Sandra Soriano de Sundet
Llevé a mi hijo de cinco años y medio a los juegos mecánicos que fueron instalados contiguo a un restaurante de comida rápida en la Carretera a Masaya. Mi hijo estaba contentísimo, era la primera vez que visitaba un “parque de diversiones” de este tipo. Los elegidos para montarse en primer lugar fueron los atractivos “carritos chocones”. Gran error.
A sólo segundos de habernos montado mi hijo dio un grito de dolor, pues alguien nos chocó y su nariz impactó contra el timón del carrito. A pesar de estar sentada a su lado no pude evitar que se golpeara. Inmediatamente nos bajamos lo abracé y traté de reconfortarlo. Yo estaba hecha un mar de nervios al ver a mi hijo sangrando por la nariz hinchada.
Para estar segura de que su nariz no había sufrido daño grave lo llevé a donde un especialista en oídos, nariz y garganta, quien me dijo que habíamos tenido suerte, ya que el niño no tenía fracturas en la nariz. Pero me dio una información que me dejó helada. Me comentó que montar a los niños en esos carritos es muy peligroso, a tal grado que ha habido casos de lesiones en la columna vertebral. Esto se debe —me explicó— a que las cervicales sufren por cada “latigazo”, refiriéndose al impacto que uno recibe tanto cuando choca como cuando lo chocan.
Esta valiosa información la quiero compartir con todas las personas que, al igual que yo, involuntariamente pueden exponer al peligro a sus hijos por ignorancia, pues ningún padre que esté consciente del riesgo montaría a sus hijos a los juegos en mención, pues esos carritos que parecen inofensivos carecen hasta de un básico cinturón de seguridad.
Mi hijo no logra comprender cómo un parque para niños puede ser tan peligroso. Después de esta experiencia yo tampoco lo comprendo. Las autoridades que otorgan los permisos para que esos parques operen no sólo deben preocuparse por cobrarles impuestos sino que deben exigir normas de seguridad para los usuarios.