Hortensia Rivas Zeledón
El 17 de agosto pasado LA PRENSA publicó una información titulada: “Nicaragua reprobada en educación”, referida a un informe del programa de Promoción de la Reforma Educativa en América Latina y el Caribe (PREAL), en el que se dice que Panamá está en primer lugar, con una tasa de escolaridad del ciento por ciento, y Nicaragua en el último con el 80 por ciento; que mientras Costa Rica invierte 700 dólares por alumno de primaria, Nicaragua sólo invierte 83 dólares (similar a África Subsahariana)
Es lógico que Panamá y Costa Rica tengan esas cifras porque no desperdician el dinero del pueblo en militarismo. Panamá disolvió el Ejército después que el 21 de diciembre de 1989 fue invadido por Estados Unidos de Norteamérica y fue derrocado el narco dictador Manuel Noriega. Y Costa Rica hace más de cincuenta años que no tiene ejército y por eso ha podido aumentar considerablemente la inversión en educación y darle a ésta el lugar que le corresponde como principal factor de desarrollo.
Nicaragua, al finalizar el régimen sandinista quedó sumida en una profunda pobreza porque quienes asaltaron el poder el 19 de julio de 1979 eran unos depauperados ansiosos de salir de pobres y cambiar de estatus. Lo único que sabían era marxismo-leninismo y lucha armada y sólo desgracias trajeron, como la guerra civil que asoló al país en los años ochenta, la producción y la economía cayeron a niveles ínfimos, la deuda externa creció hasta el mil por ciento, la inflación se disparó y los billetes resellados en cifras de millones no valían nada, un dólar llegó a valer cinco mil córdobas, los sueldos no alcanzaban absolutamente para nada. Pero como siempre no todo es negro para todos, la nomenclatura sandinista disfrutaba de todo en abundancia, incluyendo los dólares.
En Nicaragua los militares siempre han sido ciudadanos de primera. Pero ahora tienen mayores ventajas porque son propietarios de bancos, financieras, ferreterías, constructoras, hospitales, clínicas previsionales, empresas de seguridad y cuanta actividad económica se pueda uno imaginar, y en todas ellas hacen competencia desleal a los demás empresarios.
Estos militares revolucionarios resultaron tan comerciantes como los barones rojos de Rusia. Manejan el presupuesto que se les asigna a su gusto y antojo, nadie sabe cuánto es el sueldo verdadero de ninguno de ellos. Tampoco se sabe cuántos son en realidad cinco o diez mil. Nada se puede saber porque están por encima de todo control y autoridad debido al poder de las armas. Ésta es otra de las herencias dañinas de la revolución sandinista.
La transición a la democracia en Nicaragua fue pactada. Por eso mismo ha sido difícil y dolorosa y hubo que pasar muchos tragos amargos, como aceptar la existencia del Ejército sandinista. Además, el primer gobierno democrático por el contubernio autorizó la apertura de la Academia Militar. Este gravísimo error impidió que el Ejército desapareciera por extinción, y le dejó al pueblo paupérrimo la onerosa carga de mantenerlo.
Nicaragua, que es casi menesteroso, no debería desperdiciar sus pocos centavos en militarismo, sino invertirlos en educación. Mientras haya que mantener un Ejército el país seguirá en el último peldaño en educación. Dios primero que no esté lejano el día en que desaparezca el Ejército y ya no hayan niños sin escuelas, para que no nos pase como en El planeta de los simios, donde Urko mantenía atemorizados a los humanos.
La autora es maestra de educación.