Barbara C. Moore
La Declaración Universal de Derechos Humanos fue un documento revolucionario cuando fue aprobado por la Organización de Naciones Unidas en 1948. Lo sigue siendo hoy. Los estadounidenses se enorgullecen, con razón, del papel fundamental que desempeñó Eleanor Roosevelt en la redacción y promulgación del documento, aunque éste surge de la humanidad entera y a ella se debe. Al dirigirse a la Asamblea General de la ONU, Roosevelt predijo que el documento se convertiría en una Carta Magna internacional y así ha ocurrido en gran parte. Según un cálculo, las estipulaciones que figuran en las constituciones de noventa países se remontan a la Declaración Universal de Derechos Humanos. La Constitución de Nicaragua registra esta declaración como uno de los documentos que garantizan la igualdad y los derechos de todos los nicaragüenses.
Las palabras del preámbulo hacen eco alrededor del mundo en el 2004 con la misma fuerza que tuvieron inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, y merecen ser repetidas: “Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por fundamento el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana”.
Los redactores de la Declaración se inspiraron en los esfuerzos heroicos para reafirmar en el período de la posguerra la primacía de los derechos humanos y la dignidad de las personas. Mahatma Gandhi, quien guió el camino de la India para que se convirtiera en la democracia más grande del mundo, es un ejemplo claro de la universalidad del ideal democrático. El movimiento a la libertad que inició Gandhi y que completaron los hindúes terminó con la idea nociva de que la gobernabilidad democrática era un lujo que sólo podía disfrutar un puñado de países occidentales ricos.
Proteger la libertad y los derechos humanos es parte de lo que el presidente Bush ha denominado “las demandas no negociables de la humanidad”. La política exterior de Estados Unidos sigue anclada en nuestra convicción de que la democracia es para todos y que los derechos humanos son realmente inalienables. Nuestros ideales encuentran su expresión en políticas que buscan ampliar la democracia y proteger los derechos de las personas, como los define la Declaración Universal de Derechos Humanos. Recientemente hemos sumado fuerzas con nuestros aliados y amigos para ser fiel al cumplimiento de nuestra palabra. En Irak una coalición multinacional con tropas provenientes de más de 30 países se sumaron a Estados Unidos para llevar la libertad a un pueblo al que, durante demasiado tiempo, se le negaron incluso los elementos más básicos. Contamos con soldados nicaragüenses que removieron minas y municiones sin explotar y que brindaron servicios médicos a las fuerzas de la coalición y a civiles iraquíes. Los iraquíes perdurarán. Construirán su propia democracia. Consagrarán sus propios derechos humanos. Permaneciendo junto a ellos en la medida en que avanzan en esa dirección es un compromiso acorde con los valores estadounidenses y universales.
Eso mismo es cierto en Afganistán donde el esfuerzo de muchos países individuales, así como de las Naciones Unidas, culminó en elecciones nacionales exitosas. Como los iraquíes, los afganos no dan nada por sentado. Al haber sido privados de libertad durante tanto tiempo son cualquier cosa menos cínicos cuando se habla del poder y de las virtudes de la gobernabilidad democrática. En esa reciente elección un grupo de mujeres en Kandahar esperaba en línea para votar cuando estalló una bomba cerca del lugar. Agentes de seguridad aconsejaron a las mujeres que regresaran a sus casas, pero ellas se negaron a marcharse y votaron. Al igual que miles de compatriotas suyos esas mujeres afganas le insuflaban vida a las palabras de la Declaración Universal de Derechos Humanos.
Al reflexionar sobre la Declaración es útil recordar que tenemos más cosas en común que otras en que no estamos de acuerdo. El legado de las personas de todo el mundo que trabajaron en la ONU para redactar la Declaración Universal de Derechos Humanos no sólo sigue intacto, sino que continúa siendo esencial para todos. Y honramos ese legado no sólo una vez al año el 10 de diciembre, sino todos los días del año.
La autora es Embajadora de Estados Unidos en Nicaragua