Silvestre Blandón Astorga*
Escuchando a los miembros del equipo del Gobierno en su presentación de la propuesta de un Plan Nacional de Desarrollo, es inevitable sentirse entusiasmado y optimista con el futuro. Pero este entusiasmo, lejos de apaciguar debe agitar a todos los sectores para integrar la maquinaria cuyos engranajes puedan echar a andar la rueda del progreso y la prosperidad.
No significa esto la adopción plena y callada de la propuesta gubernamental, sino contar con una plataforma a enriquecer con aportes de todos los interesados para mejorarla en aras de concretar una verdadera estrategia nacional. Porque sólo cuando se sabe a dónde se quiere ir, se podrá seleccionar la manera mejor de cómo llegar.
Hay un elemento clave en esto: la unidad orientada a un objetivo específico. Para que sea una realidad es conveniente analizar esta unidad y sus características. Tradicionalmente, se ha visto que tanto el sector público como el privado hacen casa aparte, cada quien velando por sus intereses. No es que el escenario tenga sólo estos dos grupos como protagonistas, pero de alguna manera todos los ciudadanos pertenecen o dependen de uno de ellos.
Por un lado, el Gobierno planifica, gestiona y ejecuta programas estatales supuestamente orientados al bien común. Bien común que en algunos casos es escasamente percibido por la población. Para mantener esta estructura el sector público requiere, además de las donaciones y programas de apoyo de países amigos, recaudar impuestos entre la población. Y en esta tarea muchas veces es visto como agente represor que asfixia y oprime a quienes luchan por la básica subsistencia ya que en sustancial número escasamente generan los ingresos necesarios para equilibrar la marcha del negocio y sus necesidades.
Del otro lado, los empresarios con frecuencia sienten que la defensa es permitida generándose múltiples evasiones que privan al estado de los ingresos necesarios para su funcionamiento. Un punto a considerar sería adaptar las políticas a realidades nacionales teniendo en cuenta el bienestar general.
Lo anterior no podía dejar de mencionarse. Volviendo al tema de la unidad en aras del progreso, el punto es que las partes deben sentirse apoyadas. ¿Y cómo lograr esa ecuación? Sólo teniendo claro que la buena marcha de cada uno de los sectores tiene relación directa con el apoyo decidido que se obtenga de la otra.
Es deseable un Estado pequeño, eficiente y eficaz. Pequeño para reducir el peso de su mantenimiento, eficiente al seleccionarse un equipo de alta calidad al servicio de la población —no, como se ha dicho en repetidas ocasiones, que se sirva de ella— y eficaz en alcanzar las metas que se propone.
El plan, obviando virtudes o deficiencias, necesita obtener colaboración suficiente para que, realmente, pueda ser de utilidad. Los beneficios deben ser evidentes para todos. Optimo es que esta percepción genere tal impacto que alcance a todos los sectores del país, políticos y económicos. En la medida que esto se consiga se garantiza su estabilidad e implementación a través de los años y de los diferentes gobiernos que asuman la administración pública.
Los veinticinco años que contempla la propuesta de plan son apenas un punto cronológico de referencia, ya que pueden ser más o pueden ser menos. Pueden alcanzarse logros mayores que los propuestos. Todo dependerá de la forma en que los sectores asuman y aporten al mismo. Pero, al final, 25 años no es tanto tiempo aunque así lo parezca, y menos para el crecimiento de un país. Cabe recordar que la gran tragedia nacional inició hace casi un tiempo igual.
Se ha dado un significativo paso al aportar propuestas concretas. Propia, recopilada, corregida o aumentada, no tiene mayor importancia. Sí importa el esfuerzo serio al poner bases, peldaños que pueden convertirse en el primero de muchos que transformen la nación. La tarea no es la crítica destructiva o la minimización del esfuerzo. La tarea es aportar con seriedad, con entusiasmo. En la certeza de que la población apreciará este interés y más aún los logros alcanzados.
El bienestar de las personas es lo que debe privar en la consideración de los planes económicos y políticos. Es el verdadero norte que puede establecer la orientación correcta de las decisiones a implementar. Para ello es imprescindible que los políticos asuman el papel que de ellos se espera y el, en su mayoría, adormecido sector privado nacional asuma el papel beligerante que por derecho propio está llamado a asumir.
* El autor es Master en Administración, Mercadeo y Comercio Internacional.
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