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El temor de Herty Lewites
El ex alcalde sandinista de Managua y aspirante a candidato a la Presidencia de la República en representación de su partido, el FSLN, dio a conocer públicamente, el martes de esta semana, el temor de que podría ser asesinado por sus mismos compañeros de credo y militancia política.
El carismático ex alcalde capitalino justificó su temor en las acusaciones de “traidor” al FSLN que le están haciendo algunos de sus compañeros, prominentes miembros de ese partido, debido a que él (Lewites) está promoviendo su precandidatura a la Presidencia de la República en oposición frontal a Daniel Ortega, quien pretende volver a postularse.
Ortega, como es bien sabido, ha sido derrotado en tres elecciones presidenciales consecutivas (1990, 1996 y 2001), aparte de que su victoria en 1984, cuando el FSLN ejercía el poder en forma absolutista, fue cuestionada como fraudulenta por los principales partidos opositores de aquel entonces. De manera que un sector cada vez más grande del partido sandinista, en el que se enfila a la cabeza Herty Lewites, considera que Daniel Ortega es un candidato perdedor y que debe ceder el lugar a una mejor propuesta del FSLN a los electores, tanto a los sandinistas como a la mayoría que no es sandinista.
En ocasiones anteriores otros militantes sandinistas (Vilma Núñez de Escorcia, Alejandro Martínez Cuenca y Víctor Hugo Tinoco) también disputaron la candidatura presidencial a Daniel Ortega, pero nadie atentó contra sus vidas aunque fueron degradados en las rígidas estructuras cuartelarias de dicho partido. Sin embargo esas personas mencionadas no fueron acusadas de traicionar al FSLN.
En realidad, según explicó Lewites, su temor se debe a que personajes sandinistas que tienen mucho poder en el FSLN y ante Daniel Ortega, lo están señalando como traidor al partido. Y, como lo recordó Lewites, “los movimientos revolucionarios —como el FSLN— tienen entrada pero no salida y son pactos de sangre, pues se trata de arriesgar la vida misma”.
Al respecto hay que tomar en cuenta que en los partidos revolucionarios y extremistas en general, la declaratoria de traición significa habitualmente una sentencia de muerte, o por lo menos puede motivar a cualquier fanático —de los que están llenos esos partidos— a tomar la iniciativa de “ajusticiar” al compañero o ex compañero acusado de traición.
En Nicaragua uno de los casos más conocidos de ejecución de una persona acusada por su partido como traidor, fue el del militante del FSLN Narciso Zepeda, fusilado en Chinandega en 1973 por sus propios compañeros de partido, quienes luego durante un juicio sonado explicaron públicamente por qué y cómo perpetraron aquel asesinato, llamado “ajusticiamiento” en la jerga revolucionaria.
En los últimos 15 años, durante el transcurso del escabroso proceso de democratización de Nicaragua —que ahora está en retroceso por el contubernio libero-sandinista —, han ocurrido numerosos asesinatos políticos, entre ellos el del ex jefe militar de la Contra, coronel Enrique Bermúdez; el del vicepresidente del Consejo Superior de la Empresa Privada y presidente de la Asociación Nacional de Confiscados, Arges Sequeira; y recién el año pasado el del disidente sandinista (también acusado de traidor al FSLN, como ahora Lewites) Carlos Guadamuz, y el de la periodista María José Bravo, quien no tenía ninguna vinculación partidista ni política en general pero fue asesinada por un matón perteneciente a las estructuras intermedias del Partido Liberal Constitucionalista (PLC).
Dados los bajos niveles de moralidad y los altos grados de corrupción en los que se practica la política “mayoritaria” de Nicaragua, no es asombroso aunque sí lamentable e indignante que ocurrieran semejantes hechos de salvajismo partidista. Y tampoco es sorprendente que un líder político de la talla de Herty Lewites denuncie que personas de su mismo partido podrían asesinarlo por motivos partidistas. Pero aún en Nicaragua es inaceptable y vergonzoso que sigan ocurriendo esos crímenes políticos.
En todo caso, esperamos que las autoridades correspondientes le brinden a Herty Lewites la protección que necesita y está demandando. Y ojalá que su denuncia sirviera para disuadir a quienes quisieran matarlo para castigar su “traición” de querer ser candidato a la Presidencia de Nicaragua en representación de su mismo partido.
No hay que menospreciar la denuncia de Lewites. Tal vez de Narciso Zepeda ya nadie se acuerde, salvo sus familiares, pero la sangre de Carlos Guadamuz todavía no se ha secado.