León Núñez
Yo creo que la mala suerte me persigue: para comer tengo que trabajar, y como no soy diputado ni pertenezco a ninguna lucrativa organización no gubernamental así como tampoco tengo asesorías o consultorías para ganar el pan sin el sudor de mi frente, no puedo darme el lujo de andar de reunión en reunión, de almuerzo en almuerzo, de cena en cena, de recepción en recepción… escuchando inevitables “chagüites patrióticos” o “platicaderas” políticas con las que se vive “arreglando” la situación de este país.
En un tiempo, por cierto muy breve, estuve participando deportivamente en esos alegres eventos: unos gubernamentales, otros diplomáticos y algunos organizados por los que dicen que representan a la llamada “sociedad”.
En todos esos actos veía las mismas caras y escuchaba las mismas pláticas, las cuales eran tan repetitivas que sin querer me las aprendí de memoria, de tal manera que actualmente, cuando empiezo a ver en la televisión, por ejemplo, a un político, o a un personaje de la “sociedad” o al analista político de turno, ya sé de antemano lo que van a decir.
Lo que más me llamaba la atención cuando asistía a los citados eventos era la extraordinaria capacidad para saludar que tenían sus participantes hasta tal punto que los que viven asistiendo a esos actos, si se saludan, por ejemplo, en una “cena-trabajo”, con un abrazo, dos horas después, en una recepción diplomática se vuelven a saludar con otro abrazo con el mismo entusiasmo con el que se habían saludado antes.
En una ocasión salí de una reunión de la “sociedad” junto a un conocido “figurón” de este país. Nos fuimos juntos en mi automóvil a un acto oficial. Cuando llegamos mi “personaje inolvidable” empezó a saludar con grandes abrazos a todos los presentes, que eran casi los mismos que habían participado antes con nosotros en la reunión de la “sociedad”. Pero el colmo de su “saludadera” fue cuando por último terminó también saludándome a mí con otro abrazo. Su condición de saludador compulsivo lo había hecho olvidar que habíamos llegado juntos al mencionado acto oficial.
Yo reconozco que en esas reuniones siempre se proponían planes a favor del bienestar de este país, aunque observé que los que hablaban, que lo hacían en tono discursivo, sentían un gran placer en escucharse a sí mismos, y no “soltaban la guitarra” hasta sentir —y permítaseme la metáfora— un “orgasmo auditivo”. A veces surgían algunos inconvenientes cuando eran varios los que a la vez querían “tomar la guitarra”, pero estos inconvenientes nunca pasaban a más. Recuerdo que en una ocasión doña Ana Quirós y don Ángel Navarro por nada terminan agarrándose a los vergazos.
Últimamente he estado meditando sobre todas las propuestas que se hicieron en esas reuniones, almuerzos, cenas, etc. para superar los graves problemas que aquejan a este país. Me da pena confesar que yo fui el único que no hice ninguna propuesta.
Le pregunté al presidente de la Peña El Bejuco de Acoyapa si él hubiera hecho alguna propuesta, y me contestó que sí. Dijo que él hubiera propuesto que en noviembre del próximo año se eligiera una Asamblea Nacional Constituyente, la cual, entre otras cosas, debía nombrar a un triunvirato para que gobierne el país durante cinco años a partir del 10 de enero del 2007.
Siguió diciendo mi paisano que el triunvirato se encargaría de sacar a Nicaragua del subdesarrollo, ejecutando una política que consiga: a) una inversión extranjera de cincuenta mil millones de dólares en cinco años; b) la creación de quinientos mil empleos anuales, es decir, la creación de dos millones quinientos mil puestos de trabajo en cinco años y c) la construcción de dos canales por Nicaragua, uno seco y otro mojado.
Agregó mi coterráneo que el triunvirato debía estar integrado por tres políticos que tienen muchas cosas en común y que pueden complementarse maravillosamente: Álvaro Robelo, Haroldo Montealegre y Leonel Teller. “Estoy seguro, dijo, que Nicaragua ha estado desperdiciando a estos compatriotas”.
Continuó manifestando mi paisano que en Acoyapa se sabía que Silvio Berlusconi y los más grandes empresarios de Europa, son íntimos amigos de don Álvaro, y que ellos jamás le iban a negar al doctor Robelo los cincuenta mil millones de dólares para ser invertidos en este país, sobre todo conociendo la eficacísima asesoría empresarial que don Álvaro le prestaría a los inversionistas europeos.
Por otro lado expresó el presidente de la Peña que consideraba una genialidad el plan de don Haroldo Montealegre para crear anualmente quinientos mil puestos de trabajo, y que tenía el presentimiento de que en manos de don Haroldo está la llave del pleno empleo en Nicaragua, y que si a esto se agregaba la visión futurista de Leonel Teller empujando los megaproyectos canaleros que van a revolucionar el comercio internacional, se tendría que llegar a la conclusión de que don Álvaro, don Haroldo y don Leonel constituyen el trío salvador de los nicaragüenses.
He examinado todas las propuestas. Las que he escuchado en Managua me parecen importantes, aunque las encuentro muy “aéreas”, en cambio la propuesta del presidente de la Peña El Bejuco la veo muy interesante, con un mejor tren de aterrizaje.
El autor es abogado y notario, y escritor