¿Flotará el córdoba?

Néstor Avendaño Así como el pensamiento tributario del FFMI se basa en el principio de la neutralidad, o sea en el cobro de los impuestos sin que el Estado otorgue beneficios y exoneraciones tributarias para evitar distorsiones en los precios relativos, su pensamiento cambiario se fundamenta en la flotación del precio del dólar resultante de […]

Néstor Avendaño

Así como el pensamiento tributario del FFMI se basa en el principio de la neutralidad, o sea en el cobro de los impuestos sin que el Estado otorgue beneficios y exoneraciones tributarias para evitar distorsiones en los precios relativos, su pensamiento cambiario se fundamenta en la flotación del precio del dólar resultante de la acción espontánea del mercado.

Después de tener un régimen de tipo de cambio fijo por 62 años consecutivos, el 10 de enero de 1993 se estableció en Nicaragua un régimen de tipo de cambio que se deslizaba 5 por ciento anual, y se elevó a 12 por ciento anual el 10 de noviembre de ese mismo año. Seis años y siete meses después, el 19 de agosto de 1999, en un memorando de políticas financieras y económicas enviado por el Gobierno de Nicaragua al directorio del FMI se leía que “… el Gobierno ha decidido reducir la tasa de deslizamiento cambiario con respecto al dólar e introducir una banda cambiaria. Esto ayudará a mantener la reducción de la inflación y facilitará el primer paso hacia un sistema más flexible de determinación de mercado del tipo de cambio”.

Casi un mes antes de la publicación de ese memorando, el 11 de julio de 1999, día en que celebran al Partido Liberal, la administración del Banco Central de ese entonces redujo la tasa anual de deslizamiento del 12 por ciento al 9 por ciento y volvió a reducirla a 6 por ciento el 1 de noviembre del mismo año. Así, el Gobierno se encaminaba rápidamente a eliminar el deslizamiento cambiario, pero no pudo establecer la banda cambiaria, que albergaría al tipo de cambio flotante, programada para inicios de 2000 debido al creciente déficit fiscal.

Los nicaragüenses no debemos esperar un tipo de cambio fijo cuando el Gobierno elimine definitivamente el deslizamiento cambiario, porque su efecto, al permanecer fijo el precio del dólar, sería la acelerada reducción de las reservas internacionales de la banca central, que han sido construidas con una deuda externa concesional y una deuda interna onerosa. Lo que debemos esperar es un régimen de tipo de cambio flotante, acorde con el pensamiento fondomonetarista.

El tipo de cambio flotante funciona bien cuando el comercio exterior pesa poco en la economía, pero en 2003 Nicaragua exportó en bienes y servicios el 25 por ciento de lo que produjo e importó bienes y servicios en un monto equivalente al 42 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB): sin Cafta, la apertura de la economía nicaragüense ya es muy grande, al representar casi el 70 por ciento del PIB. Éste es un punto adverso a la flotación del córdoba.

El tipo de cambio flotante también funciona bien cuando existe una cantidad suficiente de dólares en el mercado. Independientemente del flujo “efectivo” anual de cooperación internacional que ingresa al país (US$300 millones sin incluir la ayuda contable de la reducción del saldo y del servicio de la deuda externa), en la actualidad las remesas familiares y la inversión extranjera directa aportan aproximadamente US$950 millones anuales. Esto es un punto a favor de la flotación de la moneda local. Además, a finales de 2003, el 63 por ciento de los depósitos del público no bancario en el Sistema Financiero Nacional se ha realizado con el billete verde y se garantiza la libre convertibilidad de córdobas por dólares.

El tipo de cambio flotante también funciona bien cuando hay un estricto control sobre el déficit del sector público. Esto no es un obstáculo en Nicaragua, porque dicho déficit es igual a casi el 9 por ciento del PIB en 2003, es financiado plenamente con recursos facilitados por la comunidad internacional y, además, la actual administración pública tiene que eliminarlo para culminar el prolongado ajuste económico que se observa en nuestro país desde 1988.

Para 2004, el Gobierno anunció la reducción de apenas un punto porcentual de la tasa anual de deslizamiento del tipo de cambio. O sea, la tasa de devaluación nominal anual disminuirá de 6 a 5 por ciento; en otras palabras, el deterioro del córdoba para los consumidores será menor en 2004. Es una reducción demasiado tímida al ser comparada con el exitoso ajuste económico de 2003 pregonado por el FMI y los servidores públicos.

Sin embargo, para determinar el punto de partida del tipo de cambio flotante, el Banco Central tiene que realizar dos ajustes previos y necesarios. Primero, minimizar la expansión de la base monetaria, mejor dicho de la emisión de dinero, mediante la reducción drástica del déficit fiscal —se espera que para 2005 sea cercano al 1 por ciento del PIB antes del registro de las donaciones externas— y de las pérdidas del mismo banco causadas por el pago de intereses y mantenimiento de valor de sus títulos valores, especialmente Certificados Negociables de Inversión (CENI) y Títulos Especiales de Inversión (TEI).

Segundo, maximizar el crecimiento de las reservas internacionales, pero se observa una gran vulnerabilidad en la posición de dichas reservas cuando, aún excluyendo la emisión de CENI por las quiebras bancarias fraudulentas, la actual deuda interna de corto plazo de la banca central por emisión de títulos valores representa el 120 por ciento de sus reservas internacionales netas.

La flotación del córdoba, por supuesto, será sucia porque la banca central tendrá que intervenir contra las especulaciones en el mercado cambiario, vendiendo dólares y disminuyendo la cantidad de córdobas en el mercado cuando el tipo de cambio se saliera por el límite superior de la banda, o comprando dólares y aumentando la cantidad de córdobas si el tipo de cambio se saliera por el límite inferior de la banda.

Con este régimen, el ancla de los precios en el mercado serían los saldos de la base monetaria y de las reservas internacionales netas de la banca central, pero todo esto supone una total autonomía de la autoridad monetaria. La cláusula de mantenimiento de valor no tendría razón de ser y habría una mayor protección de la posición de las reservas netas oficiales, que en la actualidad son sostenidas principalmente con el encaje sobre los depósitos en dólares del público no bancario en el Sistema Financiero Nacional.

Desde el Río Bravo hasta la Patagonia, las monedas no han flotado sino que se han desplomado. Así le ha pasado a las monedas de México, Brasil y Argentina. Sólo las monedas fuertes, el dólar, el euro, el yen, flotan. Y nuestro córdoba, afectado por la cuarta hiperinflación mundial del siglo XX, ¿podrá flotar? Con este antecedente, y de cara al Cafta, la otra y única alternativa, por supuesto, es la dolarización oficial de la economía.

El autor es economista.