La versión de Urcuyo Maliaños

Extractos de sus memorias de 43 horas como Presidente de Nicaragua Johnny Cajina Guillén A las cinco de la tarde del 19 de julio de 1979, Francisco Urcuyo Maliaños, el recién nombrado Presidente de la República, convocó de urgencia a lo que quedaba del Estado Mayor de la Guardia Nacional, para entregar el poder. Pero […]

Francisco Urcuyo hijo, muestra el libro escrito por su padre.

  • Extractos de sus memorias de 43 horas como Presidente de Nicaragua

Johnny Cajina Guillén

A las cinco de la tarde del 19 de julio de 1979, Francisco Urcuyo Maliaños, el recién nombrado Presidente de la República, convocó de urgencia a lo que quedaba del Estado Mayor de la Guardia Nacional, para entregar el poder. Pero bastaron unas palabras para cambiar la historia.

“De pronto, el general (Federico) Mejía extrajo enérgicamente el papel de la máquina, se puso de pie… me miró fijamente a los ojos y dijo: Presidente, no estoy de acuerdo con este procedimiento. Llévese al exilio la Presidencia de Nicaragua”. Así describió el doctor Francisco Urcuyo Maliaños, uno de sus últimos episodios vividos en Nicaragua cuando se convirtió en el efímero mandatario de la Nación.

Urcuyo escribió durante sus primeras semanas de exilio en Guatemala, las memorias sobre las últimas 43 horas vividas en el búnker de Tiscapa, cuando prácticamente la dictadura de Anastasio Somoza Debayle había llegado a su fin. Hoy, 25 años después de aquellos acontecimientos, su hijo Francisco Urcuyo Muñoz, sale en su defensa, y basado en esas memorias, desmiente la visión particular de aquellos sucesos vertida recientemente a LA PRENSA por Luis Pallais Debayle, el último asesor del dictador.

LA VISPERA DE LA HUIDA

La noche del 16 de julio de 1979, el dictador Anastasio Somoza Debayle hizo una llamada telefónica desde su refugio del búnker hasta la vecina pirámide del Hotel Intercontinental, que alojaba en sus habitaciones a los miembros de su Gabinete, diputados y senadores, que aunque inquietos y nerviosos, permanecían fieles a su Gobierno. Allí estaba el presidente del Congreso, Francisco Urcuyo Maliaños y su familia.

“El presidente Somoza me insistió, ante la presencia del ingeniero Luis Pallais Debayle, que bajo ningún punto de vista aceptara ninguna clase de propuesta proveniente del señor (embajador estadounidense Lawrence) Pezullo, que implicara la entrega de la Presidencia a la Junta de Reconstrucción”, relata Urcuyo Maliaños.

Ese fue quizá uno de los últimos diálogos sostenidos con el todavía presidente Somoza, pocas horas antes de que éste renunciara oficialmente y abandonara el país. Cinco días antes, el 12 de julio, durante una reunión en el búnker, Somoza le habría dicho confidencialmente que estaba dispuesto a renunciar y “en su opinión, yo era la persona más indicada para sucederlo… No me dijo nada absolutamente, nada de arreglos definitivos con el señor Pezullo”, asegura.

UN DIA DESPUES

Un día después —el 13 de julio— Somoza se hizo acompañar de sus hombres más fuertes y lo presentó ante los diplomáticos estadounidenses. “Pezzullo me preguntó si estaba dispuesto a asumir la Presidencia. Yo le contesté que sí. Él me manifestó que hablaríamos después sobre la forma en que yo debería proceder para establecer la paz en la República… Pero jamás aludió al hecho de que tuviéramos que entregar el Gobierno a la Junta de Reconstrucción”, reitera. Uno de los presentes en ese encuentro fue Luis Pallais Debayle.

Esa fue la tónica en todos los encuentros ocurridos en las siguientes 48 horas. Supuestamente, ni Somoza ni los diplomáticos estadounidenses jamás dijeron una sola palabra sobre posibles relaciones con la Junta de Gobierno.

HORAS DE TENSION

La historia conocida sitúa a Urcuyo Maliaños a la una de la madrugada del 17 de julio de 1979 en el salón Rubén Darío del hotel Intercontinental. La renuncia irrevocable del dictador era leída al Congreso en la voz del senador Alceo Tablada Solís. Minutos más tarde Urcuyo era investido como nuevo Presidente Constitucional de la República, por votación unánime. En teoría él ocuparía hasta el primero de mayo de 1981, fecha en que expiraba la Presidencia de Somoza. Pero la historia fue distinta.

“Chico (Francisco), no te olvidés que debés negociar, negociar y negociar con Pezzullo, hasta que consigás hacer desaparecer de su mente a la Junta”, fueron parte de las últimas palabras de un conmovido general Somoza que minutos después se despedía de sus oficiales en el búnker.

Lo que siguió fue una serie de agrios encontronazos entre Urcuyo y “un irrespetuoso” Pezzullo, que iniciaron apenas cinco horas después de la huida del dictador. Entre otras instrucciones, el embajador le comunicó “que confiaba en que yo estaría dispuesto, según lo acordado por él y el general Somoza, a entregar el Gobierno ese mismo día, a las nueve de la mañana, a monseñor (Miguel) Obando y Bravo y a dos miembros de la Junta de Reconstrucción”.

“No tenía inconveniente en reunirme con Obando… pero de ninguna manera estaba dispuesto a entregar el poder. Si entre él (Pezzullo) y Somoza hubo alguna negociación o entendimiento… a mí me tenía absolutamente sin cuidado… Porque en ninguna de las reuniones previas me manifestaron nada al respecto… y porque en ese momento yo era el Presidente constitucional, y por consiguiente, era conmigo con quien había que negociar en adelante”.

No obstante, ante la inminente derrota informada por los propios mandos de la Guardia, Urcuyo decidió abandonar el país minutos después de la ocho de la noche del 19 de julio de 1979, a bordo del último de los tres aviones que la Fuerza Aérea Guatemalteca (FAG) envió para su evacuación.

“Si yo hubiera sabido, o siquiera sospechado, que existía un pacto escrito, en alguna de cuyas cláusulas se incluyera que yo debería entregar el Gobierno a la llamada Junta de Reconstrucción, jamás hubiera aceptado la Presidencia”, escribió el ex presidente.

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