Rigoberto StewartAIPE
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La magia del comercio libre internacional
Rigoberto Stewart
AIPE
Durante una conferencia de prensa celebrada en el marco de la reciente ronda de negociaciones del Tratado de Libre Comercio de América Central y Estados Unidos, una periodista cuestionó: “Ustedes hablan de libertad para importar como parte del proceso para crear riqueza, pero ¿no es cierto que para crear riqueza es necesario producir?” Esa pregunta capta la esencia de la gran confusión que existe en relación con el comercio internacional y la creación de riqueza. Al igual que la mayoría de los líderes latinoamericanos, la periodista no distingue entre las actividades productivas que crean riqueza y las que más bien la destruyen, ni tiene claro cuál es el propósito del comercio internacional.
En el mismo encuentro, un empresario insistió con vehemencia: “Nosotros podemos producir arroz eficientemente; podríamos competir con los gringos si no fuera por los subsidios exagerados que reciben esos productores de parte de su Gobierno. No permitiremos que entre al país ese arroz subsidiado que se vende a $200/tm”. Luego, toma un avión y se va de compras nada menos que a los mismos Estados Unidos. Ahí se engolosina comprando tractores, arados, fertilizantes, fungicidas, insecticidas, cosechadoras computadorizadas, etc., hasta el punto de gastar el equivalente a $250/tm del arroz por producir. ¿Genio? Para obtener el arroz él debe gastar otros US$100/tm en insumos no importados.
Pero eso no es todo. El arrocero no genera los dólares que gasta en Estados Unidos. Antes va al Banco Central y ahí le venden dólares dejados por un bananero, producto de su exportación. Este hecho implica que, a través de esos dos agentes económicos, el país intercambia banano por arroz, tal como lo pronostica el principio del comercio internacional. Pero lo hace de la forma indirecta y tonta: a través de la compra de insumos. La forma directa crea riqueza, pues se entrega menos banano por cada tonelada de arroz recibida a cambio.
La riqueza de la sociedad o de la nación generada por la totalidad de las actividades económicas, durante un período determinado, es equivalente a la suma de todos los bienes y servicios disponibles para el consumo, y se define así: RN = producción + (importación-exportación). Para medirla, convertimos todos los bienes y servicios a una misma unidad, la cual llamamos unidades equivalentes (ue). En números, un ejemplo podría verse de esta manera: RN= [1000 ue + (500 ue –300 ue) = 1200 ue].
En el ejemplo numérico, vemos que el comercio internacional le permite a la sociedad incrementar su riqueza más allá de la producción nacional. Sin comercio, la riqueza nacional sería igual a la producción: 1,000 ue. Sin importación, no habría incremento de riqueza. Si se exportaran 300 ue y no se importara nada (como anhelan los grupos empresariales), la sociedad sería más pobre, pues sólo le quedarían 700 ue para consumir.
¿Cómo es posible obtener 500 ue a cambio de las 300 ue exportadas? Este beneficio neto del comercio se logra porque lo exportado permite importar más bienes y servicios que los que se hubieran podido producir con los insumos utilizados para generar los bienes exportados. Sin estos beneficios netos, el comercio internacional (y dentro del país) no tendría razón de ser.
¿Viveza criolla? Pretender aliviar la pobreza a través del estímulo a la exportación y la disuasión de la importación, es decir, a través de la reducción de la riqueza generada, es como pretender agrandar el pastel por medio de la eliminación de ingredientes. ¿Viveza tercermundista? Nótese, sin embargo, que no es posible exportar sin importar, pues hasta la estupidez tiene límite. Lo que ocurre es que, por medio de las exclusiones y desgravaciones lentas (como las que exigen los centroamericanos), los gobiernos latinos disuaden la importación de los bienes de consumo popular, mientras favorecen la importación de los bienes de lujo: BMW, viajes a Europa, etc. La consecuencia de esta política es un bajísimo beneficio neto del comercio, el cual es apropiado por un puñado de amigos del poder. Eso sí, no hay día en que los políticos no se lamenten de la pobreza.
El autor es director del Instituto para la Libertad y el Análisis de Políticas Públicas, de Costa Rica.()
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