LA DICTADURA NO PUEDE OCULTAR LA VERDAD

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desde que nuestras instalaciones fueron tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann fue detenido.

con las instalaciones tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann detenido.

El tsunami no fue ordenado por Dios

Joaquín Absalón Pastora

Es deber humano abismarse mentalmente en el drama del Océano Índico. El tema de la hecatombe no se sumerge en el tiempo. Se resiste a quedar en el limbo de la memoria. Se continuará hablando y escribiendo sobre él, en la primera instancia para deplorarlo —resuelve llorar— y en la segunda para tratar de recompensar o de retribuir con los esfuerzos —justamente redondeados— la catástrofe originada en las profundas intimidades de la naturaleza, devastación ordenada ¿por qué o por quién? ¿por Dios?

En el Estado de Tamil Nadu en el sur de la India, una anciana de rodillas ante la realidad con los ojos en el cielo recién enojada se preguntaba: “Dios por qué has hecho esto, qué hicimos para provocar tu cólera”. Indonesios, musulmanes, hindúes, budistas, tailandeses, etc., cada uno con su icono de la extraterrenalidad, ejecutaban indefensos la misma interrogación sujeta a quedar en el aire, puesta por el dogma o por cualquiera de las inagotables especulaciones, en ausencia del pitoniso capaz de responder a semejante exclamación. ¿Será posible que la ira haya sido provocada por los pecados del hombre?

Lo cierto es que las turbulencias marinas redimen y desintoxican al mar pero arrasa con la vecindad costera, acumulación asesina de las aguas. La realidad histórica afirma la soberanía de los océanos. Tienen el derecho de sobrevivir y lo usan con la revuelta que viene el mecanismo para liberarse de los excedentes arrojados hacia fuera por ese motor desesperado desplazándose sobre su inmensa posesión y si entra a la tierra que es cuando destruye, es porque el hombre —atrevidamente— se ha fincado ahí para vivir, para crear paraísos artificiales de turismo en sintonía con las bellezas naturales aprovechándose de ella aún consciente de que esas beldades también se enfurecen y con destellos mortales.

El mundo tiende a calentarse más. Se siente no sólo la globalización climática en torno a que el frío o la glacialidad parecen ir de “capa caída” mientras el calor asume la corona. Del fuego paradojal del agua salen esos gigantes de treinta pies de altura.

La verdad es que el hombre mismo tiene dosis de culpa al insistir en estar cerca de las playas susceptibles de ser invadidas.

Las islas, esas ya están habitadas. Se exponen. Cruzan los brazos. Roger Dielke, experto en preparación de desastres naturales del Centro Nacional de Investigación atmosférica de Bouler, Estado de Colorado, ha dicho: “En el escenario del calentamiento global podríamos ver un aumento del cinco a diez por ciento en la intensidad potencial máxima de la fenomenología de los océanos”.

Y ahí van tifones, huracanes, maremotos, etc., en un período de cincuenta a sesenta años. Una tendencia de ese aumento la sufrieron las costas de Estados Unidos principalmente Florida en la última temporada.

“La barba está en remojo”. Recuerdo la cultura sísmica de los japoneses. Hace unos treinta años aproximadamente en el Japón viví una experiencia al lado del difunto doctor Adolfo de la Rocha y del doctor Carlos Pérez Alonso. Sentimos un auténtico en la escala Richter de siete. Descubrióse después que era un maremoto. Comprábamos algo en una tienda de la calle Gynsa. Nadie se movió. Sólo Adolfo y yo “pegamos carrera” gritando terremoto. El doctor Pérez Alonso se quedó en su lugar. La serenidad va del brazo con la cultura sísmica de los japoneses.

Vulnerable es nuestra geografía. Java y Managua deambulan por los caminos del peligro. Los gases venenosos del Momotombo nos pueden excluir en un santiamén. Managua es un volcán en la barriga de una mujer embarazada.

El envolvente colofón que va desde Tailandia a Somalia seguirá siendo inspiración para afianzar la unidad del mundo.

El autor es periodista.

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