Ana M. Chamorro de Holmann*
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Manos que dan nunca están vacías
Ana M. Chamorro de Holmann*
Indiana era bella, lo fue siempre, en todas las etapas y circunstancias de su vida: fue reina de belleza, novia de los clubs y en todos los salones de cualquier parte, ella sobresalía por su elegancia, belleza y encanto. Ella dejaba ver todos estos atributos fácilmente a la vista de todos, también ella fácilmente llegó a ser un símbolo de la maternidad al llegar a ser la madre de sus diez hijos, mereciéndose ese título de las que gastan sus vidas en las tareas sin brillo en el hogar: dando vida, dando amor, cuidando, educando, guiando, dando su sueño. Fue un símbolo de la unidad familiar. Ambos, ella junto a su esposo Julio con su ejemplo construyeron una familia ejemplar inculcándoles la fe en Dios, con una gran sensibilidad de valores de justicia social y de principios cristianos.
Ella, desde su silencio, se llenó de fortaleza ante el dolor del sacrificio de sus hijos aceptando la voluntad de Dios y mostrando el perdón para los que fueron responsables de esas muertes violentas. Bien fue escogida la lectura de El libro de los Proverbios en el día de su partida de este mundo en la Iglesia El Carmen: “La mujer ideal” en la que se ensalza a la mujer, la esposa, a la madre con palabras que parecieran dichas para ella: “Sus hijos se levantan y la llaman dichosa, su marido la elogia diciéndole: muchas mujeres han obrado maravillas pero tú las superas a todas. Engañosa es la gracia, vana la hermosura, la mujer que tiene la sabiduría, esa será alabada. Que puedan gozar el fruto de su trabajo y que por sus obras todos la celebren.
Ese día de su despedida al mundo, Indiana lucía bella con una imagen especial de candor, no era ni engañosa la gracia, ni vana su hermosura, vestía sencilla y austera el hábito del Carmelo; un velo le cubría su cabeza ocultando su hermoso cabello oscuro, una corona de rosas blancas de delicada seda ceñían su frente, una sonrisa tenue iluminaba su rostro, su traje sobrio como el que usan las Hermanas del Carmelo a quienes ella facilitó su venida a Nicaragua, traje que ella misma ordenara para lucirlo en su viaje al encuentro con el Señor.
Cuando su hija Carmen lo fue a traer al convento, al verlo estaba muy sorprendida y le comentó a la religiosa: “Mi mamá ha sido de trajes lujosos”, entonces la hermana le afirmó: “Este traje es de lujo, en él lleva las promesas de la salvación, las que se cumplirán llevando el escapulario de la Virgen, y yo le regalo esta corona con la que profesé mis votos; cada una de estas rosas, al llegar allá arriba, se convertirán en piedras preciosas, tantas como obras buenas y caridades que ha hecho”.
Indiana practicaba silenciosamente el don de la caridad, y esa era su belleza oculta que guardaba como un tesoro, pero alguien lo descubrió y lo marcó con el sello imperecedero en su última y santa morada: “Manos que dan nunca están vacías”.
Lo dice también el Apóstol Santiago: ¡Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto ¡Que el Señor la premie!
* La autora es su amiga