Alberto L. Alemán Aguirre
Desunidos, rencorosos, sin visión de región e incapaces de ponernos de acuerdo. Inconsecuentes. Hutus vs. Tutsis, como en Ruanda.
Ésa es la imagen que Centroamérica da en estos días, cuando se trata de definir una candidatura única para el puesto de Secretario General de la Organización de los Estados Americanos.
En noviembre pasado, los presidentes del istmo declararon que el candidato único de América Central sería el ex Presidente salvadoreño Francisco Flores.
Apenas pasaron unos días para que Honduras —ese díscolo miembro, uno de los más inconsecuentes con la integración— rompiera filas. Bajo la presión de la opinión pública, Ricardo Maduro manifestó que él no había apoyado a Flores, que éste no era “un candidato de consenso”. Poco después, los enemigos internos del ex mandatario, el FMLN, lanzaron un ataque frontal contra su campaña en la OEA, y hasta insinuaron actos de corrupción.
Costa Rica se echó para atrás y quiere que se aclaren las denuncias. Al menos, su postura es más comprensible, tras el vergonzoso episodio de Miguel Ángel Rodríguez, hoy en la cárcel y con un proceso por actos ilícitos.
Guatemala había sacrificado a un buen candidato, el ex jefe de la CEPAL, Gert Rosenthal. Nicaragua abandonó la candidatura de Ernesto Leal —bueno, nunca se supo de una activa búsqueda de votos por la diplomacia de Managua—.
Estos dos países y El Salvador, al menos oficialmente, continúan apoyando a Flores. Pero el ex mandatario despierta polémica y rechazo no solamente aquí; Hugo Chávez no parece quererle perdonar por su apoyo al efímero golpe del 2002.
Con su desaprobación, Honduras socavó los esfuerzos del salvadoreño. En el país vecino le acusan de retardar la demarcación de la frontera y de otros actos hostiles.
En El Salvador, la posición hondureña es vista como un ejemplo más de las actitudes anti-integracionistas de Tegucigalpa. ¿Antecedentes? La ratificación del Tratado Ramírez-López que cercena a Nicaragua 130 mil km cuadrados en el Caribe y la desobediencia con respecto a un fallo de la Corte Centroamericana de Justicia.
El último y más reciente de los obstáculos en el camino de Flores es la aspiración de México de ocupar el puesto, en la persona de su canciller Luis Ernesto Derbez.
Ningún país centroamericano puede compararse con México en influencia y recursos diplomáticos.
Estados Unidos, aunque no haya pronunciado su nombre, apoya a Flores, conocido por su cercanía a las políticas de Washington. Al menos por ahora, es difícil vislumbrar un cambio de posición, puesto que EE.UU. debe tener muy fresco el rechazo de México a la guerra en Irak, una política dirigida por el presidente Vicente Fox y su canciller, Derbez.
Sin embargo, dada la incapacidad centroamericana de escoger y aceptar un solo candidato, no es descartable que Washington cambie de opinión. De todos modos, la OEA no es un tema importante para la superpotencia, preocupada por asuntos de mayor urgencia.
Aunque en el momento oportuno la diplomacia nicaragüense manejó torpemente el tema del respaldo a Rodríguez, posteriormente, decidimos votar también por él, a pesar de que hubiésemos podido abstenernos.
Dimos un trago muy amargo en aras de la unidad regional y porque no podíamos hacer nada más.
La candidatura de Flores se ha desinflado en la práctica. Pero sería tonto alegrarse o entristecerse por esa razón.
Lo tristemente cómico es la ridícula, deplorable y dañina desunión de Centroamérica, cuyos presidentes no se cansan de ensalzar la famosa integración, o de brindar por ella en lujosos banquetes.
