LA DICTADURA NO PUEDE OCULTAR LA VERDAD

Hoy se cumplen

14
días

desde que nuestras instalaciones fueron tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann fue detenido.

con las instalaciones tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann detenido.

Avanzar por el volcán Maderas, situado en la isla de Ometepe, en busca de dos turistas extraviados, no es cosa fácil. Hay que saltar piedras enormes, caminar mucho sobre sendas inclinadas y fangosas, y luchar por no caer o resbalar en un abismo.

En busca de un milagro

Un grupo de 22 hombres avanzó todo un día sobre las selvas húmedas del volcán Maderas en busca de dos turistas perdidos, un norteamericano y un británico. Tras mucho esfuerzo, la noche llegó fría y los turistas no aparecieron José Adán Silva Los machetes van brillantes del filo. Las botas de hule, o en su […]

  • Un grupo de 22 hombres avanzó todo un día sobre las selvas húmedas del volcán Maderas en busca de dos turistas perdidos, un norteamericano y un británico. Tras mucho esfuerzo, la noche llegó fría y los turistas no aparecieron

José Adán Silva

Los machetes van brillantes del filo. Las botas de hule, o en su defecto las militares, van bien puestas, sin brillo de lustradas y más bien opacas con color de barro plomizo. Las mochilas cuelgan ligeras sobre las espaldas y guardan en su interior lo suficiente para sobrevivir ese día, la noche y el amanecer siguiente: agua, pan, caramelos, queso y café negro en botella.

Una frazada o un suéter va dentro de la mochila, envuelto en una bolsa de plástico, porque allá arriba, donde siempre hay una nube blanca, hace mucho frío incluso al mediodía. Distribuidas en otras bolsas, en otras mochilas, van cajas de cerillos, bolsas con sal, limones, alcohol, pastillas para el dolor y la diarrea, y kerosén. Todo está en orden, todos están listos.

Son 22 hombres en total. Cuatro de ellos son mayores de 35 años, y el resto son más jóvenes, entre 16 y 30 años. Hombres de campo, de hablar sencillo y cuerpos flacos, manos callosas y pieles tostadas. Ninguno tiene trabajo fijo, todos son pescadores, cazadores y agricultores, que habitan desde siempre en las comunidades rurales enclavadas al pie del volcán Maderas, el coloso selvático que por miles de años los ha acompañado.

ORACIONES SOLIDARIAS

Son las nueve de la mañana. Hoy la misión no es traer un venado, buscar leña o cortar café, ahora la misión es buscar y traer de regreso a dos extranjeros: el norteamericano Jordan Alexander Ressler, de 23 años, y el inglés Nicholas L. Roth, de 28.

Ambos turistas desaparecieron desde el pasado 17 de noviembre cuando subieron al volcán Maderas sin un guía que les orientara sobre los riesgos de escalar el coloso de 1,394 metros de altura y 25 kilómetros cuadrados de extensión selvática. Ahora nadie sabe de ellos y las posibilidades de encontrarlos con vida han descendido hasta llegar casi a cero.

“Vamos por el milagro”, dice Juan Martínez, líder comunal de la comarca San Pedro, quien durante sus más de 40 años ha recorrido el cerro de extremo a extremo. Antes de salir, y luego de revisar los pertrechos y provisiones, Juan llama a sus hombres, los forma en círculo alrededor suyo y les pide que oren.

Todos bajan las cabezas, se quitan gorras y sombreros, y con voz baja repiten las palabras de Juan: “Padre nuestro, danos fuerzas para encontrar a los dos hermanos perdidos, dales fuerza a sus espíritus, para que logren salir vivos de ahí y regresen a hacer felices a sus padres y familias…” Luego todos dicen amén, se persignan y uno tras otro, siguen a Juan, quien machete en mano avanza por la explanada rumbo al cerro. La búsqueda ha iniciado.

