El polifacético doctor Guido - La Prensa



El polifacético doctor Guido

Jorge Eduardo Arellano El doctor Clemente Guido (La Jagüita, Managua, 20-II-1930) convoca en su personalidad, al menos, cuatro facetas. Primero: la de médico especializado en obstetricia y cáncer ginecológico en Brasil. En efecto, durante más de treinta años fue jefe del Servicio de Oncología en Managua y publicó —aparte de Dismenorrea (1958), su tesis de […]

04/01/2004

Jorge Eduardo Arellano

El doctor Clemente Guido (La Jagüita, Managua, 20-II-1930) convoca en su personalidad, al menos, cuatro facetas. Primero: la de médico especializado en obstetricia y cáncer ginecológico en Brasil. En efecto, durante más de treinta años fue jefe del Servicio de Oncología en Managua y publicó —aparte de Dismenorrea (1958), su tesis de grado en la UNAN— diecisiete trabajos sobre el tema en revistas científicas del extranjero, algunos traducidos al inglés. Además, fue uno de los fundadores de la Casa del Médico y presidente de la Sociedad de Ginecología y Obstetricia.

En segundo lugar, destaca su opositora militancia al sistema dictatorial del somozato como miembro afiliado al Partido Conservador pero con manifiestas posiciones de avanzada. De esta experiencia dan testimonio sus Noches de tortura (1963), que alcanzó tres ediciones: Los principios conservadores actualizados/ Pluralismo político y sistemas electorales (1978), Ideas políticas de un conservador demócrata (1980) y Conservatismo en marcha (1982). Dos años después sería candidato presidencial por el Partido Conservador Demócrata.

Una tercera faceta que lo distingue es la de narrador. Aparentemente marginal, no complementa las anteriores: más bien lo definen mejor y realizan. Dos libros de cuentos: Prosa roja (1965) y Escucha Cristo (1970), otro de relatos para niños: Papito, contame un cuento (1996), más cinco novelas lo acreditan como un fabulador sostenido. Así lo demuestran las tres ediciones de su más leída: El pájaro del dulce encanto (1974, 1975, 1978) que se tradujo al polaco y, parcialmente, al portugués; El Chipote (1979), una apología del Guerrillero de América desde la mitología náhuatl y El sueño del tío Billy (1999). Otras dos obras narrativas, menos logradas, fueron las novelas cortas Lodo sangriento y Sangre y fuego, ambas editadas en 2001, aunque originalmente concluidas la primera en 1948 y la segunda en 1950.

La guerra civil de 1854 es el contexto histórico que vincula este par de primicias. Pero su mejor obra es El sueño del tío Billy, a la que dedicaré los párrafos siguientes, no sin antes reconocer en su autor un auténtico ciudadano, un profesional honesto y un escritor nato y de garra; en fin, un inclaudicable struggleforlífero (“luchador por la vida”), como diría nuestro Rubén. Por distancia generacional no le traté a fondo, pero siempre me admiró la concentración y conciliación en su persona de esas tres vocaciones y de una más: la deportiva. El doctor Guido, como nadie, disponía sabiamente de su tiempo para practicar la natación, el judo y el ajedrez, sobresaliendo en esta actividad mental al dejarnos un libro curioso: Antología de aperturas del ajedrez nicaragüense.

Pasando a su novela El sueño del tío Billy, no es sino una extensa narración —amena, sencilla e integral— de la Guerra Nacional Centroamericana, período cuya ficcionalización inició Hebert Hayens hacia 1880 con la obra Under the alone star (Bajo la estrella solitaria) y prosiguió Henry Clinton Parkhurst entre 1909 y 1910. Pero ambas obras —la novela de Hayens y las crónicas de Parkhurst— están concebidas desde la perspectiva estadounidense, o sea: manifiestan su admiración por la aventura walkerista. Por lo contrario, la novela más reciente que antecede a la de Clemente Guido se titula Epitafio para un filibustero (Caracas, Editorial Pomaire, 1989) y su autor, el venezolano Nicomedes Zuloaga Pocaterra, la condena desde el punto de vista latinoamericano.

El sueño del tío Billy (título desacertado, pues “tío Billy” llamaban a Walker, cariñosamente, sus hombres; y Guido no adopta al punto de vista de ellos, sino que cuenta su versión desde la perspectiva “nica”) carece de ese tono. Es más objetivo y escrita en tercera persona. El doctor Guido no altera ni distorsiona los hechos históricos, sino que se sustenta en ellos para desarrollar su ficción, para entrelazar los personajes históricos y los inventados. Y no está exenta de humor, expresado en la incorporación de simpáticos y numerosos personajes, no todos ficticios, como los Bisturices Armónicos que luchan en las tropas nacionales, a las cuales entretienen con su música. Así, ese famoso trío contemporáneo de músicos y colegas médicos es fraternalmente homenajeado por el doctor Guido, cuyo humor lo expresa también en el uso del “lenguaje beisbolero”.

La novela El sueño del tío Billy es disfrutable desde su primera línea (“Los ojos de aquel jinete eran amarillos como los de una tigre”) hasta la última (“Era el 12 de septiembre de 1860”), cuando Walker es fusilado oyendo la orden de fuego emitida por un niño: su hijo con la Niña Irene O’Haran. Al doctor Clemente Guido no se le escapa ningún hecho importante de la guerra civil de 1854 y de la Guerra Nacional; está muy bien documentado y asimila, al mismo tiempo la tradición oral. Pero su aporte imaginativo es, asimismo, valioso. Sus capítulos, cortos, mantienen la atención y tienen tal estructura que pueden servir de base a escenas de un guión de cine. Del guión de la película nicaragüense sobre Walker y sus secuaces y, naturalmente, de la resistencia patriótica de los nicaragüenses y centroamericanos. Mas éste no es un sueño del tío Billy, sino nuestro.

El autor es secretario de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua.

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