Mina Nelson
El presidente Bolaños es tan celoso de su honorabilidad, que se humilla frente a los altares para ofrecerle inmerecidas satisfacciones a quienes le atribuyen una confabulación contra el cardenal Obando y Bravo.
Ni como Presidente ni como simple ciudadano debió recurrir a esos medios para aplacar la perversa actitud de aquéllos que le hacen el juego a los líderes de la corrupción, pero esto me hace respetar más al ingeniero Bolaños, porque se presenta como un verdadero ser humano, desprovisto del orgullo o el rencor que exhiben sus detractores, aún dentro de la jerarquía católica.
Jurar por Dios, por la Santísima Virgen y sobre las tumbas de sus seres más queridos, es un acto supremo de humildad por parte del gobernante, aun cuando quienes convierten a la Iglesia en trinchera política no merezcan ni una plegaria por su propia salvación.
No renegamos de la fe ni hacemos escarnio de la palabra de Dios. Alguien podría juzgarnos de blasfemos y hasta castigarnos con la excomunión por estar en desacuerdo con los que han entronizado la mentira, pero pienso que cometen más pecado los que abusan de sus investiduras y sus influencias para actuar en nombre de una masa de creyentes a la que, por supuesto, no le toman opinión.
La campaña orquestada contra Bolaños en torno a la figura del Arzobispo, tiene bandera y consigna política. Lo prueba la oficiosa participación del vicepresidente arnoldista, José Rizo, quien encabeza las firmas para pedirle al Vaticano que no remueva de su cargo al cardenal Obando y Bravo, quien ha seguido controlando a la Iglesia después de haber cumplido, hace cuatro años, la edad para su retiro.
El Cardenal no oculta su regocijo. Ha logrado amalgamar las fuerzas del arnoldismo y el sandinismo en torno a su persona y no quiere dejar incompleta su prolongada labor política que en nada ha beneficiado a la democracia. Todavía falta vencer a una dictadura.