Al cabo de unos 25 minutos de andar sobre un camino pedregoso que termina donde la vegetación al pie del volcán comienza a volverse densa, Juan se detiene y pide a los que le siguen que se enumeren y que memoricen el número, por si alguien se pierde. Él era el número uno, y tras su voz, se fueron escuchando los demás: ¡Dos! ¡Tres! ¡Cuatro! Cinco! Hasta llegar al 22. Ahora avanzan, ligeros, serios, abriendo trochas a machetazos entre la vegetación. Van escalando y dejando “picadas”, señales a machete por donde pasan para que al regreso nadie se pierda.

El volcán es empinado y fangoso, hay serpientes venenosas y existen poquísimos árboles frutales. En la cúspide hay una laguna profunda, en sus laderas hay abismos de hasta 200 metros de profundidad y por la noche el frío baja hasta 10 grados, en medio de una espesa neblina que humedece todo.

DESTINO DE DIOS

El avance es pesado sobre el camino inclinado. La tierra es un barro negro y la vegetación llega de abajo, de arriba en forma de bejucos y de los lados. A lo lejos se oyen los gruñidos de los monos congo. Hay silencio en la zona, ellos no hablan, no pueden perder energías en esas cosas cuando faltan más de 20 horas de caminata. Algunos caen, y vuelven a levantarse. Otros les ayudan y les alientan a seguir: “Arriba cuñado, no se me afloje”.

Al llegar a un claro, una pequeña planicie, Juan se detiene y les regala unos minutos de descanso. Algunos comen algo, toman un poco de agua, fuman unos cigarros y bromean entre sí. Han caminado más de dos horas cuesta arriba, y todavía tienen fuerzas para eso y más.

Media hora después, Juan les da las orientaciones: “Allá arriba nos dividimos, buscamos señales y las rastreamos, y luego nos vemos en la loma. Van a buscar por el lado de Tichaná, explorar allá cerca de Ramón y avanzar peinando la zona hasta salir por Mérida”. Hoy los dos turistas llevan 13 días perdidos y más de 130 hombres, entre militares del Ejército, la Policía y exploradores locales los han buscado.

Juan y su gente, todos voluntarios y sin pago, no quieren oír de la recompensa de 5,000 dólares que los padres de los turistas ofrecieron a cambio de información. “Aquí somos cristianos, hombres solidarios, queremos hacer felices a dos familias y rescatar a dos jóvenes. Si el destino de Dios fue llevárselos, al menos intentaremos rescatar sus restos”, dice Juan.

NOCHE SIN NOTICIAS

Ahora da orientaciones. “Usted, don Mariano Mairena, que es el mejor explorador que existe en esta isla, vaya por allá y abra picada. Usted, Guillermo, llévese seis y avance sobre aquel abismo. Lleve mecate y cuídese. Ustedes quédense aquí y estén atentos a las huellas”.

Todos obedecen y se van, alegres y bromeando, a buscar rastros. Al rato regresa uno, don Mariano: “Allá por el borde el abismo hay una huella de zapato ligero, que tiene como tres días. Alguien quebró unas ramas y dejó una pisadas rumbo a la quebrada”.

Juan le da la orden que se lleve a Adrián, muchacho ligero, y que sigan las huellas hasta llegar a los farallones. Aquí se despiden porque la misión de don Mariano y Adrián es de unos cinco kilómetros cerro abajo.

Al rato regresan los que se fueron por el abismo y traen malas noticias: no hay pistas, no hay señales. A Juan no le gusta el informe. Son las tres de la tarde, la selva oculta ya el sol y la niebla que siempre está sobre la cúspide, empieza a llenar el aire de frío. “Avancemos hasta el cerro pelón y bajemos a San Ramón”, todos siguen, atravesando cascadas, subiendo sobre el fango, rondando abismos profundos y saltando piedras enormes.

A las dos horas los alcanzó Mariano y Adrián: las pisadas se perdieron en una quebrada y no se pudo rastrear más. Ahora están todos juntos, ya hay cansancio y el frío se siente. El viento sopla fuerte, hay frío y la niebla impide ver más allá de los 10 metros. Es hora de buscar un lugar donde acampar. Pronto anochecerá y el peligro es más intenso de noche. “Fumen, descansen, cocinen y duerman bien, que mañana seguiremos buscando. Hoy no tuvimos suerte. Tal vez mañana nos va mejor”.

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