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Hoy se cumplen

14
días

desde que nuestras instalaciones fueron tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann fue detenido.

con las instalaciones tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann detenido.

Sobre la lección humana que nos dejó el tsunami

James T. Morris

Volar a Banca Aceh (inmediatamente después del tsunami) fue sin comparación, la experiencia más impresionante de toda mi vida. En la distancia, el desastre me recordaba aquellas imágenes que vi en los libros de texto durante mi infancia sobre la destrucción de Hiroshima, Berlín y Londres tras los bombardeos. Al acercarnos el paisaje cambió y la extensión de los daños se hizo evidente. Carros y camiones estaban sobre edificios demolidos, barcos de pesca estaban dispersos entre las ruinas del pueblo a más de dos kilómetros tierra adentro.

El Secretario General de las Naciones Unidas, con quien volé ese día, y sus acompañantes quedaron estupefactos por la escena. Francamente era muy difícil concentrarse o siquiera comprender la magnitud de lo que estábamos observando. Intentábamos centrar nuestra atención en las ruinas a nuestro alrededor sin poder evitar imaginarnos los terribles últimos minutos de vida de las familias que una vez vivieron en la costa de Sumatra, madres que se aferraban a sus hijos y contenían la respiración mientras el maremoto se las tragaba.

En mi trabajo he visto todas las formas de crueldad y sufrimiento. El Programa Mundial de Alimentos ha movilizado grandes cantidades de alimentos luchando contra el hambre en Kosovo, Afganistán, Darfur e Irak. Justamente hace un año estábamos transportando alimentos hacia Bam en otro horroroso desastre que rápidamente se ha desvanecido de la conciencia pública, los habitantes de Bam están pasando el invierno en tiendas.

Si hubo algún consuelo en lo que vimos en Banda Aceh fue el hecho de que el odio no tuvo nada que ver con toda esta destrucción. No estábamos en Darfur, Bagdad, los territorios Palestinos o la Zona Cero. Ningún ser humano había infligido este sufrimiento y horror a sus semejantes. Esto había sido causado por una forma de poder monstruoso e indiferente, una forma de poder que nos resulta incomprensible.

Pero algo bueno ha resultado de todo esto. Más que ningún otro evento en memoria, esta tragedia ha destruido la “barrera a la empatía” que divide a las naciones ricas que tienen todos los recursos económicos para enfrentar un desastre natural de estas dimensiones y las naciones pobres que muy a menudo sufren este tipo de calamidades. Cadenas como CNN, BBC y TV5 transmitieron imágenes de la destrucción a los hogares de Chicago, París y Sydney. Grandes sumas —más de 4,000 millones de dólares— fueron reunidas en menos de dos semanas. Es interesante descubrir la cantidad de dinero donado por particulares y el papel esencial que la internet y las tecnologías de la comunicación jugaron en la movilización de estos recursos. Recaudar fondos en la era de la información se hace casi instantáneamente. Todo lo que se necesita es llamar a un número telefónico sin costo alguno, mandar un mensaje SMS u oprimir un botón en el sitio web de una agencia humanitaria.

De hecho, quizás tengamos demasiado dinero para esta emergencia. Esto es difícil de prever y sólo el tiempo nos lo dirá. Pero estas donaciones no fluyeron simplemente por el alcance que ha adquirido la prensa internacional y porque las tecnologías de la comunicación facilitan las cosas. Hay algo de discusión en torno las motivaciones. El otro día me hicieron una pregunta difícil: “Cada año, por lo que podemos recordar, masivas inundaciones sumergen a Bangladesh. La cifra de muertos a menudo llega a decenas de miles. Si suecos, alemanes y estadounidenses murieran junto a la gente de Bangladesh en estas inundaciones, ¿estaríamos tan mal preparados?”

Mi primera reacción fue de desasosiego; la segunda fue un poco más meditada. El maremoto o tsunami fue una tragedia mundial porque muchas naciones fueron sus víctimas, 40 según tengo entendido. Esto no fue un reality show sobre emergencias. Fue muy real. A diferencia de cualquier otro desastre natural en la historia, el poderoso terremoto y sus olas anegaron las vidas de muchas familias a decenas de miles de kilómetros del epicentro.

La crisis afectó a muchas naciones ya que turistas de 23 países murieron junto a más de 155,000 lugareños de 12 países afectados por el maremoto. Muchas familias aún no tienen noticias de amigos y familiares que se encontraban en la región cuando ocurrió la tragedia. Países como Suecia podrían haber perdido más ciudadanos en esta tragedia que en cualquier otro desastre natural ocurrido en su propio suelo durante el pasado siglo XX.

De alguna manera la magnitud de la generosa respuesta igualó la medida de la catástrofe. Gente corriente, grandes y pequeños negocios y docenas de gobiernos se rascaron los bolsillos. En un ambiente parecido al de una subasta, donantes públicos y privados prometieron sumas sin precedentes motivados por una auténtica urgencia de ayudar a sus semejantes.

Mi organización, el Programa Mundial de Alimentos, ha recibido multitud de ofrecimientos de dinero y ayuda práctica como transporte, comunicaciones y alimentos. No dudo que nuestros donantes serán generosos y se asegurarán de que contemos con los recursos que necesitamos para evitar que los sobrevivientes del maremoto mueran de hambre y desnutrición.

He estado en reuniones de las Naciones Unidas y he escuchado una y otra vez el término “comunidad internacional”. Hoy ese término resuena como nunca antes. Hemos sido una comunidad en nuestra voluntad de ayudar.

Ahora esta comunidad internacional energizada enfrenta dos retos. El primero es hacer llegar la ayuda urgentemente necesitada por aquéllos que sobrevivieron al tsunami. Trabajadores profesionales de ayuda humanitaria, voluntarios, personal militar, organizaciones gubernamentales y no gubernamentales y empresas están trabajando las 24 horas del día para cumplir esta tarea a pesar de los formidables obstáculos logísticos.

El segundo reto es conseguir que no decaiga la atención que les debemos a los otros millones de personas en otras partes del mundo cuyas vidas diarias son cercenadas por el hambre y la pobreza, pero cuyos rostros raramente son el centro de atención.

Sólo una de diez personas que mueren por hambre y desnutrición, muere en una emergencia como la ocurrida tras el maremoto del Océano Índico. Sin embargo, no vemos sus rostros en la televisión y probablemente nunca las conozcamos.

Prácticamente no hay nada que podamos hacer para detener el desplazamiento de placas tectónicas que causan las gigantescas olas en medio del océano que arrasan lugareños y turistas. Sistemas de alerta temprana, mejores planes de contingencia y quizás un seguro contra desastres naturales ayudarían a salvar más vidas y a minimizar el impacto económico. Éstas son algunas de las medidas que son objeto de discusión esta semana en la Conferencia Mundial para la Reducción de Desastres en Kobe, Japón.

Con una inversión de cuatro mil millones de dólares por año —mucho menos que los fondos prometidos para enfrentar el tsunami— podríamos avanzar en la erradicación del hambre mundial entre aquéllos que nunca son el centro de atención de los medios de comunicación. Fervientemente espero que el espíritu de generosidad que hemos visto no desfallezca y que sigamos siendo una comunidad internacional que se preocupa por los más necesitados.

El autor es Director Ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas.

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