Róger Matus Lazo*
En su obra Los miserables (versión castellana, 1931), el gran novelista francés Víctor Hugo (1802-1885) nos dice en el Libro Séptimo (Segunda Parte), que en el extremo del envilecimiento y el infortunio hay una última miseria que se rebela contra los derechos reinantes y “ataca el orden social a alfilerazos por medio del vicio, y a estocadas por medio del crimen”. Una miseria que para sobrevivir ha inventado una lengua de combate: el caló, una lengua más digna de atención y estudio que la lengua hablada por una nación o una provincia, porque es a la vez “nación e idioma”.
Ya Camilo José Cela (1916-2002), en el Preámbulo a su Diccionario secreto (1989), nos advierte que “las palabras se subliman o se prostituyen, se angelizan o se endemonian, a consecuencia de una cruel determinante: la vida misma”.
Cuando publiqué El lenguaje del pandillero en Nicaragua (1997), don Pablo Antonio Cuadra (1912-2002) dijo en la presentación del libro que ese lenguaje nos estaba recordando “una situación nueva en los sótanos de Nicaragua”. Y lejos de rechazar el estudio de ese lenguaje abyecto, creado para vivir en la noche, con sus palabras como garras para asestar el golpe, subrayó la necesidad de enfrentar esa pústula: “Tenemos que conocernos”. Y para empezar —nos recuerda— estudiemos su lengua, pues “entre las creaciones de un pueblo que revelan los valores de su identidad, la que más profundamente ilumina el ser es su hablar”.
El lenguaje pandilleril —como el caló— es oscuro en las palabras, porque es oscuro en las acciones. La sorbona se le llama en caló a la cabeza que aconseja el crimen; y pionero llaman los pandilleros al delincuente. En caló, “caer preso” es entrar al colegio. En el lenguaje pandilleril, “permanecer tres años en la cárcel” es pasar tres abriles en canadá. Es la lengua defensiva, enigmática, que disfraza las palabras para ocultar las acciones. Por eso, cuando el pandillero va a hacer algo malo, lanza primero la palabra como arma mortífera hasta acabar con la víctima: ¡Peluche, tené listo el purgante! Es el puñal que el victimario introduce en el estómago del cabro (víctima), obligándolo a vomitar sangre.
El delincuente francés habla de su libertad como su salud: el preso es un enfermo y el condenado es un muerto. El pandillero en Nicaragua habla de las armas como lo más cercano a su entorno: ¡Me quitaron mi familia! ¿Y de cuántos miembros está compuesta su familia? De cuatro: la hermana (pistola), la lengua larga (machete), el purgante (puñal) y la tunca (navaja).
El lenguaje pandilleril —como el caló— es la misma lengua de la miseria. Una lengua reptil, que se arrastra y se oculta y sube por el cuerpo de la víctima para clavar los colmillos del delito y de la muerte. Es la lengua de la noche, del hambre, de la injusticia, del vicio, del crimen. Basta correr el velo de las palabras para descubrir un fondo de fango y podredumbre. ¿Qué lugar visita? Un cuateturco (prostíbulo). ¿Quiénes son sus churretes (amigos) preferidos? Los maltas (ladrones), los punk (vagos) y los caybiles (delincuentes). ¿Y sus consejeros? El cuajipal (jefe de la mara o pandilla) y la guacamaya (prostituta). ¿Con quién se relaciona? Con el chulo (persona que administra el dinero de las prostitutas). ¿Quiénes son sus cadáveres (compañeros)? El rosquillero (roballantas), el chupamoco (huelepega), la estrella luminosa (marihuanómano), el pedrero (drogadicto), los rascapaila (delincuentes). ¿Cuáles son sus especialidades? El desturque (pleito a puños), el despeluche (agresión), el trueque (robo), el ñatazo (inhalación de cocaína), el enchole (robo en su propia casa), los cometazos (balazos), la humalera (pleito callejero).
Este lenguaje es un fenómeno lingüístico resultado de un fenómeno social. Un lenguaje evasivo, en perpetua fuga como los hombres que lo hablan:
¡Bato, hacete alkaseltzer rapipús, que los titiles andan buceando marimbas en el barrilete!
“Corréte, que los policías andan buscando pandillas en el barrio”.
Es la miseria con harapos en el cuerpo y vicios en el corazón la que habla con palabras de marginación y orfandad. ¿Habrá salida de ese túnel oscuro y purulento de la sociedad? “Cuando ya no queda esperanza —nos dice Víctor Hugo—, queda aún el canto”.
* El autor es miembro de número de la Academia Nicaragüense de la Lengua.