Las Damas de Fraternidad

Ana Carolina Barquero Urroz Hace algún tiempo en este mismo periódico leí un precioso artículo acerca de Fraternidad Internacional de Hombres de Negocios del Evangelio Completo, sin embargo, el mismo abarcaba de manera muy ambigua que también existimos las Damas de Fraternidad Internacional de Hombres de Negocios del Evangelio completo. Quizás se preguntarán por qué […]

Ana Carolina Barquero Urroz

Hace algún tiempo en este mismo periódico leí un precioso artículo acerca de Fraternidad Internacional de Hombres de Negocios del Evangelio Completo, sin embargo, el mismo abarcaba de manera muy ambigua que también existimos las Damas de Fraternidad Internacional de Hombres de Negocios del Evangelio completo.

Quizás se preguntarán por qué damas si el nombre es “…de Hombres del Evangelio Completo”. Pues bien, nosotras nos desprendemos de los hombres, fuimos creadas sabiamente por nuestro Dios como una ayuda idónea de los hombres y por eso no podemos estar excluidas de dicho ministerio. Las damas también nos reunimos en lugares neutrales, una vez a la semana, en desayunos, almuerzos y cenas que van desde lunes hasta sábados, somos de diversas religiones y cada una conservamos la nuestra, en la que nacimos y nos criaron nuestros padres y tenemos la misma visión de los hombres empresarios y no empresarios, nuestro principal negocio también es hablar de Jesús.

En los últimos meses, para cerrar el año y recibir el año nuevo, he visto con asombro y alegría cuántas mujeres hemos entregado nuestros planes, sueños y temores a nuestro Dios y cuántas hemos recibido —sin excepción— respuestas a nuestras peticiones, escribimos sin dudar en nuestras tarjetas de petición, que llamamos “Fax celestial o Tarjeta de oración”, lo que para nosotros es prácticamente imposible, escribimos lo que necesitamos a corto y a largo plazo y hasta hoy ninguna de nosotras, las hijas de Dios, nos hemos quedado sin respuesta, tenemos la plena convicción de lo que dice su palabra y que leemos al pie de nuestras tarjetas “y ésta es la confianza que tenemos en Él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad Él nos oye. Y si sabemos que Él nos oye, en cualquier cosa que pidamos sabemos que tenemos lo que hayamos pedido… 1ª. de Juan 5: 14-15”.

Mi familia conoce mi testimonio, mi mami asiste conmigo a mi capítulo y fue tan bonito cuando mis amigas (que aún no pertenecen a Fraternidad) me acompañaron un día al Capítulo de Pizza Hut (Metrocentro) donde yo compartiría testimonio. Ese día ellas conocieron mi vida, éxitos y fracasos por igual, mis ilusiones y desilusiones, lo que yo era y lo que ahora soy, y sentí ese gozo que sólo Dios ha podido darle a mi existencia cuando Elí me dijo: “Qué bonito que hablas de todo lo bueno y lo malo, como si estuvieras hablando con una de nosotras”.

Esa confianza y alegría, sólo la he encontrado en Dios, asistiendo a los Capítulos de Fraternidad, donde no nos censuramos y compartimos los días buenos, malos y regulares. Me encantó saber que para mi familia y mis amigas sigo siendo yo y no alguien que sufrió una transformación que da miedo.

Un día reciente alguien me preguntó: ¿Por qué vas a Fraternidad? ¿Para no sentirte sola, si estás joven? Pude responder que nada ha sucedido en mi vida que sea mejor que saber que ya no estoy sola. Dios me acompaña todos los días desde que abro los ojos, él es quien conoce mis planes, sueños y dudas: mis problemas a Él se los entrego y Él sabe que es lo mejor para mí, cuando es día de paseo tengo la certeza que Él está de paseo conmigo. Cuando estoy en la oficina y mi jefe me encomienda una tarea fácil o difícil, de cualquier medida, sé que Él está conmigo indicándome qué hacer, y cuando cometo un error me ha dado la humildad, fortaleza y paz para aceptarlo, y ser esta vez —no por los demás si no por mí— cada día con su ayuda un poquito mejor.

He aprendido que la buena suerte no existe, que lo que existe son las bendiciones y depende de cada uno de nosotros si las recibimos y nos disponemos a emplearlas para bien o las dejamos ir, creyendo que por nuestros méritos conseguiremos algo mejor.

Tengo muchas amigas y amigos. En algún momento estuve segura que amigas y amigos eran sólo de los tiempos de gloria; hoy tengo de ambos sexos, de todas las edades y de todas las profesiones, y de todos aprendo algo, de los más grandes que yo y de los menores. Hoy con seguridad puedo hacer mío aquel pasaje que leí un día y decírselo a mi Dios como lo hago siempre: “…Señor, todavía no soy lo que quiero ser, pero gracias por no ser lo que era…”

La autora es abogada.

×