Texto: Mario Fulvio Espinosa/Fotos: René [email protected]
Tienen fama los masayas de ser tradicionalistas. Según el Diccionario Larousse, la tradición es una costumbre que se transmite y se conserva de generación en generación, y tradicionalista es aquella persona que tiene apego a las cosas tradicionales e incluso las hace fuente de sus creencias, conducta y modo de vida.
De esas cosas platicamos con doña Ángela Dávila de Cano, ama y dueña de la Dulcería Cano —allá por las Cuatro Esquinas de Monimbó—. Ella, al lado de su esposo e hijos, fabrica una gran variedad de cajetas, lecheburras, huevos chimbos, churros y otras delicias que se repartirán hoy en la noche de la Gritería.
—¿No se les ha ocurrido innovar estos productos o al menos hacer mezcolanzas que salgan de esa rutina artesanal?
—(Piensa para contestarme) La tradición no lo admite. ¿Se comería usted una cajeta de coco azul? ¿Un alfajor (gofio) celeste? ¿Una cajeta de leche verde? La gente no compraría eso.
—Entonces en la tradición y en el tradicionalismo hay algo de tiranía, se esquiva el cambio, la innovación…
—Pero no es cosa exclusiva de nosotros. La gente pide y compra las cosas como lo que son desde hace muchísimos años.
Cuenta que su familia tiene más de treinta años de fabricar dulces, un quehacer que heredaron de su abuela y abuelo, doña Teodora Cano y don Domingo López, ya difuntos.
La Dulcería Cano es un conjunto de casas humildes situadas a ambos lados de un pequeño “galillo” (callejón), sin salida. “En cada casa vive un familiar, hacemos una bonita comunidad”, dice doña Ángela.
“La tradición indica que este arte los heredaremos a nuestros cinco hijos”, dice el marido, don Ricardo Cano.
—¿Pero no creen que ya muchas tradiciones se han ido perdiendo en este asunto de la Purísima?
—Eso es cierto también, cuando yo tenía 17 años las Purísimas eran más tradicionales. La tradición ha ido disminuyendo tal vez por tantas religiones que han salido, y también porque ahora la juventud busca más el relajo que la devoción.
Nos despedimos para ir a visitar otro establecimiento, la Cajetería Martínez, de don José Domingo Martínez y doña Cándida Rosa Pascua de Martínez. Nos interesa porque ellos son especialistas en alfajores.
Es otro caso de integración familiar comunitaria. “Este terreno es de mi mamá doña Juana Arévalo, ella vive en la primera casa”, explica doña Cándida.
Sobre una mesa grande hay una gran capa de gofio que don José Domingo corta en forma de rombos, valiéndose de una regla y de un filoso cuchillo.
“Hacemos dulces desde 1977 cuando estábamos organizados con los artesanos sandinistas. Ahí nos daban el azúcar, desde ese tiempo venimos trabajando”, explica don José.
—¿El secreto de un buen alfajor?
—Sencillo. Se tuesta el maíz, porque si se da a hornear queda muy amarillo, se le echa bien picadito el jengibre con anís, canela, clavo de olor, así se manda a moler. Ya hecho el pinol se le deja caer la miel en el perol (olla) y se va revolviendo, después se tiende sobre la mesa para sacar los trozos.
—¿Y van a heredar esta tradición?
—Pues creo que no. A los hijos no les gusta. Están estudiando. Dicen que mucho se queman las manos. Pero aquí, gracias a Dios, hay otros trabajadores que tienen ánimo para continuarla porque ya a estas alturas abastecemos a 26 vendedores dispersos por todo el país.
