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La Comunidad Suramericana

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La Comunidad Suramericana





Esta semana se celebró en Cusco, Perú, la III Cumbre de Presidentes de América del Sur en la que se firmó el acta de la Comunidad Suramericana, con cuya creación se pretende hacer avanzar de manera irreversible el proceso de integración regional.

El modelo es Europa. La Comunidad Suramericana pretende ser en el Nuevo Mundo lo que la Unión Europea es en el Viejo Continente: una sólida unión de países con régimen económico y monetario único, con una ciudadanía y comunidad política común en derredor de una misma Constitución, en armoniosa coexistencia de las soberanías nacionales con una estructura supranacional.

En la Comunidad Suramericana planean unirse los nueve países que forman hasta ahora los dos bloques regionales de integración: el Mercosur, del que forman parte Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay; y la Comunidad Andina de Naciones, en la que participan Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela, y a la que se incorporarán pronto Chile, Guyana y Surinam. Ciertamente, no sería cualquier cosa la unión de estos países suramericanos si se considera que juntos representarían el tercer más importante bloque de naciones en el mundo, Jcontrolarían el 30 por ciento de las reservas de agua del planeta, tendrían reservas de petróleo y gas para cubrir sus necesidades durante 100 años, formarían un mercado de 360 millones de personas y sus exportaciones pasarían de 180 mil millones de dólares anuales.

De manera que la Comunidad Suramericana podría hablar de tú a tú con las otras grandes aglomeraciones económicas y comerciales del mundo: Unión Europea; Estados Unidos, Canadá y México; Japón; y la renaciente China que es sin duda el país que mejor está aprovechando las oportunidades de la globalización, a pesar que su régimen político sigue siendo comunista.

En realidad, aunque conforme a la tradicional retórica hispanoamericana en el advenimiento de la Comunidad Suramericana se invoca a los próceres de la gloriosa primera mitad del siglo XIX (San Martín, O’Higgins, Bolívar, Sucre, Santander, etc.), el impulso a los procesos integracionistas no proviene de los sueños de los antiguos hombres héroes nacionales sino de la fuerza irresistible de la globalización. Lo que incentiva la integración suramericana es la creación de lo que sería el quinto mayor mercado a nivel mundial. Y precisamente por eso los firmantes del Acta del Cusco se comprometieron a que al llegar el año 2007 deberá estar liberado el noventa por ciento del comercio de los países de la región, y dentro de 15 años totalmente desgravado, o sea que todos los productos sudamericanos podrán circular sin trabas de ninguna clase por prácticamente toda América del Sur.

De modo que este nuevo e importante paso que se ha dado en dirección a crear la Comunidad Suramericana demuestra que a pesar de las fuertes resistencias que se hacen a la integración por razones ideológicas, nacionalistas y populistas, la fuerza atractiva de la globalización es irresistible.

La verdad es que la humanidad siempre ha estado dividida entre personas progresistas y reaccionarias. A un lado siempre han estado quienes ansían y promueven el progreso y el desarrollo, viendo hacia delante y abriendo ventanas de oportunidad; y enfrente los que por cualquier razón o motivo se resisten a los cambios, temen al progreso, viven de cara al pasado y se aferran desesperadamente a ideologías obsoletas y fracasadas.

Lo mismo está ocurriendo ahora, con motivo de la globalización, como se le llama al portentoso proceso de transformaciones globales que está ocurriendo en todo el mundo y del que ningún país puede —aunque quisiera— permanecer al margen. O sea que mientras algunos maldicen la globalización e inclusive se van a la calle a provocar asonadas, otros aprovechan las condiciones y oportunidades que ofrece la mundialización de la economía, del comercio, de las finanzas, de la tecnología y la información.

Y aunque para Centroamérica los modelos de integración como la Unión Europea y la Comunidad Suramericana parecieran ser un sueño imposible —sobre todo para Nicaragua que sigue prisionera de los políticos más atrasados del área—, su destino es también la globalización porque de ésta nadie puede escapar y lo mejor que se debe hacer es aprovechar sus múltiples ventajas.

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