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La ironía de luchar contra la globalización

Martín Acosta Desde hace un tiempo atrás, el término globalización ha encendido agitados debates alrededor del mundo. Desde fines de los 90, sus oponentes, en su mayoría jóvenes, han producido revoluciones sociales en Seattle, Davos, Ginebra y otras ciudades. No está claro, al menos para la mayoría de ellos, qué es realmente lo que están […]

Martín Acosta

Desde hace un tiempo atrás, el término globalización ha encendido agitados debates alrededor del mundo. Desde fines de los 90, sus oponentes, en su mayoría jóvenes, han producido revoluciones sociales en Seattle, Davos, Ginebra y otras ciudades. No está claro, al menos para la mayoría de ellos, qué es realmente lo que están combatiendo. En estas demostraciones hay pacifistas, ecologistas, anarquistas, desempleados, jóvenes revolucionarios; cada uno pelea por su lado pero todos tienen un enemigo común: la globalización. “No sé muy bien qué es, pero de lo que estoy segura es de que nos están robando todo. Ya no nos queda nada”, decía una de las activistas en Cancún durante una reunión del Foro Económico Mundial. Varios académicos tampoco han podido definir este proceso. Susan Strange definió a la globalización como “un término que se refiere a cualquier cosa desde el Internet hasta una hamburguesa”. Para la sabiduría convencional, la que leemos en revistas y periódicos, la globalización es “aquello que comenzó en los años 80 cuando el mundo empresarial de los Estados Unidos descubrió al resto del mundo y los beneficios de combinar una marca estadounidense con una manufactura más allá de las fronteras”.

Este proceso histórico para algunos se ha convertido en una oportunidad o un reto; para otros ha significado una amenaza y una pesadilla. Mientras el PBI per cápita continúa creciendo (desde 1960 hasta 1989 se duplicó de $2,277 a $4,367 dólares americanos), aproximadamente 2.8 mil millones de personas todavía viven en la pobreza; esto es casi la mitad de la población mundial. Adicionalmente, muchos estudios han demostrado que la desigualdad económica está creciendo rápidamente. En 1992, el 20 por ciento más rico del planeta recibió un 82.7 por ciento del ingreso mundial, mientras que el 20 por ciento más pobre sólo tuvo acceso al 1.4 por ciento. El coeficiente de Gini es el instrumento cuantitativo más adecuado para medir la desigualdad del ingreso calificando con 0 a una perfecta igualdad en ingresos y con 100 cuando una persona controla todo el ingreso. Branco Milanovic, del Banco Mundial, demuestra que el coeficiente de Gini incrementó de 62.5 en 1988 a 66.0 en 1993, esto es un seis por ciento en sólo cinco años. Otro estudio del Banco Mundial revela que el cinco por ciento más pobre del mundo sufrió una reducción en su ingreso desde 1988 a 1993 en aproximadamente 25 por ciento. El estudio concluye que el diez por ciento más rico de los Estados Unidos tiene un ingreso total que se compara con el 43 por ciento de la población mundial; en otras palabras, los 28 millones de americanos más ricos tienen el mismo ingreso que los 2.5 mil millones más pobres del mundo.

Sin embargo, la globalización no es una conspiración de las multinacionales o un proyecto de Estados Unidos para permanecer como la única súper-potencia. La globalización es un proceso natural que, debido a su extensión, intensidad, velocidad e impacto, está cambiando la manera en que interactuamos y ejercitamos el poder. Lo que las revueltas sociales están demostrando es que la desigualdad económica, para los estándares morales de muchas personas, ha superado los límites normales y deben parar, o al menos ser contenida. La sociedad civil se siente impotente para cambiar el sistema. Algunos piensan que el sistema los perjudica y lo acusan de ser la causa de sus sufrimientos; atacando un McDonalds puestos una camiseta con la foto del Che Guevara sienten que están combatiendo el imperialismo estadounidense en búsqueda de libertad dentro del sistema. Posiblemente no estén conscientes de esto, pero lo que las personas organizadas en estas demostraciones realmente están combatiendo es algo que está fuera de su control. Realmente están luchando contra un proceso irreversible llamado globalización y su principal debilidad: la desigualdad económica.

Pero no podemos y no deberíamos combatir a la globalización. Primero, porque la globalización es un proceso irreversible respaldado por los avances tecnológicos y la liberalización del comercio. Segundo, porque hay que reconocer que un fuerte componente de la globalización es la competencia, por lo tanto, es imposible que cada uno de nosotros gane o aumente sus ganancias en términos iguales. No todos ganan. Algunos se benefician y de manera espectacular, como Indonesia por ejemplo, donde el PIB se incrementó en más de 170 por ciento y su nivel de pobreza se redujo de un 64 por ciento a un 11 por ciento de la población desde 1975 a 1995. Pero otros, como los pakistaníes y la mayoría de los africanos, han sufrido un incremento en pobreza y un desaceleramiento económico. A pesar que el proceso tiene fallas, es también una oportunidad, una puerta abierta para quienes quieren prepararse, competir y tener éxito. Tercero, está comprobado que los países que liberalizan sus economías, en promedio, tienden a crecer más que los que mantienen sistemas proteccionistas y cerrados, como Cuba y Corea del Norte. En el 2000, el promedio anual de ingreso del diez por ciento más pobre en una economía cerrada fue de $728, mientras que el diez por ciento más pobre de una economía liberal tuvo un ingreso promedio de $7,017; es decir, ¡diez veces más!

Así, para combatir la desigualdad económica deberíamos incrementar el sentido social de la gente y de las regiones más ricas y promover un libre comercio que realmente sea libre. La única manera para que los pobres en el mundo subdesarrollado puedan acortar la brecha por sí solos será si eliminamos los subsidios y les permitimos exportar sus productos competitivos (agricultura y textiles). Algunos argumentan que la globalización está en riesgo debido al fracaso de las negociaciones dentro de la Ronda Doha del GATT, los eventos del 11 de septiembre del 2001, y las continuas crisis financieras que han atacado a países como Argentina. Es nuestro deber fortalecer la globalización y permitir que sus beneficios, sea a través de organizaciones internacionales transparentes o de una eficiente sociedad civil global, pero nunca mediante mayor endeudamiento externo, se dispersen alrededor de los que han sufrido más dentro de ella.

(*) Martín Acosta ha obtenido un MSC en London School of Economics y es profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad San Francisco de Quito.

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