Mauricio R. Peralta
La caravana compuesta por patrullas de policía, unidades de ambulancias y de bomberos, no estaría ahora completa si detrás de ella no se ubicaran los automóviles de algunos canales de televisión, de Nicaragua. “El cuadro no estaría rayado” sin las infaltables cámaras de televisión.
Por lo general las noticias que ocupan los primeros minutos de estos programas de televisión y que son utilizados como “ganchos” para competir por el codiciado “noticiero del primer lugar”, generalmente tienen que ver con macheteados, apuñalados, casas quemadas, pleitos entre familias, luchas vecinales, viejitos encontrados muertos en la soledad de su hogar, mujeres y hombres celosos que golpean a sus cónyuges, pleitos por peleas de perros y trifulcas que parecen pleito de perros y, ¿por qué no? un pleito vecinal que también incluyó a todos los perros del barrio.
Por ejemplo, así como vamos no será raro que en un futuro próximo, mientras la noticia que recorra el mundo entero sea la ansiada paz entre israelíes y palestinos, la noticia del momento en Nicaragua, sea: “La muerte de un caballo en La Chureca, provocada por el golpe recibido de un camión de basura de la Alcaldía de Managua”.
En días pasados, degustábamos los miembros de mi familia una rica carne asada en un conocido lugar de Managua, cuando vimos pasar la ya famosa caravana, oyendo la estridente mezcla de sirenas que la acompaña. Fue tanto el alboroto que se creó en aquel instante, que por un momento fuimos los únicos que permanecimos en nuestros asientos. Los demás comensales corrieron de inmediato a asomarse, curiosear o a pensar: ¿qué pasaría? ¿dónde pasaría? ¿entre quiénes pasaría? Y, ¿por qué pasaría?
Algunas personas no se aguantaron las ganas y abandonaron el suculento plato de gallo pinto, tajadas fritas y carne asada a medio comer, siguiendo a pie o en bicicleta la larga caravana que acababa de pasar.
Una señora justificó este proceder con el siguiente comentario: “Ve niñó, parece que está alegre por allá. ¿Por qué no nos vamos asomar?” Tendaladas de niños eufóricos pasaron también por la calle, rápidos y veloces por colocarse detrás de la periodista de turno procurando así, salir de nuevo o por primera vez, en la “tele”.
A los de la ambulancia, bomberos y policías también se les vio muy diligentes y emocionados en el cumplimiento de su deber. Tal vez por el mismo motivo: Salir de nuevo o por primera vez, en la “tele”.
Nosotros no nos movimos del lugar ya que sin lugar a dudas, al igual que muchas familias nicaragüenses veríamos horas después y en la comodidad de nuestro hogar, lo acontecido ese día, de nuevo o por primera vez, en la “tele”.
En esa ocasión la noticia pudo haber sido de este tipo: Un joven, “presuntamente” con problemas mentales, agarró a tubazos la casa de su madre en un ataque de ira y celos, ya que de nuevo se le había dado albergue a su padrastro, quien “presuntamente” lo maltrataba físicamente. No contentándose con esto, le prendió fuego a su humilde vivienda con el objetivo de hacer desaparecer a toda su familia y suicidarse después en el árbol de mango de la esquina de su casa, ya que no pudo hacerlo en la solera, por encontrarse en esos momentos en llamas, comiéndose al mismo tiempo una cantidad aún no especificada de la pastilla cura frijoles, mejor conocida como la pastilla del amor”.
Podría darse el caso, en esa ocasión, que a pesar de todo esto, el joven haya escapado sano y salvo de la justicia. Pero no tendríamos de qué preocuparnos, ya que “el show debe de continuar” y seguramente veríamos el desenlace final de todo lo ocurrido, en el noticiero del día siguiente.
¿Y hasta cuándo acabará o por lo menos no irá en aumento este frenesí por “informar del quehacer nacional”? Seguramente hasta que las cámaras de televisión se vuelvan hacia atrás, filmando lo que sucede en esta nueva dirección. Cambiando así los roles hasta ahora establecidos, de ver, oír y “hacer noticia” al ser vistos, oídos y “ser noticia”. Convirtiendo de esta manera, el lente de televisión, en la conciencia viva del que lo porta y dirige y no en el cómodo dedo acusador, que todos llevamos dentro.
El autor es economista y catedrático de la Universidad Thomas More