estaba esperando en Miami, eso era en lo único que pensaba porque quería que me conociera. La voluntad por mi hijo me tiene vivo”, dice con amor de padre, Keynar.
APRENDÍ A QUERER LA VIDA
Cuando regresó a Miami junto a su esposa, luego de seis meses en Irak, su hijo tenía unas semanas de haber nacido y según relata, ese momento le sirvió para comprobar algo que siempre sintió en el frente de batalla: la guerra enseña a pesar de lo duro que resulta ser.
“En la guerra se aprende, se puede aprender a querer más la vida, porque cuando vas ahí sentís que estás a punto de morir y de pronto todo lo aprecias más, porque ahí no tenés baño, no hay nada, pasas tres meses sin bañarte. Estar en el desierto sobreviviendo no es nada fácil”, cuenta.
Y así, con esas ganas de querer la vida, que sólo la guerra le pudo enseñar, Keynar Sequeira se dispone a pasar unas merecidas vacaciones con su padre y resto de familiares por unas cuantas semanas para luego regresar a Estados Unidos en espera de un nuevo llamado para otra batalla.
UN GRAN SUSTO
“Una vez por el miedo me dormí debajo de un tanque y a medianoche escuché un ruido como que algo estaba descendiendo y pensé que era un helicóptero del enemigo y dije aquí ya estoy jodido, pero gracias a Dios era un helicóptero de los mismos marines que andaban perdidos. El helicóptero aterrizó a unos seis pies y no sabía qué hacer hasta que lo reconocí”, relata el joven Keynar Sequeira, soldado de la Marina estadounidense.
