Violeta Otero Rosales
Llegamos a El Chipote en caravana de camiones, reunidos los frentes guerrilleros Norte, Sur e Interno, en medio de un caos “ordenado”. Eran los primeros días después del derrocamiento de la dictadura de Somoza y nadie sospechaba lo que seguía.
El 20 de julio fue la celebración en la plaza. Reunirnos allí era un evento simbólico de un sueño colectivo. No tuve fuerzas para ir. Eran demasiadas emociones y recuerdos, muy grande el dolor por los que no llegaron. “¡Nos vemos en la plaza!”, decíamos siempre que alguno se iba a otro frente o a otras misiones. Era alegría y duelo.
Pocos días después pasamos a la hacienda El Retiro. Recuerdo a los combatientes en la piscina del dictador. El agua no se miraba de tanta gente, hombres y mujeres que jugaban como niños y niñas (muchos lo eran). Otros tocaban un piano por primera vez, mientras una multitud metía sus manos para tocar una tecla, y reían. Era conmovedor atestiguar esas expresiones de alegría después de tantos días de guerra, de clandestinidad y de no saber si regresabas con vida. Quise hacer lo mismo, pero compartí esa euforia de otra forma: dormí un par de noches en la habitación de doña Hope de Somoza.
Amaneció. El desconcierto era grande. Recuerdo a Edén Pastora, a Álvaro Ferrey, a José Valdivia y a Javier Pichardo, sentados en unas gradas de la hacienda. Llegué a increparlos porque había tanto por hacer, que no concebía verlos sentados. Me tranquilizaron y me encargaron la difícil tarea de atender a los centenares de familiares que buscaban a sus hijos e hijas. Muchos de ellos habían muerto y yo lo sabía, de otros no tenía ni idea. Recuerdo las caras de los familiares de amigas y amigos, vecinos buscando a sus muchachos.
Llegó otro momento histórico. Una mañana cuya fecha ya no recuerdo con exactitud, nos mandaron a formación a todos los frentes guerrilleros. Edén se dirigió a la multitud formada en sus antiguas escuadras, pelotones y columnas para anunciar con autoridad: “¡Desde este momento quedan disueltos todos los frentes guerrilleros y pasamos a formar un solo Ejército!” Nos quedamos paralizados, viéndonos, era incómodo, no nos conocíamos, teníamos temores, desconfianzas, veníamos de distintos frentes y, aunque formalmente ya no existían tendencias políticas, cada frente tenía su origen y procedencia histórica.
Firmes y disciplinados escuchamos el siguiente anuncio: “Las mujeres salen de la formación”. Ahí sí surgió un murmullo de protesta, parecido a un retumbo y sobre todo de los varones. Nosotras nos quedamos mudas, no sabíamos si salir o quedarnos en las filas. Ésa fue la primera orden que se cumplió pero con reservas. Finalmente nos salimos. Lo que habíamos vivido ya era pasado, y ahora nos sentíamos excluidas, descalificadas por un casi “gracias por sus servicios, ahora váyanse”.
Después de muchas batallas y heroísmo, las mujeres (al menos la mayoría) fuimos ubicadas en posiciones administrativas. A mí me integraron a la Comisión Política, cuyo jefe en ese momento fue Denis Moncada Colindres. Todavía guardo un pedazo de papel rayado en el que me daba permiso para salir de la unidad. Salí del Ejército poco tiempo después. Rápidamente me enteré de que no quería ser militar, que fui a una guerra necesaria y que el objetivo se había cumplido. Ya no quería más guerra.
Han pasado muchos años. Atrás quedan tristes pero hermosos recuerdos, y el orgullo de tener un Ejército Nacional, formados sus fundamentos sobre la base de miles de hombres y mujeres que apostaron sus vidas y otros que la dieron.
¡Que nadie sea olvidado! Que la conmemoración de este 25 aniversario sea una oportunidad para los mandos del Ejército, sus oficiales y soldados, para recordar y conocer la historia de su institución, para reflexionar sobre lo andado, para reafirmar su deber de defender la soberanía nacional y continuar fortaleciendo su institucionalidad.
Honor y gloria a la heroica juventud de Nicaragua, a la de ayer y a los que continúan honrando a la nación, artífices de estos 25 años.
La autora fue combatiente sandinista.