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El pañuelo de la discordia

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El pañuelo de la discordia





El martes de esta semana la Asamblea Nacional de Francia aprobó en primera instancia una ley propuesta por el presidente Jacques Chirac para prohibir el uso del pañuelo musulmán (el que se ponen en la cabeza las mujeres de esa religión) en las escuelas públicas.

Según la información que publicó LA PRENSA el miércoles 11 de febrero: “La prohibición abarcará a lo kipás (gorritos judíos) y a los crucifijos de gran tamaño, al igual que los velos que usan las mujeres musulmanas para cubrirse la cabeza”. Y aclara que dicha ley no se aplicará en escuelas privadas ni en los centros escolares franceses en otros países, pues el propósito es garantizar la laicidad del Estado y la educación pública en Francia.

Precisamente por eso es que el Primer Ministro francés, Jean Pierre Raffarin, declaró que “la República y el secularismo se han fortalecido”, con la aprobación de la mencionada ley, la cual es considerada por el Gobierno como “necesaria a fin de proteger las tradiciones seculares de Francia y para prevenir el creciente islamismo radical”.

En realidad, éste es un problema nuevo. Hasta hace poco a nadie se le hubiera ocurrido exhibir símbolos religiosos en las escuelas públicas de Francia; y, como se ha comentado en la prensa francesa, en París no había ninguna muchacha de padres musulmanes que se tapara con velo o pañuelo sus cabellos, por motivos religiosos. Los inmigrantes de los países islámicos siempre se ajustaron a la regla de conducta no escrita pero siempre respetada de que: “al país adonde fueres, haz lo que vieres”. Lo cual quiere decir que es necesario adaptarse no sólo a las leyes sino también a la cultura del país escogido como nueva o segunda patria y país de residencia permanente.

Sin embargo, en los últimos tiempos se ha desarrollado en Europa, particularmente entre inmigrantes y en general personas de cultura y religión musulmana, un fuerte movimiento de carácter político y social a favor del respeto al derecho de los inmigrantes a practicar como quieran sus ritos y costumbres.

En términos generales eso es legítimo, sin duda, pese a que en los estados musulmanes no se permite a nadie practicar en público sus propias costumbres y patrones culturales. Inclusive los diplomáticos y personas que permanecen temporalmente en territorios de los países islámicos tienen que someterse a las rígidas —para el modo de ser occidental— reglas religiosas y culturales musulmanas, salvo en algunos que se han abierto al Occidente, como Turquía, por ejemplo.

El problema es que en los últimos años ha crecido el llamado integrismo musulmán —en el mundo en general y en Europa Occidental en particular—, de manera que la intolerancia religiosa cunde cada vez más fuerte y muchos musulmanes fanáticos obligan a sus mujeres —esposas, hijas y otras parientes— a taparse la cabeza y en ciertos casos hasta el rostro, según algunos analistas para tenerlas sometidas y neutralizada.

Durante el acalorado debate nacional que ha habido en Francia alrededor de la ley para prohibir el uso de símbolos religiosos externos en las escuelas públicas, los medios de prensa franceses han publicado declaraciones de muchachas islámicas o pertenecientes a familias musulmanas quienes explican que se ponen el velo porque así los hombres las admiran y respetan. Lo cual es muy importante sobre todo en los barrios bajos de las grandes ciudades francesas, donde las mujeres son víctimas propiciatorias de la violencia masculina, inclusive violaciones colectivas y otros crímenes atroces, como el caso horrendo de una muchacha que fue asesinada —quemada viva— por su novio cuando ella le comunicó que no quería seguir teniendo relaciones amorosas con él.

Pero también muchas mujeres islámicas consideran que el velo forma parte esencial de su religión y exigen la libertad de usarlo donde sea. Esto a pesar de que algunos religiosos musulmanes no fundamentalistas sostienen que el velo es una costumbre, no una obligación islámica.

Como sea, la ley francesa fue aprobada en primera instancia por una abrumadora mayoría de votos (494-36) y se espera que el resultado de la votación en el Senado será parecido. Lo cual representa, sin duda, una derrota del fundamentalismo que está socavando y tratando de destruir las bases de la civilización occidental.

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