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Treinta años después
En Chile se conmemoró este 11 de septiembre el 30 aniversario del golpe militar del general Augusto Pinochet que derrocó al presidente socialista Salvador Allende.
A la dictadura pinochetista se le acusa de la muerte o desaparición de más de tres mil personas —chilenos en su gran mayoría pero también numerosos extranjeros—, muchas de las cuales murieron en combate entre las Fuerzas Armadas y las organizaciones subversivas que operaron intensamente después del golpe del 11 de septiembre hasta mediados de los años 80.
La solemne conmemoración oficial del pinochetazo ha reabierto heridas dolorosas de la sociedad chilena, las que de todos modos nunca se han cerrado y es muy difícil que se cierren algún día, pero que hurgar en ellas es como una necesidad de catarsis para que nunca más vuelva a ocurrir lo mismo o algo parecido.
En realidad, aunque Santo Tomás de Aquino, el Doctor Angelicus, aseguró que “el hombre prefiere una mentira que consuele a una verdad que esclarezca”, como ser social el hombre necesita lo contrario, es decir, que la verdad ilumine los hechos históricos y no que la mentira los oculte porque entonces se mantiene la posibilidad de que vuelvan a ocurrir. La verdad y la justicia son principios y bases de la convivencia humana civilizada y descansan sobre el reconocimiento del pasado y la enseñanza de sus lecciones a las nuevas generaciones, para prevenirlas de que no cometan los mismos errores.
Es cierto que por el ejemplar desarrollo económico, político y cultural alcanzado por Chile pareciera imposible que se vuelva a interrumpir allí el proceso democrático por medio de un golpe militar o de cualquiera otra índole. El gorilismo, que dominó brutalmente el panorama latinoamericano durante las décadas 70 y 80 del siglo XX, parecen cosas del pasado e irrepetibles en el presente y el futuro. Pero, ¿quién sabe? Con los políticos de América Latina cualquier cosa podría ocurrir.
Por otro lado, el caudillo del FSLN, Daniel Ortega Saavedra, quien participó como invitado especial en la conmemoración chilena del 30 aniversario del pinochetazo, declaró en Santiago que él “no creía en la vía electoral que llevó al poder al derrocado presidente Salvador Allende”, que más bien “ratificó la lucha armada”.
Ciertamente, el FSLN nunca creyó en la posibilidad de tomar el poder pacíficamente en Nicaragua ni en ninguna otra parte de América Latina y el mundo; ni siquiera en Chile, donde en noviembre de 1970 la alianza socialista-comunista llamada Unidad Popular llegó al Gobierno después de ganar las elecciones con apenas un tercio de los votos ciudadanos, y estableció un errático gobierno populista que el ultraizquierdista Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR) —correspondiente en Chile al FSLN de Nicaragua—, boycoteó inclusive con acciones armadas, para que el presidente Allende y la Unidad Popular no pudieran impulsar una revolución pacífica.
De manera que el boicot mirista facilitó el golpe militar que los golpistas justificaron con el pretexto de que el gobierno de Allende quería imponer un sistema marxista a pesar de ser minoritario, por el descalabro de la economía producido por el populismo, y la grave inestabilidad provocada por los pleitos internos de la Unidad Popular y las acciones desestabilizadoras del MIR.
Es necesario hacer estas recordaciones al hurgar en las heridas que causó en Chile el golpe de Estado del general Pinochet, así como en Nicaragua no hay que olvidar los muchos crímenes de las dictaduras somocista y sandinista.
Pero hay que sacar a luz toda la verdad, no sólo una parte de ella. Por ejemplo, hay que decir que bajo el gobierno autoritario de Augusto Pinochet Chile logró un crecimiento económico del siete por ciento anual y gracias a eso tiene ahora un ingreso per cápita de más o menos 9,500 dólares anuales. Y que desde que Pinochet entregó el poder el crecimiento bajó a dos y medio por ciento, pero el número de chilenos que viven con menos de dos dólares por día disminuyó del 42 por ciento en 1999 al 20 por ciento en la actualidad.
Por supuesto que ningún crecimiento económico vale ni siquiera una vida humana. Pero esas son las realidades y la gente tiene derecho a conocer toda la verdad, no sólo la de unos sino también la de los otros.