Adolfo Bonilla
La aculturación existe desde tiempos inmemoriales. En el mundo de hoy casi ningún pueblo del planeta Tierra puede escaparse de la permanente avalancha cultural, lingüística, comercial, etc., propulsada por la ciencia y la tecnología que propende a globalizar todo; de ahí que ningún idioma es puro en esta época de la historia humana.
En este aspecto, la lengua castellana de por sí —desde un principio— se ha nutrido de vocablos y expresiones procedentes de otros lenguajes.
En la actualidad, la irrupción del idioma inglés en el español no sólo desfigura, sino que completamente destruye. Tiende inclusive a cambiar la sintaxis, la ortografía, la redacción, la estructura y a veces hasta la pronunciación. Lo más trágico es que es un proceso inevitable e indetenible.
No obstante, los filólogos, lingüistas, educadores, traductores, comunicadores sociales y similares deberían de poner más atención para al menos tratar de proteger, depurar y conservar la hermosura de la lengua iberoamericana con sus propias características originales y agregadas en el curso de los últimos siglos.
Por ejemplo, ahora —lamentablemente— existe la tendencia a utilizar la forma del diminutivo en inglés: Pequeña siesta, pequeña casa, pequeño pueblo, pequeño niño, cuando en español los términos son: siestecita, casita, pueblito, niñito.
Otro ejemplo es que como en inglés no existe el reflexivo como en castellano se traducen literalmente expresiones como las siguientes: varios temas fueron abordados, algo no dicho por él, no me fue informado, no ha sido firmado, deben ser pagadas, cuando castizamente sería: se abordaron varios temas, algo que él no dijo, no se me informó, no se ha firmado, deben pagarse o se deben pagar.
Otro craso error se comete cuando se dice golpeó su cabeza, me duele mi brazo, etc. Lo correcto sería: se golpeó la cabeza, me duele el brazo, ya que uno no puede golpearse la cabeza de nadie más que la suya propia y a mí no me puede doler el brazo de otra persona, sólo el mío propio. Empero, cosas así se dicen ahora con toda naturalidad, lo cual no es más que resultado de esa invasión que a toda hora y en toda forma nos llega del norte.
Todo esto lleva una alta carga cultural que va penetrando subrepticiamente en la población. De estos ejemplos sobran, pero no es necesario mencionar muchos porque cualquiera con mediana educación está consciente de esta realidad.
No es que algunas de estas expresiones sean incorrectas, sino que se están utilizando como única forma de escribir, lo cual además de denotar deficiencia en este arte trasluce la falta de garbo que va destruyendo la musicalidad y fluidez del idioma de Darío y Bonilla.
Sin embargo, estos hechos no deben obstar para que las personas e instituciones que tienen que ver con esta materia hagan todos los esfuerzos necesarios, tal vez no para detener pero al menos para encauzar este proceso con el fin de salvaguardar las particularidades propias del idioma de estas latitudes.
Todo idioma tiene sus propias peculiaridades y su propia belleza, que al trasponerlas a otro lenguaje pierde su armonía y preciosidad.
He ahí el reto histórico planteado para los implicados e interesados en preservar la nicaraguanidad, no sólo como lenguaje, sino que también para proteger sus intrínsecos rasgos culturales vernáculos.
El autor es traductor e intérprete simultáneo