- Unos 864 ex paramilitares que
pertenecían al temible bloque
Cacique Nutibara (BCN) quieren una oportunidad para tener acceso a empleo y estudio
AP
LA CEJA, COLOMBIA.- En un antiguo club social rodeado de montañas 864 ex paramilitares que pertenecían al temible bloque Cacique Nutibara (BCN), luchan por dejar su pasado de armas y violencia y entrar en un camino de paz.
Jaison comparte labores de aseo con otro paramilitar que había ofrecido dinero por su cabeza cuando pertenecían a grupos enemigos. Elkin, de 41 años, reflexiona sobre su vida que empezó con las bandas de asesinos de Pablo Escobar de las que es casi el único sobreviviente, mientras camina a la cancha de microfútbol.
Edwin, un líder comunitario, nunca ha tomado un arma y para él esta desmovilización es una oportunidad de acceder a empleo y estudio, que su humilde cuna no le había permitido.
“Aquí adentro hay en sí mismo un proceso de paz”, cuenta Jaison, de 23 años. Agrega que libró guerras con otras bandas que luego fueron incorporándose a este grupo antiguerrillero que opera en Medellín y del cual buena parte de sus integrantes viene de pandillas barriales.
En la primera desmovilización de un grupo paramilitar, que están en conversaciones de paz con el Gobierno del presidente Álvaro Uribe, el BCN entregó sus armas el 25 de noviembre.
Desde ese día y por tres semanas, estos muchachos —entre ellos hay 10 mujeres— que tienen en promedio 24 años y al menos un hijo, según una encuesta, están en este municipio cerca de Medellín para iniciar un proceso hacia la vida civil después de años de estar en guerra.
En talleres sobre resolución de conflictos, y sicoafectivos, realizaron carteleras que hablaban sobre la paz, la reconciliación, valores familiares y los sueños de futuro.
“Pintarse la cara color esperanza, mirar al futuro con el corazón”, entonaba un grupo la canción del argentino Diego Torres en uno de los corredores.
Este proceso con estos grupos armados ilegales, acusados de cometer algunas de las más graves violaciones a los derechos humanos, ha nacido lleno de acusaciones y dudas.
Organismos de derechos internacionales como Human Rights Watch y Amnistía Internacional, así como algunos congresistas, han dicho que es sólo un espectáculo que llevar a la impunidad y al lavado de activos fruto del narcotráfico.
Los jefes paramilitares se defienden y piden que se dé un compás de espera y afirman que en las negociaciones con el Gobierno no se está tocando el tema del narcotráfico.
“Nuestro compromiso es demostrar que este proceso es serio, que vamos a cumplir”, dijo el comandante “Erre”, quien encabezó la entrega de los muchachos.
La preocupación de él y los otros jefes paramilitares del estado mayor de este bloque es darle sostenibilidad a este proceso y que en un año no vuelva a aparecer otro grupo armado en Medellín, ciudad que por 20 años ha padecido de niveles de violencia entre los más altos del mundo.
El sacerdote Leonel Narváez, quien dirige unas escuelas nacionales de perdón y reconciliación y fue traído por la oficina del Alto Comisionado para la Paz para ayudar con los ex combatientes, reconoce que estos procesos son difíciles. “Hay que dar una oportunidad”.
Las discusiones políticas son ajenas a la mayoría de los ex paramilitares de base que piensan más bien en su futuro inmediato. La mayoría quiere un empleo estable y los sueños son más bien humildes.
“Quiero manejar un taxi”, dice Jaison, quien era el jefe de un barrio de la Comuna Ocho.
Godines, quien mató a la primera persona a los ocho años, y ahora tiene 27, se pregunta si podrá trabajar como empacador de supermercado, pero lo duda porque no terminó el bachillerato, mientras se sale de la piscina, en la que varios flotan y pocos nadan, porque no saben.
“Va a ser difícil volver al barrio sin el fierro”, reconoce mirando al infinito. “Pero es mejor la tranquilidad”.
