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Por favor no “ayuden” a la agricultura

Eduardo David Urbina Díaz Roman, Times, serif»>Opinión económica Por favor no “ayuden” a la agricultura Eduardo David Urbina Díaz En apenas 12 años la agricultura brasileña duplicó su producción de granos, pasando de 58 a 115 millones de toneladas al año; adicionalmente obtuvo significativos incrementos en la producción y exportación de otros importantes rubros agrícolas […]

Eduardo David Urbina Díaz

Roman, Times, serif»>Opinión económica

Por favor no “ayuden” a la agricultura


Eduardo David Urbina Díaz




En apenas 12 años la agricultura brasileña duplicó su producción de granos, pasando de 58 a 115 millones de toneladas al año; adicionalmente obtuvo significativos incrementos en la producción y exportación de otros importantes rubros agrícolas y pecuarios. Sin anuncios ni celebraciones, la agricultura asumió un papel de “locomotora” de la economía brasileña dando una gran ayuda a la solución a los problemas nacionales. Y dicho sea de paso, esto ocurrió gracias a los mismos esfuerzos de los propios agricultores, quienes conquistaron este éxito con mínima ayuda gubernamental.

En esos mismos 12 años los gobiernos no formularon macro políticas de apoyo al desarrollo de la agricultura, no dieron grandes inversiones en infraestructuras de caminos rurales puertos y almacenaje, no instituyeron el deseado seguro agropecuario, redujeron el monto del crédito agrícola oficial. Privatizaron las carreteras que aumentaron los costos de producción y distribución de los alimentos, no concedieron subsidios a sus productores, tampoco adoptaron importantes medidas arancelarias de protección contra la importación de productos agrícolas del extranjero.

En dicho período algo similar ocurrió en el ámbito externo: el FMI la OMC y el Banco Mundial no cambiaron sus políticas con relación al agro; los precios de nuestros productos de exportación no siempre fueron favorables, los países ricos continuaron subsidiando fuertemente a sus productores e imponiendo crecientes restricciones arancelarias y no arancelarias a la importación de nuestros productos exportables.

En resumen en esos 12 años no fue adoptada ni interna ni externamente ninguna de las medias clásicas que recetan y siguen proponiendo muchos expertos en desarrollo agrícola y líderes gremiales y, a pesar de todas estas adversidades reales o imaginarias, la producción se duplicó.

Esta contradicción, entre la inacción de los gobiernos y el éxito de la agricultura tan sorprendente e importante, no puede ser ignorada ni siquiera subestimada. Ella denuncia que, en muchos casos las antiguas “recetas” de apoyos y las frondosas burocracias públicas encargadas de ejecutarlas fueron un gigantesco derroche de recursos y un rotundo fracaso. Mientras éstas estuvieron vigentes, en vez de estimular las iniciativas de los agricultores y promover el desarrollo del agro, produjeron un efecto contrario. Esta paradoja exige que hagamos un serio cuestionamiento a las propuestas convencionales de desarrollo agrícola. Esta contradicción demuestra que estaban equivocados tanto los que reivindican como los que formulan ciertas políticas de apoyo al agro; éstas en muchos casos ayudaron mucho más a alimentar el estado autofágico que solucionar los problemas de los agricultores y de la agricultura.

Dicha contradicción también nos impone la siguiente pregunta: ¿a qué se debió la duplicación de la producción a que descrita, si los gobiernos —por acción o por omisión— hicieron exactamente lo contrario de los que proponían los “expertos” y “líderes” gremiales rurales? Se debió principalmente al siguiente factor: una minoría de agricultores, más lucidos y progresistas, se cansó de las reivindicaciones utópicas de sus propios líderes gremiales de las propuestas no factibles formuladas por seudo expertos en desarrollo agrícola y de la ineficiencia del aparato estatal. Esta minoría que seguramente no llegó al diez por ciento de los productores rurales fue la que en gran parte contribuyó a la duplicación recién mencionada.

Esta minoría decidió ignorar la retórica populista-demagógica-paternalista y tomar, en sus propias manos la corrección y las ineficiencias del negocio agrícola haciéndolo dentro sus fincas y en muchos casos organizándose. Los agricultores que protagonizaron esta “revolución” productiva han sido merecidamente premiados a un gran éxito económico. No porque las políticas hayan sido favorables o porque los gobiernos hayan sido generosos en una inyección de recursos a la agricultura. Sino sencillamente, porque ellos se han vuelto eficientes, sin embargo, no podemos entusiasmarnos con este éxito, porque es muy parcial y excluyente.

Es parcial porque estos agricultores que ya han alcanzado una mayor eficiencia aún pueden volverse mucho más eficientes y consecuentemente mucho más exitosos en el negocio agrícola. Para ello tendrán que ejecutar una serie de etapas de innovaciones cuya adopción, a ejemplo de lo ocurrido en la etapa anterior, también depende mucho de ellos mismos que de sus respectivos gobiernos. En esta segunda etapa necesitarán incrementar aún más sus recursos por manzana y por animal; diversificar su producción para disminuir la dependencia del crédito rural y para evitar innecesarios; reducir pérdidas durante y después de las pos-cosecha; mejorar la calidad de sus productos e incorporar y racionalizar la administración de sus fincas para eliminar sobre deminsionamientos y ociosidades en ellas existentes, especialmente corregir los errores que ellos mismos siguen cometiendo en la adquisición de insumos y en la comercialización de sus cosechas.

Si ellos ejecutan esta segunda etapa, alcanzarán la denominada eficiencia total e integral que es el único “pasaporte” realmente seguro para tener rentabilidad y competitividad, los que lo hagan obtendrán un creciente éxito económico en la agricultura, y poco les afectará lo que hagan o dejen de hacer los gobiernos de los países ricos, los organismos internacionales o los gobiernos de su propio país.

Es excluyente porque desdichadamente el otro noventa por ciento de los productores, mucho más por falta de conocimientos y decisiones políticas, siguen siendo víctimas de anacrónicos “expertos” y líderes “rurales” quienes siguen ilusionando con obsoletas, utópicas e ineficaces ayudas paternalistas y manteniendo dicha mayoría en el círculo vicioso de la ineficiencia de la dependencia y de la pobreza rural. Dichos “expertos y líderes” siguen proponiendo que los agricultores necesitan créditos, subsidios, proteccionismo, en vez de recomendarles que exijan de sus gobiernos una educación rural que les enseñe a ellos y a sus hijos los conocimientos útiles, las actitudes que necesitan adquirir. Pueden también hacer algo similar a lo que hicieron los agricultores innovadores; y a través de esta vía sean menos dependientes de un estado que, siendo realistas, está más debilitado, empobrecido e ineficiente.

Y para concluir la siguiente reflexión, el proporcionar a los agricultores los conocimientos necesarios para que puedan resolver sus problemas es la solución de mayor eficacia, de menor costo y de mayor perdurabilidad. Ésta es la resolución más realista y por qué no decirlo, en las actuales circunstancias de gobiernos debilitados y empobrecidos éste es el único camino posible para que el desarrollo rural con equidad dejen de ser buenas intenciones y pase a ser una realidad concreta (el desarrollo de un país es su gente).

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