Mario Alfaro Alvarado
Hace algún tiempo un político liberal dijo que debía celebrarse una sola elección porque el pueblo se aburriría de votar. Un político sandinista dijo hace unos días que se deben unir las elecciones para economizar dinero.
¿Desde cuándo los políticos de este país se preocupan por los dineros que el pueblo produce con su trabajo? Si acaso piensan en ese dinero es sólo para apropiárselo con engaños o descaradamente.
¿A quién creen que convencen, o engañan, los piñateros y los huaqueros? No es aburrimiento ni por economía que quieren unir las elecciones en una sola. Es porque quieren volver a nombrar candidatos al dedo; a presentar listas, o planchas, de candidatos desconocidos para que la gente no sepa por quién están votando; a regresar al voto en cascada sin darle opciones a los votantes. Esa ha sido una manera fácil del liberalismo para mantenerse en el poder por más de medio siglo.
La Revolución Francesa convirtió a los vasallos en ciudadanos. El ciudadano es el que elige y elegir es escoger a quienes han de ejercer el gobierno. Si el voto no es para elegir, entonces el voto no vale nada, como nunca ha valido en Nicaragua y hasta hace muy poco, con las elecciones municipales comenzó a valer.
Cuánto más ha de soportar el pueblo con humillante resignación el abuso, el desprecio, la desvergüenza de las pacotillas políticas y de sus caciques que cambian a gusto la Constitución sin el menor respeto a los derechos ciudadanos.
Si un nicaragüense, un patriota, pudo detener la lujuria reeleccionista del primer Somoza, fundador de la dinastía, con mayor razón un millón de nicaragüenses, cuyas firmas están en la Casa Presidencial, pueden detener la acción antipatriótica de esos que se autollaman representantes del pueblo, que viven del trabajo del pueblo mientras ellos en vez de legislar en beneficio del pueblo, legislan en contra, legislan para beneficio de los intereses espurios de sus caudillos.
El pueblo no quiere caudillos ni caciques ni patrones, no quiere más manoseo a la Constitución para perpetuar los privilegios; el pueblo quiere una democracia sin amos y sin pobreza.
El pueblo no debe permanecer como un espectador pasivo mientras dos tahúres se juegan a la taba el destino del país. Ahora que hay libertad para protestar, nadie puede impedir que el pueblo proteste contra el abuso de las cuadrillas políticas, que en contubernio inmoral pretenden arrebatarle a los ciudadanos el derecho de elegir a sus alcaldes. Sí, a sus alcaldes, para nombrar de dedo a candidatos domesticados y dóciles.
Dicen sus ásperos adversarios que el presidente Bolaños está solo, indefenso, porque no tiene un partido que lo respalde; ergo, es fácil echarlo del poder y nombrar a otro con los 80 votos dóciles que tienen en el Parlamento. Don Enrique no necesita un partido porque es mejor no tener partido que estar apoyado por uno o dos partidos corruptos, que desprecian al pueblo y conspiran para restablecer la corrupción.
Don Enrique no debe amilanarse. A él lo respaldan los dos millones de ciudadanos que le dieron sus votos en las elecciones presidenciales de noviembre del 2001. Debe convocar a sus electores e invitarlos a salir a la calle a defender a la Patria amenazada por la corrupción. Debe ponerse al frente y derrótelos con una demostración masiva de solidaridad popular. Usar todos los recursos que le confiere la Constitución y destruir las maquinaciones latebrosas de quienes conspiran contra la institucionalidad de la Nación y atentan contra el Estado de Derecho que él le prometió a los nicaragüenses.
El autor es periodista.