Fernando Centeno Chiong
Aún están frescos los arpegios de Aída, el tintinear de los cocteles, el olor de las recién planchadas togas, o en otros casos las camisas blancas mangas largas y la modesta corbata negra, celebrando la conclusión de los estudios secundarios y que en nuestro sistema educativo se califica con el hermoso nombre de bachillerato.
Para miles de padres de familia, bachillerar a sus hijos, constituye un gran esfuerzo económico, pero más aún lo será si tienen la oportunidad de ingresarlos al privilegiado grupo de los universitarios y para lo cual es importante conocer los siguientes datos: de 100 estudiantes que ingresan al primer grado, sólo 29 terminan el sexto, y de un 23.2 por ciento que logran entrar a la secundaria sólo un 11.13 por ciento se bachillera. De éstos, un 6.67 por ciento llegan a la universidad y sólo el 2.46 por ciento, obtiene un título profesional, a pesar que en 1958 existía sólo una universidad, 5 carreras y 956 estudiantes y en el 2003, se contaba con 41 universidades, 400 carreras y más de 100 mil estudiantes.
El índice de deserción en las universidades en el 2003 fue de 31 por ciento en las privadas y 26 por ciento en las públicas, por causas que varían desde las económicas, hasta las académicas, siendo la pobreza, la principal, ya que del 79 por ciento de los estudiantes de escasos recursos que ingresan a primaria, sólo el 1.2 por ciento logran llegar a la universidad, y el 1 por ciento a educación técnica, lo que significa el poco acceso a la educación que tienen los que provienen de los hogares más pobres.
Como consecuencia de todo este drama, la tasa de escolaridad en nuestro país es la más baja de América Latina, con un 11.9 por ciento, mientras que Costa Rica tiene un 35 por ciento, Panamá 25 por ciento, y el promedio de América Latina, es de un 20 por ciento.
La educación superior en Nicaragua enfrenta grandes problemas que empiezan desde escuelas secundarias deficientes, altos déficit nutricional de los estudiantes, origen de familias numerosas, poca adaptación de la vida rural a la vida urbana y problemas familiares (madres solteras, machismo, etc.) agravado todo esto por una terrible situación económica, inestabilidad laboral, social y política que parece nunca terminar y que obstaculiza cualquier crecimiento cualitativo y cuantitativo que tanto necesitamos.
Además de todo este panorama, hay que agregar otro dilema para los nuevos bachilleres, como es la proliferación de carreras sin mucho futuro, las deficiencias en algunos centros de educación superior, la falta de controles en la calidad académica , y otros factores que inciden en que los egresados no tengan mucha oportunidad en un mercado laboral cada vez más exigente y competitivo.
Por eso es importante reflexionar en este momento sobre la selección de la carrera y el centro de educación, o bien preguntarse qué posibilidades económicas tendrá este estudiante para concluir sus estudios y no quedarse en el ejército de desertores que ven frustradas sus esperanzas de poder superar su precaria situación económica, habiendo tal vez perdido la oportunidad de decidir por una carrera técnica más corta, más barata y quizás hasta más productiva para el país.
De todas formas hay reconocer el esfuerzo de miles de padres y estudiantes por concluir esta etapa de estudios como es la secundaria, para decir con mucho énfasis ¡ Felicidades bachilleres! Pero… ¿ahora qué?
El autor es periodista, miembro del Consejo de Educrédito