Texto: Mario Fulvio EspinosaFotos: Carlos Cortez
Arrinconadito en un recodo de la carretera que va culebreando desde Matagalpa a Jinotega, entre ancianos robles cubiertos de velos, pinares de esmeralda y majestuosos matapalos, está el caserío de Santa Inés.
El primoroso lugarcito parece un nacimiento navideño construido por niños inocentes. Quizá son veinte casitas campesinas, algunas a la vera de la vía y otras dispuestas de manera dispersas entre las laderas de los altos cerros que rodean por sus cuatro costados al pueblecito.
El mojón 151 señala la distancia que existe de Santa Inés a Managua y posiblemente pasará inadvertido para el comerciante con ambiciones y prisa, sin embargo, para el viajero que goza del divino placer del asombro, este lugarcito mínimo resulta un regalo de amor, un remanso de paz y un retorno a sus raíces campiranas.
Allí las nubes parecen más blancas y el cielo más luminoso de azul, el aire puro y fresco baja de los cerros acompañado a veces de un cortejo de niebla nevada y pasa presuroso dejando cristales de rocío en la corola de las flores y en las hojas de la malanga.
PERO HAY ALGO MÁS
De la humilde casita de los Zeledón Brizuela, situada a mano izquierda, sale un humito mimoso con olor a café de palo. Abrimos a más no poder las aletas de la nariz para aspirar el aroma que nos va llevando, como de la mano, hasta el interior de la vivienda.
Entramos despacito en el Comedor Santa Inés de doña Flor de María Brizuela, que para nosotros, viajeros incansables, gastrónomos sin título, es el lugar donde sirven el mejor desayuno campestre de Nicaragua.
El menú es perenne, sin cambios ni variaciones: enorme tortilla comalera de cáscara crujiente y abombada sobre la que suda una excitante lonja de cuajada lechosa, riquísimos frijolitos calientes parados y ensopados, huevitos de amor revolcados en trocitos de cebolla, una tasa de crema campesina que usted puede degustar mezclada en los frijoles o regada sobre aquella descomunal tortilla, y para poner el tapón al frasco, un divino café campirano salido de un jarro puesto en el fogón.
El marido de doña Flor, don Emigdio Zeledón, es el proveedor, mientras sus hijas Belkis y Flor de María junto a las sobrinas, Yorling y Rosa Angélica, van y vienen de la cocinita al comedor ayudando en lo que pueden.
“A veces la clientela sobrepasa nuestra capacidad de servicio, porque vienen personas en buses y tienen que esperar. Eso nos apena, pero no nos guía la ambición de ganar, somos felices con lo que tenemos, por eso no queremos crecer, pues el encanto de nuestro comedor está en su humildad y en el sabor de un menú campesino que no pensamos cambiar”, afirma con firmeza doña Flor de María.
Fotos:
Elieth deYanira Zeledón Palacios tiene 13 años y es una jovencita que atiende a todos los visitantes viajeros que pasan por el Comedor Santa Inés.
Doña Flor de María Brizuela es la propietaria del comedor.
Este par de jovencitas atienden a todos los visitantes con mucha amabilidad y eficiencia.
Este árbol es una de las atracciones del comedor Santa Inés.
Estos viajeros que pasan por este lugar conocido como el Comedor Santa Inés, ubicado en el kilómetro 151 y medio de la carretera a Jinotega, se deleitan de la comida, y al mismo tiempo disfrutan de su panorámica y clima fresco.
