Franklin Caldera
Por años, los nicaragüenses hemos albergado una visión mítica (por no decir mística) de los conceptos de izquierda y derecha.
Se tiene la idea generalizada de que izquierda significa estar en favor de los pobres, y derecha, en favor de los ricos. Es verdad que, tradicionalmente, en el ámbito internacional, del ala izquierda han surgido cosas buenas: la lucha contra el racismo, contra el sexismo, contra el consumismo desenfrenado, la mayoría de los derechos laborales… Pero también, muchos principios que los izquierdistas promueven desde la llanura (la autonomía sindical, las huelgas, los aumentos salariales, la libertad de expresión, la democracia misma…), se cuentan entre las primeras cabezas que ruedan cuando toman el poder.
A veces se dan definiciones demasiado amplias. Víctor Tirado dijo en una entrevista, que “izquierda” es luchar por abrir fuentes de trabajo y establecer un Estado de Derecho, con lo que podría estar describiendo cualquier país capitalista con una democracia representativa eficiente. Mejor es adoptar una perspectiva sobre los dos conceptos que realmente nos sirva de instrumento para analizar la realidad y saber hacia adónde nos quieren llevar las soluciones que se nos presentan.
En la actualidad, los términos izquierda y derecha están ligados a sistemas de organización político-social específicos. Lo importante es determinar cuál de esos sistemas es más eficaz para impulsar el desarrollo y erradicar la miseria. Para ello tratemos de desentrañar los elementos constitutivos de cada uno.
Se piensa que izquierda equivale a más gobierno, y derecha a menos gobierno. Pero si fuera así de simple, tendríamos que agrupar al fascismo y al comunismo en el extremo izquierdo de la escala política; y a los anarquistas, en el otro, incómodamente cerca de Estados Unidos, donde el Estado es casi imperceptible para el ciudadano medio (excepto cuando desempeña funciones policiales y fiscales o en tiempos de guerra).
También se suele relacionar ambos conceptos con el grado de conservadurismo de las distintas corrientes políticas: desde las que defienden el orden establecido hasta las que luchan por cambiarlo todo (hacer “tabula rasa”). Esta visión no es totalmente válida como elemento definitorio, pues los regímenes de izquierda se vuelven ultraconservadores cuando les toca proteger el orden que ellos mismos establecen; y muchas sociedades consideradas de derecha son más dinámicas y progresistas que las de signo ideológico contrario (en algunas de las cuales pareciera que el tiempo se detuvo).
Una forma más precisa de conceptuar la izquierda y la derecha es considerar las actitudes de ambas tendencias con respecto a la empresa privada. Para la izquierda, el capital privado es explotador por naturaleza y la figura del empresario (tipo humano que puede alcanzar niveles de genialidad, como en el caso de los emigrantes paupérrimos que en Norteamérica forjaron emporios económicos), totalmente superflua y sustituible por cualquier burócrata “de fiar”.
Para la derecha, el único factor eficaz del progreso es la economía de mercado, que también permite las condiciones para el ejercicio de la libertad (donde el Estado es dueño de todo, no hay espacio para la “otredad”, excepto en la medida en que dicho Estado la permita según su conveniencia).
Fijar la empresa privada como patrón de referencia nos permite definir con claridad dos conceptos que a veces se confunden: el populismo y la socialdemocracia. El populismo es una manifestación menos violenta y radical de la izquierda. Como tal, se fundamenta en el principio de que cuanto más se perjudique al empleador, más se beneficia al trabajador.
Siguiendo este postulado, los gobiernos populistas tienden a crear condiciones que obstaculizan el funcionamiento del área privada. Sus medidas demagógicas suelen producir algunos beneficios a corto plazo, pero a la larga, promueven la falta de inversión, la fuga de divisas y cerebros, la inflación, el desempleo y la pobreza. Aunque fundamentado en el marxismo-leninismo, el sandinismo en el poder fungió, por motivos coyunturales, como una especie de populismo extremo.
La socialdemocracia es una alternativa de centro-derecha al radicalismo marxista leninista. Aunque promueve el control y la regulación de los medios de producción, considera beneficiosa la empresa privada y estimula la coexistencia pacífica de las áreas estatal y privada. Es una propuesta de construcción, no de destrucción. En el panorama político actual, Chávez tiende hacia el populismo; Lula, hacia la socialdemocracia.
Países capitalistas como Japón y Corea del Sur se cuentan entre los más avanzados del mundo; y las naciones que, según el Fondo Económico Mundial, tienen más capacidad de crecimiento económico (Singapur, Estados Unidos, Gran Bretaña, Taiwan, Holanda, Suiza, Noruega, Luxemburgo), son economías de mercado. China y Vietnam abrieron las suyas con resultados sorprendentes. Ante este panorama, ¿por qué millones de iberoamericanos continúan aferrados a los postulados de la izquierda primitiva, que tanto dolor ha causado al engendrar gobiernos despóticos y guerrillas endémicas?
Uno de los motivos es el odio ancestral a Estados Unidos, principal garante de la estabilidad del capitalismo a escala mundial. Otro es el hecho de que en nuestros países la explotación inmisericorde de los indígenas, como basamento de la dinámica social, creó brechas profundas entre pobres y ricos (y entre el campo y la ciudad) que han dificultado el progreso integral y hacen percibir el éxito económico, no como factor de crecimiento, sino como factor de explotación. También está la necesidad de los seres humanos de creer en soluciones mágicas (la idea de un Estado bonachón que nos resuelva todos los problemas no deja de ser una tentación).
En una entrevista publicada en un diario local, el físico de izquierda Alan Sokal afirmó que la validez de una teoría se debe medir confrontándola con los hechos. Un buen comienzo para avanzar por sendas más seguras sería analizar lo que hacen correctamente los países que atraen emigrantes, en vez de continuar rindiendo pleitesía a los que ahuyentan a sus propios ciudadanos.
Las millones de personas que emigran todos los años a Estados Unidos no lo hacen siempre en busca de libertad, sino atraídas por el dinámico mercado laboral que ese país ofrece. Pero no nos equivoquemos: sin desarrollo económico no existiría ese mercado laboral. Y ese desarrollo no existiría sin la libertad. Así es de sencillo.
El autor es abogado y crítico de cine.