Robert A. Acevedo
Resido en la ciudad de San Francisco, California, desde hace 21 años. Sigo de cerca la labor de los nicaragüenses que militan en las Grandes Ligas, sobre todo la de Vicente Padilla, y siempre he soñado con ver a un compatriota imponiéndose en el circo mayor. Pero opino que no llegan largo por su falta de disciplina.
El sábado 9 de agosto fui a bailar a la discoteca de salsa Roccapulco (antes El César). Después del juego de ese día, en el cual Vicente lanzó y no tuvo decisión, él llegó a dicho centro nocturno acompañado de otros cuatro nicaragüenses, de los cuales conozco a dos. En el lugar estaban también Neifty Pérez y Benito Santiago, de los Gigantes de San Francisco. Me llamó la atención que Vicente estaba tomando y se miraba bastante “tocadito”, mientras Pérez y Santiago bebían agua tónica. Comenté entonces con un amigo que el gran Barry Bond, siendo una estrella consagrada, se cuida de las mil maravillas, no trasnocha, sigue un régimen de ejercicios extraordinario y a esa hora seguro que estaba acostado preparándose para el juego del día siguiente. En cambio Vicente, sin consagrarse todavía, trasnocha y toma. Greg Maddux o Curt Schilling estarían analizando el juego del día para preparar mejor su próxima salida.
Denis Martínez, que años atrás estuvo en este mismo centro nocturno, debería hablar con Vicente, aconsejarlo y contarle cómo en el Bar El Dominic, de San Francisco, casi destruye su carrera. Y todo por andar con malos amigos que nunca lo guiaron por el buen camino.