Joaquín Absalón Pastora
La obra de Pablo Antonio Cuadra (1912-2002) andaba dispersa. Podía leerse a través de publicaciones en lances de efemérides, en el engarce con las ansias del intelecto, en la reproducción de revistas culturales, pero de manera goteada e inconexa, o cuando uno, aguijoneado por el espíritu va a la biblioteca a repasar o recorrer sus libros por separado, expuesto a no encontrar el deseado.
Ahora hay una congratulación en el devenir de la lectura al conocerse que todo ese precioso derramamiento se concentra en el lanzamiento de sus obras completas: poesía, ensayo, narrativa y una valoración de su obra plástica, en diez tomos.
Además de admirarlo como poeta, lo estimo intensamente como hombre de prosa rubicunda, periodista, ensayista, editorialista. Y surge entonces la evocación de sus “escritos a máquina” y las circunstancias en que yo conocí a este radiante personaje de la literatura nicaragüense.
En esos tiempos, después de Olama y Mollejones, después del consejo de guerra (1959) que la dictadura somocista hizo a sus implicados cuyo más notable rebelde era el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, conocí personalmente a Pablo Antonio Cuadra.
Por la esporádica relación de un colaborador con la del director que había asumido las funciones del titular, noté que se había entregado a la centella terrestre del periodismo político alejándose –aparentemente– de la inmensidad celeste de la poesía. Como nunca la comunicación estuvo llena de patrióticos ideales, impulsada por la arbitraria conducta de lo conocido como: la dinastía de los Somoza.
Muerto el fundador (1956) LA PRENSA quedó huérfana casi de todo. La mayoría del personal de Redacción fue compulsivamente trasladado a la cárcel. Agudizada la crisis por la invasión de Olama y Mollejones y el clima libertario que se respira en América con motivo del triunfo de la revolución cubana (1959), Pablo Antonio Cuadra jugó un desbordante papel en LA PRENSA. Hacía de todo, inclusive los titulares.
Recuerdo unas ocho columnas puestas por él en las cuales reflejose a un poeta filosofando en sus instantes de severidad: “Tiembla la república y también el pavimento”. La foto que ilustraba el encabezamiento mostraba el significado. Con motivo de la exhibición del vigor del ejército en una de las celebraciones natalicias de doña Salvadorita Somoza, para enseñar temor se hizo un desfile de tanques sobre las calles de Managua. La república estaba en crisis, temblaba de miedo y también tenía miedo, temblaba el pavimento. Era el titular de un poeta desde su república de papel.
También tenía una decisiva responsabilidad con la conducción de la página de Opinión en la cual el suscrito tenía una columna con el distintivo de El Momento. Fue ahí –en esa página– donde se hicieron una institución sus Escritos a Maquina. Más que un editorial volátil cada uno de ellos era un ensayo, una conferencia magistral, un recital sobre la historia, todo lleno de una literatura útil y creativa.
El periodismo lucía fuerte, sólido como una viga, preparada para enfrentar las penas de la censura.
Años después (1968) no sé si por arraigo del coraje, travesura juvenil o por la inocente aspiración de tirar al viento las impaciencias del espíritu, publiqué Sueño en Sol. Un libro se ama tanto como a una hija o a un hijo. Condenado al silencio por no pocos, elogiado por amigos cercanos, “fajeado” en las tertulias “pueteriles” (diría Juan Aburto), Pablo Antonio Cuadra fue el único crítico mayor que se ocupó del libro justificando la entrega pública “de unos versos que estaban almacenados por la timidez de un periodista que se hizo su propia proclama”.
Luego de eso, en la era de doña Violeta lo entrevisté para la radio sobre una acusación por “injurias y calumnias” promovida por Humberto Ortega. Ocurrió eso en Managua en la Navidad de 1993. Poeta, decía la entrevista, el escenario ha quedado escuálido, si hoy es Pablo Antonio Cuadra, mañana, ¿quién será? ¿a quién le corresponderá enfrentar el puñetazo de plomo del poder?, y respondió: “A otro nicaragüense que sea crítico, a todos, inclusive al campesino que ya comenzó a ser atacado”. Y concluyó con una sentencia: “Todo juicio contra la libertad condena a sus verdugos”.
El autor es periodista.