Uriel Cuadra Argüello
En la capilla de Las Ánimas, del panteón general de Granada, miré el reloj del cielo y dije: “No es hora todavía de la partida del ‘jet’. El huracán del mas allá”, y regresé a un pequeño recorrido al interior de la perla fundada en 1524. ¿Qué se me había olvidado? Volví a desandar lo andado, y en ese lindo pasado encontré en el balcón de los recuerdos las bellas serenatas del ayer, acompañándose de los paisajes que brinda a la riqueza de los ojos los pintorescos cuadros multicolores de sus rectilíneas calles y originales construcciones de mi Sultana. ¡Qué lindo es vivir del ayer!
Recuerdo que el campanero de la Catedral, “Tarugo”, fue un personaje inolvidable. Le decían “bota muchacho”, por haberle entregado un paquete envuelto en periódicos en el que iba muerto un niño recién nacido. Dice que él lo ignoraba, y lo tiró en un arroyo. Las caudalosas aguas producto de un fuerte invierno lo arrastraron hasta el mar de agua dulce, Cocibolca, que jamás se cansa de besar las costas granadinas. El cuerpo del delito jamás se encontró. De ahí en adelante las campanas resonaban con fuerza mayor y sus altos decibeles resonaban en forma sonora endulzando el aire en las isletas. ¿Será la pena que impulsaba la fuerza de “Tarugo” en el redoblar sonoro? El tiempo llegó al olvido y la distancia se disolvió. Características de esos tiempos eran los numerosos personajes que llenaron la historia del entonces. No sé por qué iban en aumento los descompuestos de la parte más alta del cuerpo. El “primo”, distinguido pordiosero, jugador de ladrillete, y medio cegatón, que cuando lo acababan gritaba llorando: “ya me acabaste, hijo de la gran puta”, y el famoso perrito “Emir”, propiedad del “Mico” Ubago, que en las jugadas de ladrillete siempre estaba presente, y en el aire agarraba sólo las monedas plateadas con el hocico, que eran de cinco y diez centavos y salía corriendo a donde le esperaba su dueño. Las moneditas de un centavo no le eran de su agrado, era discriminativo, y prueba que las plateadas eran las que usaban los de la Calle Atravesada y la Calle Real. Las de medio y un centavo eran según el “Emir” la moneda popular del mercado y La Otra Banda. Aunque parezca increíble, y esto lo atribuyo a la ignorancia e irresponsabilidad de la juventud, “Catano” Arellano (Luis Fernando) alumno del Colegio Centroamérica, metió en la jaula del tigre un paquete de triquitraques encendidos. Deduzcan ustedes. Los curas, que en su mayoría eran españoles, al día siguiente remarcaban la Z de tanto decir “zángano”, “zángano”.
Así el tiempo corría, las páginas del calendario iban cayendo y poco a poco aquel grupito de chavalos dejó de usar pantalón “chingo”, le entró al largo acompañado del saco para ir a misa, pues las campanas tocadas por “Tarugo” no lo dejaban a uno dormir después de las seis de la mañana. ¡Qué abuso! Dicen que años después había muchos sordos, además que seguía en aumento la sordera del cerebro. Di un rápido recorrido por algunos barrios: La Loma del Mico, La Otra Banda, Cuiscoma, etc.
Yendo a recrearme a la costa del lago, ahí lloré de alegría con una mezcla de tristeza al contemplar una puesta de sol, pues ello refleja su bella luminosidad sobre las aguas del lago para encontrarse con las isletas, saludarlas y darles las buenas noches. Cabizbajo regresar al lugar de donde venía, recorrí toda la Calzada, pasé por la Cruz de Piedra, oí las campanas, ya era de noche y el andar más y más sonó en mis oídos el ruido ensordecedor del “jet”; el huracán del más allá…
El autor es ingeniero.