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desde que nuestras instalaciones fueron tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann fue detenido.

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Apellidos, apellidolatría y apellidocracia

Byron Largaespada V.

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Apellidos, apellidolatría y apellidocracia


Byron Largaespada V.




Hay un fenómeno social que creo no ha sido debidamente enfocado ni estudiado, y es la admiración cuasi religiosa del nicaragüense por ciertos apellidos por él considerados ilustres, una especie de “apellidolatría” que engendra una “apellidocracia”.

El académico Eduardo Zepeda Henríquez, en su obra Mitología Nicaragüense, nos recuerda que desde la independencia en 1821 hasta 1979, dos familias, una conservadora y la otra liberal, han tenido una influencia preponderante en el Estado nacional, lo cual no quiere decir que esa influencia haya desaparecido.

Existe una especie de complejo que lo hace sentirse cohibido ante cualquier individuo de apellido nacional “ilustre”; en efecto, uno de estos señores puede ser una perfecta mediocridad o nulidad sonriente, peor aún, poco honrado e incapaz y por sólo el peso de su apellido ya se le abran las puertas de los grandes puestos y del presupuesto del erario. Los autollamados sandinistas no escaparon a esta tarea y se rodearon de una turbamulta de asesores dizque de la Calle Atravesada.

El fenómeno es complejo y debe ser matizado. Va de lo nacional hasta lo regional. Por ejemplo, no es lo mismo ser González “de los de Diriamba” o Sánchez “de los de León”, que de cualquiera otra parte. Muchas veces he quedado asombrado (ingenuo que soy) de la expresión “fulanito de tal tiene buen apellido”, y aún, “fulanito de tal tiene apellido”. Es decir, en los apellidos los hay buenos y malos o simplemente no los hay.

Al comentar con amigos que han nombrado para tal puesto a fulano o zutano, al preguntarles sin ninguna maledicencia por las calidades del nombrado, invariablemente me han contestado que es muy capaz (lo cual no dudo). Al replicarles si era el único capaz de desempeñar ese puesto, y mejor aún, si metían las manos al fuego por la honradez del nombrado, he recibido la callada por respuesta.

Un nicaragüense que se apellide simplemente López o Pérez, tendrá que tener mucho talento y suerte para salir adelante. No hay paisano que tenga como segundo apellido uno considerado bueno que no lo utilice y se conforme sólo con el primero, más si éste es corriente.

De esta especie de apellidolatría, claro está, sale ganando el “apellidócrata”; pero no es de él la mayor parte de la culpa. Atengámonos al dicho: no tiene la culpa el indio, sino el que lo hace compadre. Cierto es que esta clase social no ha sabido estar a la altura de los tiempos y que como rectora de la sociedad esta posición le ha venido ancha, pues tiene la mayor parte de la culpa del marasmo en que nos encontramos. Ironías de la vida, los dos nicaragüenses más grandes, Rubén Darío (1867-1916) y Augusto Nicolás Calderón Sandino (1895-1934), no tenían pretensiones de aristócratas.

Debo decir a los mal pensados que en esto no soy juez, sino más bien testigo, pero no me siento cómplice ni encubridor y sé que como individuos hay excelentes personas entre esos apellidócratas. Los hechos están allí, para quien quiera observarlos. Me acuerdo haber hojeado un libro en el que un investigador costarricense se daba a la tarea de estudiar la genealogía de los mandones de su país; si alguno hiciera lo mismo en Nicaragua, ¡cuántas sorpresas se llevaría!

Alguna vez, en el extranjero, cuando me han presentado a un paisano que no se ha preocupado por averiguar mis orígenes, me he sentido como ninguneado, como que no soy digno de ser tomado en cuenta.

¿Cómo superar estos complejos? Se ha dicho hasta la saciedad: la entrada a la función pública se debe hacer por concurso, oposición y no por amiguismo, se deben crear e intensificar programas de educación cívica y moral.

Voy a recurrir a un ardid: espero me publiquen lo escrito, no por méritos literarios o de estilo sino porque creo que el tema es actual e interesante y si no lo publican me demuestran que lo que pregonan es puro cuento y no hacen caso cuando algo no es de su agrado.

El autor es abogado y notario.