- Pese a la situación económica los vecinos se las arreglaron para mantener el fervor y la tradición de la Gritería
Leslie Ruiz [email protected]
Para que doña Laura Villavicencio pudiera celebrar un año más la Purísima, tuvo que poner durante dos meses una pequeña imagen de la Virgen en la pulpería de su casa, “para que pidiera”.
A la par le colocó un “chanchito” y a cada cliente que le llegaba a comprar le pedía su colaboración para poder festejar la Gritería, como ha hecho desde hace doce años. “Como aquí vendo mi lechita y mis gaseositas, le pedí a los de los camiones que me ayudaran. Hasta los vecinos me regalaron unos centavitos”, detalló.
Como esta humilde señora, muchos devotos nicaragüenses han tenido que ingeniárselas para continuar con la tradición mariana de colocar un altar con la estatua de la Virgen María en el centro y repartir desde limones y caña de azúcar hasta baldes plásticos y granos básicos a quienes llegan a cantarle. Algunos tienen la suerte de recibir remesas de sus familiares que viven en Costa Rica y Estados Unidos.
Pero pese a la situación económica, los pobladores del barrio Monseñor Lezcano, siguen celebrando la Purísima con mucho fervor y alegría y aún más la Gritería.
EN MOLOTE
Tu gloria, tu gloria… gozoso este día cantaba una y otra vez doña Carmen García, en cada uno de los altares que anoche se instalaron en este barrio. Al igual que el año pasado lideró un grupo de 20 personas compuesto por sus hijos, nietos y yernos. “Desde chavala ando gritando y ahora le estoy enseñando a estos chavalos para que no se pierda la costumbre”, dijo.
No era la única que andaba en molote. Hasta bebecitos de un mes se vieron por las calles de Monseñor Lezcano con sus padres, hermanos y vecinos.
Otros se preocuparon por sacarle provecho a la situación, como el grupo de chicheros integrado por don José Roberto Sánchez y sus cinco hijos. “Desde hace veinte años ando tocándole a la Virgen. A veces lo hago gratis, pero como tenemos que comer cobro 50 pesos (córdobas) las tres canciones y 300 la hora”, aseguró.
Las Purísimas más concurridas fueron aquellas en las que se repartieron arroz, frijoles y azúcar, como la de doña Olivia Paiz. “Damos este tipo de cosas porque sabemos que a la gente le sirve, aunque sea un gran sacrificio para mis hijos celebrarla, pues gastamos como 700 dólares”.
Paiz heredó esta tradición de su padre, quien celebró por primera vez la Gritería hace 70 años.
