Una verdad a gritos

Marco A. Cajina Si pudiera escribir me atrevería a parodiar con el título de La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira y su abuela desalmada y titular La increíble y triste historia de la Cándida Nicaragua y sus hijos desalmados, con nada mejor que los tragos y sonrisas de las fotos que nos […]

Marco A. Cajina

Si pudiera escribir me atrevería a parodiar con el título de La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira y su abuela desalmada y titular La increíble y triste historia de la Cándida Nicaragua y sus hijos desalmados, con nada mejor que los tragos y sonrisas de las fotos que nos hacen recordar al mejor estilo de los tiempos de aquél que llamaron Sonrisal. Y medito recordando a Quincho Barrilete, el héroe infantil de mi ciudad por el que viven todos los chavalos de mi tierra, ejemplo vivo de pobreza y dignidad. Hoy hay más Quinchos que ayer, que antier, y no se marchan muy felices mirando al sol sino que enfrentan en las calles su cruda realidad.

Y callamos y nos damos a la indiferencia, no la del romanticismo de la Navidad, sino a la del dolor de tantos y tantos en las calles. Mujeres, campesinos, vivanderas, niñas de la calle, ancianos, discapacitados, retirados y una gran cola de desempleados en pobreza y supervivencia. Allí está la Cándida Martínez, ya dejó de ser chavala, tiene una charpa de hijos y pronto será abuela y al igual que María Rural va cargando su pena en su vientre de arcilla y tierra, con lágrimas de barro, mientras Arnoldo desde un afiche ríe en el taquezal.

La celebración a Gaspar, el misionero que araba sobre el mar, fue la cosecha del fruto sembrado en el mismo mar. Nicaragua sigue arando en el mar y cuando aprueben la HIPC, entregarla a los patrones de la deuda interna de CENIS y repartirla en salarios, como en los primeros de enero, por la sombra del camino van los indios hacia el pueblo, van bajando la montaña porque es primero de enero. Llevan gallinas al cura por milagros venideros, o a rogar porque este invierno llueva mucho en el potrero. Qué figura tan reveladora la de los nuevos patrones, siguen dándose golpes en el pecho y ya no tienen cuero sino coraza de hierro.

Las fiestas llegaron y en un pesebre de Palacagüina ha vuelto a nacer el Cristo constructor del pensamiento. ¿Dónde, cuándo, cómo? Me despierto y estoy soñando. Las fiestas y la algarabía de la Navidad y el Año Nuevo nos llevan a dejar por un momento a un lado la realidad. ¿La de las diarias mentiras o la de las mayorías? Ni yo mismo me lo creo.

Me vuelvo a dormir. De repente me encuentro a las faldas de una montaña de luz, de círculos concéntricos de transparencia y energía de luz blanca. Me acerco y sale a mi encuentro una joven que me invita a entrar y llegar a la cima. Entramos por el centro de la montaña y me detiene en círculos conocidos. En el primero sobresalen Emiliano y Adolfo, están verdes de tanto forjar y en la entrada se lee: “Aquí yacen los que quisieron y nunca fueron”. El siguiente círculo donde llegamos está decorado en rojo y refulge fuego. Veo a los tres Somoza vestidos de negro, llevan luto toda una eternidad; allí veo a José María y a Juan Bautista. Me preguntan cuánto bien están haciendo Arnoldo y Enrique. Me asusto porque sus manos queman y les pido llamar a los Tacho y a Luis para conversar. Juntos y luego de un poema del poeta Cardenal les pido una opinión: “¿Podremos salvar a Nicaragua?” Tachito pide permiso por Benjamín y contesta: “Yo les dije que vendrían a pedirme de rodillas mi regreso”. Pobre hombre —digo yo—, murió engañado.

Le pido a la joven continuar y me lleva más arriba de la montaña y me detiene a la entrada de lo que ella llama la Galera de los Héroes y Mártires. A la entrada hay un mural con una leyenda: “Que no entre aquí quien no tiene mística o no es soñador”. De repente me parece estar en la Academia de Aristóteles, llena de peripatéticos. Carlos, Ricardo, Germán y otros caminan uno al lado del otro en francos diálogos revolucionarios, trazan planes para Nicaragua cuando sea libre y vuelva a ser república. Las Mujeres del Cúa no lloran y Arlen junto a su zenzontle lleva de la mano a Luis Alfonso. Siento y recuerdo que es Navidad y un Año Nuevo vendrá.

Se me acaba el tiempo y no podré llegar a la cima. Pregunto ¿qué hay allí, quiénes reciben a los visitantes como yo o es que acaso que me he convertido en un espíritu chocarrero como los que abundan en la diáspora en busca de huesos y jamones de la Cándida Nicaragua? No —contesta la joven—, no eres chocarrero y los Maestros te trajeron a clarearte.

Subimos hasta llegar a la cima y mi sorpresa es tanta porque estoy solo en el centro del círculo y alrededor, como radios, los Maestros. Allí están Hegel y Feuerbach, Marx y Engels, Lock y Weber, Marañón y Ortega y Gasset, Heráclito y Parménides, Sócrates, Platón, Tomás de Aquino, Erasmo, Kant, Renán, Martí, Bolívar, y Sandino entre otros. ¡Whooa! La flor y nata del pensamiento, el Demiurgo y el mundo bipolar.

Se me acerca Hegel y me dice que el mensaje está escrito en la piedra de la montaña y basta interpretarlo como si leyéramos El Apocalipsis de Juan o como José interpretaba los sueños del Faraón con las espigas y las vacas, gordas y flacas. Pero, han pasado más de siete años y no llega la abundancia. Cierto, porque “no todo lo real es verdadero, ni todo lo verdadero es real”. Quiero leer el mensaje, pero me detiene Ortega y Gasset para decirme: “No hay razón para escuchar sino que para juzgar, pronunciarse y decidir. No hay asunto público en el que no intervenga esta masa, ciega y sorda a como es, sin que imponga sus opiniones”. Esto me hace pensar sobre la necesidad de parar la venta de indulgencias, remover los fantasmas y rituales de exorcismo y demandar la verdad, lo real. Estoy como atrapado por un cierto relativismo cognitivo y pido hablar con Sandino. General, ¿qué criterios de verdad y patrones de racionalidad necesita Nicaragua? —Pasará lo siguiente —decía— los oprimidos romperán las cadenas de la humillación… Las trompetas que se oirán serán los clarines de guerra, entonando los himnos de libertad de los oprimidos contra las injusticias de los opresores.

Me despierto, levanto y vuelvo a mi rutina normal. Sólo me queda la esperanza y la confianza en que después de esta Navidad, cuando los que no sueñan sigan en su cruda realidad como los Quincho de mi pueblo, nosotros dejemos de soñar y pensemos en dar a la Cándida Nicaragua lo que se merece. Hoy hay más Quincho Barrilete en la calle que nunca. Para los que puedan, tengan unas fiestas con paz, llenas de gozo y un próspero año 2004.