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Si los nicaragüenses volvemos a ver hacia Costa Rica, con franqueza, podemos enterarnos que esos vecinos viven mejor porque han tenido 40 años de educación constante y un intercambio de ideas muy abierto, que es diferente a encerrarse en doctrinas para oponerse a lo demás y bloquear las iniciativas de progreso del contrario.
Estoy de acuerdo por eso con que el ministro de Educación, Silvio De Franco, mantenga la idea de capacitar a los maestros con el nuevo manual de sexualidad, reprochado por algunas organizaciones civiles que lo ven como un atentado contra la moral y la religión.
Cuando hojeé el manual pude ver análisis técnicos, documentados por especialistas en población y sexualidad, que me parecieron interesantes, no sólo porque esté de acuerdo o no con ellos, sino por las reflexiones que provocan y que ayudarían a desarrollar un pensamiento crítico en ese campo.
Creo que la educación deja mejores resultados si está libre de dogmas, políticos o religiosos, porque así los niños o adolescentes tienen más libertad para pensar y usar más su talento, en vez de actuar como robots por la imposición de ideas unilaterales, algunas ya superadas por la realidad.
El manual de la discordia señala, por ejemplo, que la sexualidad es un componente de la personalidad y debe ser valorada más allá del plano biológico. Es algo que vemos cada día, cuando algunas jovencitas entierran sus aspiraciones profesionales por un embarazo prematuro; o jóvenes que asumen una paternidad sin tener las posibilidades económicas y luego se frustran.
El manual, elaborado por el Fondo de Poblaciones de Naciones Unidas (FNUAP), propone que la educación en sexualidad “contribuya a la construcción de un proyecto de vida, más allá de la maternidad temprana”.
¿Cuántos prejuicios o fantasías cargan los niños y adolescentes por lo que aprenden en sus casas y calles, o a través de la televisión y la radio? No me imagino, pero podrían superarlos, en buena medida, con una educación mejor en el aula, aunque ésta sólo será efectiva si tienen maestros bien preparados, con un conocimiento especializado y actualizado.
En Nicaragua el Estado gasta un promedio de 74 dólares anuales por estudiante, mientras que en Costa Rica la inversión por estudiante es de 500 dólares, dijo el viernes el ministro De Franco.
Eso nos da una muestra de las limitaciones materiales del sistema educativo nicaragüense, pero además hay un millón de ciudadanos, entre 15 y 45 años, que ni siquiera completaron sus estudios de primaria y representan el 65 por ciento de la población en edad de trabajar.
La mayoría de la fuerza laboral del país tiene poca formación escolar y, en consecuencia, menos oportunidades de empleo y de salarios satisfactorios, más los problemas de tener familias numerosas. El país prosperará si aumenta la escolaridad de la población y con ella la calidad del conocimiento. Lo inconcebible es querer taparle los ojos a las nuevas generaciones, porque así las tullimos.